jueves, 3 de mayo de 2012

Experiencias musicales varias


Queen y ‘Live at Wembley '86’, dos de mis puntos de partida en esto del rock. Después llegarían ACDC, Led Zepp y las heavy-cosas (Judas Priest muy en particular), grupos todos ellos sobre los que aplicaba el mismo procedimiento: bajar discografía, escuchar un álbum por día e ir consultando información al respecto en la Wikipedia. Excesivamente mecánico, me diréis. Bueno, cada cual se organiza como puede o sabe. De todos modos, aquellas formalidades me permitían ir profundizando en bandas y sonidos, y con bastante orden, no como ahora, que estoy a la vez con mil discos, grupos, compositores y épocas; algo inevitable, por otra parte: la historia de la música está formada por obras y corrientes, y una conduce a otra, cual ciclo interminable capaz de angustiar a ese neurótico obsesionado con su incompletitud, personaje este con el que afortunadamente he dejado de identificarme. Porque si convertimos la música en motivo de agobio, malo; mejor utilizarla como arma arrojadiza.

¿El deporte favorito del docto en materia de rock? Dar caña al lego, al que no tiene ni idea y va diciendo cosas por ahí. Claro que, todos hemos sido legos; todos alguna vez nos hemos preguntado qué diferencia hay entre hard rock y heavy metal; todos hemos consultado fuentes varias que ahuyentasen nuestras dudas acerca del posible fundamento satánico de ‘Highway to Hell’. Luego resultó que no, que el común denominador de hard y heavy no iba más allá del recelo que nuestras madres y abuelas guardaban hacia ambos estilos. Asimismo descubrimos, para satisfacción de nuestra conciencia cristiana, que el título ‘Highway to Hell’ tenía mucho que ver con la ardua vida en carretera del rockero de los setenta y poco con ceremonias de adoración al maligno. “¿Y Black Sabbath? Esos no eran de verdad gente oscura”. Exacto, oscuros hasta la médula, y el Bowie de Ziggy Stardust nació realmente en otro planeta, y a Bob Marley lo mató la CIA. Bendita imaginación.

Hay que reconocer eso sí el carácter malrollístico de multitud de temas made in Black Sabbath. Porque tú -lector culto, curtido- y yo podemos reírnos, pero debemos comprender que alguien cuyos horizontes musicales tienen el mismo alcance que una posible carrera de Ozzy Osbourne como artista folk, al escuchar ‘Black Sabbath’ (la canción), sienta un mínimo desconcierto. Black Sabbath, una banda no recomendable para introducirse en el rock; al menos la formación clásica, con Ozzy al frente. La etapa Dio ya es otra historia, un par de años hermosos y fecundos que harán las delicias de cualquier jebitrón melenudo y con buen gusto.

Descubrí bandas de lo más interesantes en aquellos primeros meses. Un amigo, advirtiendo mis inclinaciones rockeras, me sugirió varios nombres: Motorhead, Aerosmith, Led Zeppelin ('para escuchar a estos haría falta tomarse un año sabático') y algún otro que no recuerdo. Gran tipo. El heavy también despertó mi entusiasmo. Era una música diferente, alternativa. 'Ellos' oían los 40 Principales, yo a Judas Priest. Mucho más tarde descubrí, para mi asombro, que aquel sonido distorsionado que a tantos nos hacía sentir especiales, era detestado por varias 'escuelas' de melómanos que veían en el heavy (y ya no digamos en las glam-cosas) el desenlace patético de multitud de corrientes de rock de los años setenta.

No hay nada que caracterice tanto a determinados aficionados como su tendencia a adoptar el rol de críticos musicales empeñados en delimitar el ámbito de lo bueno y el de lo malo (aunque si nos ponemos rigurosos, nadie escapa a la necesidad de formarse una concepción sobre la música que mola y la que no); hecho por otro lado que nos regala momentos de lo más divertidos, como cuando alguien lee que su banda idolatrada es considerada una hez por el listillo de turno o que otra agrupación por la cual uno ni siquiera siente simpatía está encumbrada a las cumbres cumbrosas por acción de unos cuantos.

Gracias a dios, el conocimiento y las escuchas aportan criterio, y los sabihondos que tan necesarios pudieron llegar a resultar en cierto tiempo, terminan siendo absolutamente prescindibles. Así que pueden decir misa los sacerdotes, que servidor ya sabe orientarse y no tiene miedo en admitir que Judas Priest le encantan y que Bach por lo general le parece un tío aburrido.

Aprecio las hazañas del barroco musical, pero más como la piedra necesaria -para que la música occidental prosperase- que como objeto de mi disfrute. Que sí, que Johann Sebastian será el master del contrapunto y de la fuga, de la sofisticación matemático-compositiva y en definitiva de las formas barrocas, pero lo poco que de él he escuchado no ha avivado el mayor de mis intereses precisamente.

‘Variaciones Goldberg’, una de sus composiciones más conocidas. La obra está formada por un aria, treinta variaciones sobre la línea grave de ésta (eso dicen), y otra aria final. Circulan un par de historias relativas a su composición: se ha escrito que cierto noble encargó a Bach una obra que le sirviera para vadear sus noches de insomnio, obra que interpretaría cierto músico de la corte (al clavicémbalo, puesto que el “piano moderno” aún no se había inventado), de apellido Goldberg. La otra explicación, mucho menos colorida, propone que las ‘Variaciones Goldberg’ fueron un encargo como cualquier otro, sin magia ni gaitas de por medio.


Sentimientos encontrados.