domingo, 16 de diciembre de 2012

El sombrero de Rick


     
     A punto estuvo Lorenzo de abrirse la cabeza cuando, a pocos metros de la entrada de la sombrerería Julián e hijos, pisó con el pie derecho sobre la capa de hielo apenas perceptible que cubría los adoquines. Tuvo la fortuna de dominar el resbalón, una fortuna inmensa considerando que le faltaba poco para ser un octogenario y que se cuidaba al máximo de no hacer movimientos tontos a la hora de tumbarse, sentarse o levantarse, no fueran los huesos a darle un disgusto más. El vendedor de sombreros, desde el interior de la tienda y observando por los cristales con preocupación, se percató del frágil estado de Lorenzo, y tras el resbalón corrió afuera para ayudarle.
      -¿Está usted bien? -colocó su mano derecha sobre el hombro del viejo.
      -Sí, sí. Este condenado frío…
      -Ya lo siento. Tenía que haber echado sal o algo por encima del hielo.
      Lorenzo no respondió.
      -¿Iba a entrar en la tienda?
      -Sí, iba a entrar.
      -Pase, caballero -y Frederic, el responsable de la sombrerería, le abrió cortésmente la puerta.
      La tienda, decorada por entero a la vieja usanza, presentaba madera por todos lados: en el techo, en el suelo, en las paredes… Los utensilios y aparatos que quedaban a la vista en el mostrador también pertenecían a otra época. Lorenzo se sintió cómodo, no excluido, como en aquellos días en que la vida y no solo la estética de las tiendas le sonreía. Allí no faltaban sombreros, como era de suponer. Los había de todo tipo, y cada categoría se subdividía en otras tantas, no existiendo el bombín per sé sino distintos estilos de bombines: chicago, londinense… Lorenzo sabía lo que quería, pero en este entorno se dio cuenta de que necesitaba una opinión experta. Se acercó adonde Frederic, que estaba haciendo cuentas en el mostrador.
      -Perdone.
      -Sí. Dígame, caballero.
      -Estaba mirando los sombreros, pero no veo el que me interesa.
      -Hmm. Veamos. ¿Qué forma le interesa?
      -¿Forma?
      -O sea, la corona del sombrero. ¿La quiere más ovalada, más vertical, con…?
      -No, no, yo de eso no entiendo. Busco un tipo de sombrero.
      -Dígame.
      -¿Ha visto usted ‘Casablanca’?
      -Hace años.
      -Pues como el sombrero de Rick al final de la película.
      -Ahh. Lo recuerdo, lo recuerdo. Ya sé. Un momento.
      Lorenzo había visto la película el día anterior, y lo había hecho no tanto para deleitarse con su magia como para evocar el primer visionado del que disfrutó, allá por los años cincuenta, junto a su novia. Aquella tarde de hace tantos años el cine estaba casi vacío, así que ellos dos no solo disfrutaron de la película. Más tarde se casaron. En todo ello pensaba Lorenzo al ver de nuevo a Bogart y a Ingrid Bergman la noche pasada, e incluso durante el breve intervalo en el que Frederic fue a buscar el sombrero.
      -¿Algo como ésto? -preguntó Frederic.
      Lorenzo tomó el sombrero, y se fijó en el ala, ligera, como si se le escapara de las manos, tan volátil como el modo en que se le escapó su mujer por culpa de la enfermedad.
      -Sí, sí. Era lo que estaba buscando. Cóbreme, haga el favor.
      -Muy bien.
      Frederic le entregó el ticket y los cambios, guardó el sombrero en su caja correspondiente, metió ésta en una bolsa y la puso sobre el mostrador. Luego dijo:
      -Muchas gracias. Hasta pronto.
      Lorenzó no se despidió. Estaba ensimismado recordando imágenes del pasado. Ni siquiera se fijó en el hielo del suelo que amenazaba a los peatones fuera de la tienda. De hecho pasó por encima, sin ninguna problema. El aire gélido tampoco lo detenía en sus pensamientos.
      Atravesó varias calles hasta dar con una plaza ajardinada por la que a esa hora transitaban muy pocas personas. Los árboles habían perdido todas las hojas, las flores estaban muertas por fuera y por dentro, el barro cubría la hierba y desde cualquier lugar se divisaban pequeños charcos y baldosas congeladas. Nada de ello intimidó a Lorenzo, que caminó con su bolsa hacia una barandilla. Una vez allí, sacó la caja, la colocó sobre la barandilla y la destapó. Recordó instantes de toda una vida: un beso especial, aquel viaje a Roma, cierto fin de año… Y al final, la imagen de ella en una cama, auxiliada por los calmantes, apagándose. De repente sonó un claxon estrepitoso a sus espaldas. Con el susto él se dio la vuelta. Al girarse para volver de nuevo hacia su caja, observó el sombrero sobre el barro.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Adorno Street Fighter, Maximum Controversial


Theodor Adorno fue un destacado filósofo de la llamada Escuela de Frankfurt, más concretamente de la primera generación de dicha corriente, la cual reúne nombres tan sonados como los de Erich Fromm o Herbert Marcuse. Este segundo al parecer proveía de mandanga teórica al sector hippie, o eso nos contó un profesor muy fan de los frankfurtianos. Adorno, en cambio, como que se mantuvo al margen de las reivindicaciones políticas que se lanzaban desde las universidades:

«La principal divergencia de su pensamiento respecto al marxismo es, como afirma Buck-Morss, que ‘su filosofía jamás incluyó una teoría de la acción política’. Si Marx criticó a Hegel y a toda la filosofía por dedicarse a interpretar el mundo en vez de transformarlo, Adorno nunca aceptará un papel político para la filosofía, convicción que defendería drásticamente durante toda su vida, como lo demuestra su provocativo gesto de negarse a cambiar el tema de una conferencia que planeaba dar en Berlín sobre ‘El clasicismo de la Ifigenia de Goethe’, poco después de la muerte del estudiante Benno Ohnesorg por la policía durante la visita del Shah de Irán en junio de 1967. Esta actitud le valdría la animosidad de los actvisitas de la nueva izquierda aelamana y el reproche por parte de Lukács de haberse instalado ‘en el gran hotel abismo’, y desencadenó el desafortunado incidente de 1969, en el que un grupo de estudiantes irrumpió en una de sus conferencias. Martin Jay relata así el suceso:

‘En abril de 1969, tres miembros de un grupo de acción irrumpieron en el estrado durante una de sus conferencias, mostraron sus pechos desnudos y lo atacaron con flores y caricias eróticas. Adorno, desconcertado y humillado, abandonó la sala de conferencias mientras los estudiantes proclamaban burlonamente que ‘como institución, Adorno había muerto’.»

El detalle de las caricias eróticas me mata. Imagino a un calvo con mala leche sentado y hablando de la unidad totalizadora mientras unas cachondas berlinesas se le acercan para darle besitos mientras él permanece en estado what-the-fuck total. En fin, ya se sabe que Dios no repartió el sentido del humor por igual. Y es que resulta complicado imaginar a Adorno riéndose -o siquiera sonriendo- tras escuchar el chiste del perro mistetas. No hay escrito suyo en el que no parezca circunspecto, e incluso mosqueado, como si el dios vengativo hubiera adoptado la forma de filósofo.


Pero este espécimen no se quedó en los temas filosóficos; habló de música, y mucho. De hecho una buena parte de su producción intelectual la componen los trabajos relacionados íntegra o parcialmente con la música, los compositores y las industrias culturales. ¿Con qué intención escribió sobre todo eso? Atizar, básicamente (en realidad no; es por hacer la gracia).

Atizó a Sibelius (1865-1957), a quien acusaba no solo de regresar a un sistema tonal que había perdido su razón de ser tras cierta ruptura histórica y tras las múltiples incursiones de la atonalidad en el siglo XX, sino también de no dominar ni siquiera ciertos principios elementales de la propia tonalidad:

«¿Cómo es posible que alcance fama mundial y que llegue a ser tenido por un clásico alguien que no solo ha quedado completamente retrasado con respecto al nivel técnico medio de su época, sino que muestra no estar siquiera a la altura de su propio nivel medio, y hace un uso inseguro, más aun, chapucero de los medios tradicionales, desde el material de construcción hasta la gran arquitectura? El éxito de Sibelius es síntoma de una perturbación de la consciencia musical? […] La gente abriga la esperanza de sustraerse, gracias a Sibelius, al mencionado presentimiento. Ese es el secreto de su éxito. La absurdidad que los medios de la música tradicional y pos-romántica, degradados a la categoría de mercancías, adquieren en su obra, debido a la falta de habilidad con que son manejados, esa absurdidad parece salvar a esos medios de su deterioro.»

Atizó al jazz (o, dado que esta crítica data de 1936, a los sonidos que conforman cierta etapa primeriza del jazz: ragtime, swing, New Orleans jazz…), acusándolo de ser mercancía pura y dura, de ahuyentar la crítica en una población que ocupaba los escalafones más bajos de la sociedad y de tratarse de una parodia musical que solo llevaba a una complejidad absurda ciertos patrones rítmicos:

«El ritmo básico del continuo y el bombo coincide absolutamente con el ritmo de marcha, y, desde los six-eights, el jazz pudo transformarse sin esfuerzo en una marcha. La conexión está históricamente fundamentada: uno de los vientos graves del jazz se denomina sousáfono en honor del compositor de marchas (John Philip Sousa), y no meramente el saxofón se ha tomado prestado de las bandas militares, sino que toda la disposición de la orquesta de jazz, según instrumentos melódicos, graves, de acompañamiento obligado y de mero relleno, es idéntica a la de las bandas militares. Por eso el jazz se adapta bien a su uso por el fascismo. En Italia, lo mismo que la artesanía cubista, es particularmente popular. La prohibición en Alemania conecta con la tendencia de fachada a recurrir a formas de inmediatez precapitaslistas-feudales y a llamarlas socialismo. Pero, de manera bastante característica, esta prohibición no tiene ningún poder

Y menos mal que a los oídos de Adorno no llegaron Katy Perry o el ‘Gangnam Style’, porque de lo contrario el tipo habría entrado en cólera, estallado y originado otro Big Bang que ríete tú de Hiroshima.


Nuestro héroe repartió por aquí y por allá, y, por si lo habéis llegado a dudar, no, no se olvidó de atizar al oyente del siglo XX -generalizable al del siglo XXI-. Así, encontramos textos suyos con muy mala leche que, sin embargo, me parecen de lo más refrescantes en un mundo en el que los juicios acerca de la música que se cuelan por los medios de comunicación están repletos de buenismos y simplezas, cuando no de deleznables gordos que se hacen llamar Carlos Jean.

Los de Adorno son embates sin compasión por los que yo mismo me he llegado a sentir atacado (alguien escribió que el tipo procuraba ser tan denso e impenetrable porque, en cuanto hablara claro, todo el mundo le crucificaría). Hacen que te preguntes cosas como: ‘¿pero quién es este subnormal para decirme cómo tengo que escuchar música?’. Sin embargo, este interrogante puede llevarle a uno por, al menos, dos caminos: el primero, consistente en mandar a la mierda a Adorno en un contundente ‘¿de qué vas? A cascarla’; el segundo en, superada la indignación, acercarse a sus tesis con el hambre de conocimiento del ofendido, en plan ‘vale, bien, di lo que quieras, pero tendrás que darme una demostración convincente’.

La intención del post no es la de presentar a Adorno como un misántropo gilipollas que se metía en líos cada vez que hablaba, sino la de, mediante la provocación, instigar la curiosidad. Como melómano puedo decir que he sacado cosas bastante interesantes de este hombre, aunque conserve ciertas discrepancias más o menos profundas.

Dicho lo cual…


Round 1

«Por su exigencia de concentración la nueva música contraviene uno de los dogmas ideológicos de la cultura musical dominante: el dogma que habla de la irracionalidad de la música, la cual, al parecer, apelaría puramente al sentimiento. Los conceptos corrientes de música intelectual y música sentimental son una fachada que es preciso demoler. Lo que se califica de ‘intelectual’ es, casi siempre, tan solo aquello que exige el trabajo y el esfuerzo del oído, tan solo aquello que exige fuerza de la atención de la memoria, tan solo aquello que exige propiamente amor, es decir, sentimiento. Y lo que se califica, en cambio, de sentimiento es, casi siempre, tan solo un reflejo de una conducta pasiva; ésta degusta culinariamente la música, cual si fuera un aliciente, pero no tiene una relación específica, o, si se quiere, una relación ingenua con ella, con lo oído de manera concreta


Round 2

«No se trata meramente de que los oídos de la población están tan inundados de música ligera que la otra les llega como lo opuesto coagulado, como la “clásica”; no es meramente que la capacidad perceptiva está tan obturada por los omnipresentes éxitos del momento que la concentración de una escucha responsable se hace imposible y está inundada de vestigios de la memez, sino que la sacrosanta música tradicional misma se ha convertido, por el carácter de su ejecución y por la vida de los oyentes, en idéntica a la producción comercial en masa, y ésta no deja de contaminar su sustancia


Round 3

«La audición atomizada, la audición que de modo pasivo, impotente, se entrega al encanto del instante, a la sonoridad aislada agradable, a la melodía retenible y abarcable de una sola ojeada, y que se pierde en tales aspectos, es una audición pre-artística. Ese modo de oír carece de la capacidad sintética subjetiva, y por eso mismo fracasa también ante la síntesis objetiva que toda música perfectamente organizada ejecuta. El comportamiento atomizado, que es siempre el más difundido y con el que la denominada música ligera especula ciertamente, a la vez que lo promueve, ese comportamiento acaba convirtiéndose en un goce naturalista y sensorial, en un goce culinario de sabores, en una des-artificación del arte, des-artificación de la cual el arte se ha venido librando durante muchos siglos, si bien es cierto que a costa de muchos esfuerzos, y solo hasta nueva orden, por así decirlo. Quien oye la manera atomizada es incapaz de percibir sensiblemente la música -puesto que ésta prescinde de los conceptos- como algo espiritual. Así es como se comportan los diletantes; de grandes movimientos dotados de una arquitectura compleja los diletantes despegan ciertas melodías real o presuntamente bellas, como, por ejemplo, los segundos temas de Schubert; y en vez de seguir su impulso y continuar avanzando, reclaman infantilmente su repetición rígida. Se parecen en esto a aquel tratadista austriaco de Estética que confesaba haberse hecho tocar una y otra vez durante una tarde entera la marha del torero de ‘Carmen’, sin hartarse de oírla