domingo, 15 de abril de 2012

Nos gustan las buenas personas y el cine de Chaplin

Me gustaría conocer a Jesucristo, darle la mano, charlar un rato con él. “Hola, eres Jesús, ¿no?”, “Sí, sí. ¿Cómo me has reconocido?”, “La aureola, you know”. Entonces yo le haría preguntas, no precisamente
En plan trascendental...
acerca de sus milagros ni de las varias confusiones paterno filiales que impregnan el personaje (“¿Entonces eres hijo de Dios o de José?”). Me interesaría por él como ser con atributos humanos. Lo extraordinario del personaje de Jesús (de aquí en adelante lo trataré como personaje, que nadie se ofenda) no reside, a mi parecer, en la curación de cegueras, en un inquietante caminar por el agua o en la mismísima resurrección. El objeto de mi admiración va por otros derroteros, tiene que ver con la sobrenatural e infinita capacidad para perdonar que, me han contado, caracterizaba al tipo. “Hagas lo que hagas, tus acciones son susceptibles de lograr mi perdón”. Es algo que sencillamente me emociona. Podríamos ponernos en plan filósofos de la sospecha y decir que bajo esa manera de entender el perdón subyace una autopercepción de superioridad moral por parte del que lo proporciona: “yo te perdono” entendido como “yo te perdono porque estoy por encima de ti y en mi mano tengo el juzgarte”, y no hablemos ya de afirmaciones más explícitas como “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. No obstante, el perdón puede ser también resultado de la comprensión: “yo te perdono porque sé que en tu situación quizás yo hubiera hecho lo mismo”. El perdón como reconocimiento de que la falibilidad y el condicionamiento de las circunstancias sociales constituyen rasgos humanos. En cualquier caso, yo prefiero la noción de tolerancia, porque por encima del juicio pone la comprensión. La historia de cada persona, de cada biografía individual, cambia al valorar esa sutileza.

La analogía de toda la vida
Pero volvamos a la idealización del hijo de Dios que el cristianismo llevó a cabo. Idealización que cautiva al creyente y al ateo (mi caso), y lo hace porque presenta una serie de cualidades humanas extraordinarias (capacidad infinita de perdón, altruismo ilimitado…), que nos trascienden. No diré que necesitemos creer en esa clase de relatos, pero sí que lo trascendental embriaga, bien tome la forma de una divinidad revelada, bien la de los confines del universo; aunque no hay tanta distancia entre la embriaguez y el esclavismo (la ausencia elevada de soberanía propia), que diría el filosofo de la sospecha. La realidad acostumbra a tener varios filos. No hay ideal de bondad que al exprimirlo no despida jugos de un color moderadamente turbio. Y, sin embargo, no podemos vivir sin esquemas mentales -forjados por “nosotros” o por el cura de la iglesia- que nos indiquen qué es lo bueno y qué lo malo, o -por barnizar la frase- qué es lo adecuado y qué lo inadecuado. En definitiva, somos seres morales porque todas nuestras acciones van encaminadas a fines de carácter moral. Así, del mismo modo que el sueño (entendido como gran “anhelo”) del animal es gozar de los placeres animales, el sueño del ser moral es un ideal concreto de bondad. Tú lo tienes, tu compañero de trabajo lo tiene; yo también, claro; se llama Aliosha Karamazov, personaje de ficción, como Jesucristo. De hecho, como sujeto humano, viene a tratarse de una especie de Jesucristo del siglo XIX. No es mi intención hablar aquí de él (de Aliosha). Solo diré que me maravilla su candidez. Nunca había valorado tanto ese atributo. Candidez, que no ingenuidad. Me figuro que alguien tan potencialmente maquiavélico como yo encuentra en ella elementos fascinantes. ¿Me gustaría ser cándido? No lo sé. Creo que no. Las pequeñas interacciones humanas -y ya no digamos el siglo XXI- no pueden entenderse sin a veces pensar mal. La candidez no ayuda a orientarse en la mierda, ni en la complejidad, y yo ante todo quiero comprender. “¿O sea, estás diciendo que tienes un ideal de bondad pero que no te gustaría representarlo tú mismo?”. Exactamente. Ahora, el hecho de que yo no quiera ser esa buena persona no impide que en muchas ocasiones vea positivo tender -y tienda yo mismo- hacia ese ideal. Hay diferencia entre encarnar un ideal y tender hacia él pero sin llegar nunca a tocarlo del todo.

Quiero aprovechar para contar una anécdota, ahora que estamos con el cristianismo, Jesús y la bondad. Empezaré diciendo que yo hasta hace poco idealizaba a las monjas (será que nunca he ido a uno de sus colegios…). Bueno, maticemos: las tenía por generosas, agradables, bienpensadas… Por eso me impactó tanto la versión de mi madre sobre cuatro o cinco monjas octogenarias retiradas en un piso modesto que les proporciona el obispado. Mi madre de vez en cuando va ahí a limpiar. Limpiar por supuesto entraña que ciertos objetos, al dejarlos donde estaban después de quitar la mugre de la superficie, puedan quedar a unos centímetros del lugar original. Pues sé de varias ocasiones en que un par de monjas se han mostrado desmesuradamente bordes por esa razón. La cosa no termina ahí. Me consta que los malos rollos son el pan de cada día en dicho piso; monjas que no se hablan, que no se miran, que tienen a la otra por vaga, quejica, “persona de mucho cuento”... Crear una moral y practicarla no tienen por qué ir necesariamente de la mano.

Aun así, el relato cristiano, concretamente su ideal de bondad (uno de ellos), ha dado al cine multitud de personajes tan irreales como maravillosos. Estamos hablando, sobre todo, de EEUU en la primera mitad del siglo XX, es decir, de un cine que desborda moralina. Pero también hay producciones cargadas de belleza, y ahora mismo estoy pensando en Frank Capra y Charles Chaplin.


En Vive como quieras (Capra, 1938), tenemos, por un lado, a una pareja que intenta superar el enorme espacio de clase social que hay entre ellos, sin salirse eso sí de los esquemas puritanos; por otro, a una gran familia en la que todos son buenos, viven felices, y tienen amigos no sabes tú cuántos. El patriarca es Martin Vanderhof, compasivo, altruista y muy en sus cabales. Alguien que casi todo el mundo quisiera conocer. He empezado por Vive como quieras porque guarda semejanzas en varios aspectos con Candilejas (Chaplin, 1952), la película de la que yo verdaderamente quería hablar. Candilejas narra la historia de Calvero, un cómico de las viejas salas de teatro en las que se ofrecían toda clase de espectáculos hacia finales del siglo XIX. La gloria de Calvero ya pasó. Ahora es un viejo frecuentemente dado a la bebida. Al soñar, recuerda sus números de humor, cantarines, divertidos y alegres. Después de la función, todavía en el escenario, despierta dentro del propio sueño, mira adelante, a las gradas; no hay absolutamente nadie, todo era un espejismo. En sus ojos se distingue la estupefacción y el dolor.

Conversación entre Terry y Calvero:
   -Terry: Qué oficio tan triste hacer reír. 
-Calvero: Muy triste cuando no se ríen. Pero emocionante cuando lo hacen, cuando se mira a la sala y se les ve reír. Oleadas de carcajadas que nos vuelven dichosos. Pero vamos a hablar de algo más alegre. Además, deseo olvidar al público. 
-T: No podrá, lo ama usted demasiado. 
-C: No estoy muy seguro, posiblemente le amo, pero no le admiro. 
-T: Yo creo que sí. 
-C: Individualmente sí, hay grandeza en cada uno de ellos. Pero en conjunto, se asemeja a un monstruo sin cabeza del que nunca se sabe cómo va a responder ni por qué camino se inclinará.

Una historia amarga sobre artistas desplazados por las circunstancias, como en El crepúsculo de los dioses de Wilder, solo que aquí el protagonista es otro gran tipo, de nuevo “la buena persona” que, falsa o no, enamora. Calvero, pese a las dificultades propias, es todo altruismo. Ayuda a una joven “dentro de la más estricta amistad platónica”. La suya es una generosidad sin condiciones.

Sí, la vida puede ser bella si no se la teme. Solo se necesita valor, imaginación… y algo de dinero.”

En Calvero, a diferencia del chaplin vagabundo, apenas hay espacio para la ingenuidad: él sabe de la vida, y sabe también moderar sus esperanzas con “realismo”. Esa es una de las cosas que más me gusta del personaje, la capacidad para “ver la realidad tal y cómo es” -ironizando incluso- que acompaña a su particular bondad. En fin, una película (atención, momento adjetivos) emocionante, agridulce, de esas que hacen retrospectiva sobre las cosas del artista, llena de clichés y, a pesar de todo, universal. El “último” Chaplin seguía siendo un gran Chaplin.


Y corrijo: no tienen por qué ser personajes irreales.

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Por hacer justicia a las monjas:

Mi padre me acaba de contar que, mientras volvía a casa, las monjas le han invitado a manjares varios. Qué cachondas.

7 comentarios:

  1. Sobre la bondad, la candidez, JC y los Bratia Karamasovi: creo que la candidez y ternura de Alioscha no llega a conmover. De hecho, pienso que la búsqueda de Iván (¿me equivoco? no recuerdo, hace años que lo leí) es mucho más humana. Alioscha es sólo un santo. Es como decía J.D. Salinger en Franney y Zooey. F le dice a Z o Z a F, no recuerdo tampoco, que los cristianos tienden a confundir a JC con San Francisco de Asis. Que el de Asis es un santo, colega de los animales y todo eso. Pero JC es un tipo con energía, con una fuerza vital, con una decisión que va más allá; un hombre que como dice el Evangelio ha venido a destruir, a separar, las viejas ideas, las viejas creencias, las familias, las jerarquías, etc... Y le pone el ejemplo de cunado tira los tenderetes de los mercaderes del templo. entonces, Z le pregunta a F, ¿tú ves a San Francisco capaz de hacer eso? No. Pues eso, deja de repetir tu mantra enfermo de mierda, que no eres una santa... (No sigo) Me he acordado de esto por la repetición de ''mantras'' en la iglesia ortodoxa y Alioscha. A lo que iba, Alioscha no ofrece nada, sólo la salvación, pero a pies juntillas, sin preguntar. Es Iván el que destruye, es Iván el tipo que acabará bajando a los nueve círculos del infierno para luego subir, o no. Porque en esto, veo lo más interesante de JC, su vuelta, el vencer a la tentación -la que él tuviera, su lucha-. En fin, Alioscha/Iván o JC/ F de Asís... Todo esto para decir que se puede esperar y buscar la bondad, la candidez o la dulzura, pero lo que verdaderamente buscamos es la verdad,el camino, la vida. Y para eso, la bondad está bien, la ternura también pero la risa y el conocimiento son mejor. Y para esto ahy que llegar al infierno de cada uno.

    Sobre vive como quieras: grazie mille por ese enlace, pero seguro que hay mejores análisis por ahí. Ange tiene todo el mérito, saca lo mejor de mí y además ha visto la película unas 6.897 veces.

    Sobre Candilejas: Ya lo has dicho todo, ve la realidad tal y como es. Eso me gusta de esa película. No tiene miedo a reconocer nada, todo le importa poco, sólo la sonrisa, supongo.

    Un abrazo. Vaya chapa....

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  2. La moral, de hecho, es lo que nos hace seres racionales (y viceversa). Me has traído a la cabeza la hermosa novela de Nikos Kazantzakis, "La última tentación; a Aristóteles y a Confucio, tan cerca de Cristo, cada cual a su manera; lo alejado que me siento de Dostoievski y su moralina; que prefiero el Chaplin de "Monsieur Verdoux", pero me gusta "Candilejas". Y Chaplin, a Suiza. Perdona el desorden, son sólo apuntes, la entrada es tuya. Eres unos de los blogueros más inteligentes que conozco.

    Un abrazo.

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  3. "Lo trascendental embriaga". Muy buena frase, y certera además. Nos guste o no, tanto a los ateos como a los agnósticos (entre los que me cuento) ese concepto nos sobrepasa, y de ahí la embriaguez. En cuanto a lo "bueno" o lo "malo", a veces no es tan fácil trazar una línea entre esos dos conceptos; que por otra parte han cambiado su contenido con el paso de los siglos y por lo tanto de las ideas: todos aceptamos que es bueno prestar ayuda al prójimo y que es malo matar, por poner dos ejemplos básicos. Pero luego entran los condicionantes: depende de a quién ayudes y para qué; depende si el fulano al que matas merece o no la muerte según qué criterios, por seguir con las simplificaciones.
    Tampoco a mí me gusta demasiado el adjetivo "bueno", así, en neutro, en "inmenso". Prefiero conceptos como "comprensivo", que indican un conocimiento de las cosas y a continuación una empatía con el sujeto ejecutante o sufriente. La "bondad" puede ser un pozo sin fondo. O una máscara: ese ejemplo que citas de las monjas en el piso no es más que una constatación.

    Y muy bien traido el asunto de Calvero para sacar el término "altruísta", que para mí es de los más limpios. Esa debería ser una de las guías humanas, junto con la comprensión y antes que la "bondad". O tal vez la suma de las dos primeras harían innecesaria a esta última (a la que yo, tal vez por los posos que a todos nos quedan de la enseñanza religiosa en la infancia, me da un poco de grima).

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  4. Estoy totalmente de acuerdo contigo, la idea intrinseca expuesta es brillante, las posibles opciones en el desarrollo del tema son infinitas, la claridad del argumento es mayúscula, pocas veces he tenido ocasión de leer un tema tan ameno, con la longitud justa, con la métrica adecuada, sin florituras.

    PD: Qué grandes son James Stewart, Chaplín y Jesus Christ Pose.

    PD2: Tío, ¿quién es la chica de tu foto? Me tienes intrigado.

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  5. Josmíos, alucinante cómo hacéis también vuestra la entrada.
    Para mí lo de
    Hora de publicación: 21:28
    4 comentarios:

    es solo un adorno que separa ideas igual de interesantes.
    Y perdonad que no os conteste uno por uno.

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  6. Bueno, creo que se confunde ser cándido con ser "bueno" y al final parece que por serlo se es idiota y de ahí a una sociedad de gente desencantada con todo y amargada que en sí no es que sean unos cabrones pero casi parece que tienen la obligación de serlo porque todo se supone que es malo. No me parece sano pensar sistemáticamente con segundas respecto a todos. Dicho esto, lo del piso de monjas ancianas y la reflexión consiguiente, dentro de que es cierta, me parece oportunista. No sólo porque sean monjas y por ello se suponga que tengan que ser una especie de entes etéreos incorruptos, sino porque, en esencia, son seres humanos, y encima muy mayores, con sus manías y sus miserias.

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