lunes, 22 de agosto de 2011

JMJ, apuntes jachondos

"¿Quiere algo, padrino?"


"Dos fantas traeme"

Bueno, bueno, bueno, Don Benedicto ya ha debido regresar a su chabolo romano. ¿Buena noticia? ¿Mala? Depende de quien juzgue. De camino a Pamplona he visto que ciertos sujetos ligeramente enojados habían manifestado su opinión acerca de la visita papal sirviéndose de un spray y considerando que la pared de la calle bien servía de lienzo. Dos de sus mensajes me han llamado la atención: “Benedicto = inquisición” (la tilde de “inquisición” es mía) y “JMJ = encubridores de pederastas”. Resultan divertidos los razonamientos hechos a base de signos de igual. Pueden poner lo que les salga de los cojones, el “=” hace todo el trabajo.

Este radicalismo, además de cabrear a cierto amigo mío, es el abono ideal para las tertulias intereconómicas y copérnicas -de la COPE-. Le resulta muy sencillo al sector facha decir que éstos -los mancha-paredes- “son los otros jóvenes”, que sólo los católicos pueden ser buenos ciudadanos. El procedimiento que usan los mencionados tertulianos consiste en 1. Identificar actitudes o manifestaciones que el público de la cadena condena, 2. Agrupar a miles de personas en un colectivo etiquetable, 3. Adjuntar a éstos la etiqueta que el público condena. La buena señora de Intereconomía se manejaba con brío en tan refinadas teorías cuando expuso su idea de las dos juventudes; una “sana” y otra corrupta, o enferma o... no me acuerdo, imaginaros cualquier adjetivo que indique patología. Por supuesto en la juventud sucia entraban “los del 15M” y “los perroflautas”. ¿Quién iba a pensar que era posible añadir a la típica dicotomía que tanto le gusta ofrecer a la opinión publica(da) (materializadas en encuestas de sólo dos respuestas) un contenido tan hediondo? Cierta España aun se deleita con el discurso de buenos y malos, de sucios y limpios, de aptos e inválidos. ¿No empezó por ahí el autoritarismo? Intereconomía, fuente de humor y intelectualidad…

Hablando de Intereconomía, recuerdo las palabras de un tipo (hilarante detalle el de que fuera al coloquio televisivo papal con una corbata ausente en su vestidura en el resto de coloquios en los que este buen señor participa) que interpretaba el discurso que el papa dio a las monjas en El Escorial; se refería -el tipo- a lo dicho por Benedicto como una alerta ante la apostasía (tan poco frecuente en los años de Paco), esa “renuncia de Cristo/Dios/Jesús después de haber entrado en contacto con él”, lo cual constituye un “problema”. Yo dejé de sonreír, pues el que tilda algo de problemático es alguien que, la proporcione o no, tiene en mente una solución para combatirlo; y nunca me han gustado las soluciones dictadas por tipos con sotana, o en su defecto tertulianos de Intereconomía. El ateísmo se dibujaba como un mal que acecha. Bien, esto último legitima lo que voy a decir ahora respecto de los forofos de Benedicto, porque si el papa puede hablar de “ateismo” y “radicalidad” en la misma frase, yo puedo hacer lo mismo con las palabras “peregrino -de las JMJ-” y “alienación”.

Como no recuerdo qué era la alienación religiosa definida por Marx (y hablar de estas cosas en lenguaje no-marxista pues no tiene tanta gracia) me referiré a cierta acuñación personal que acabo de elaborar, osease, alienación: resultado de hacer desplazarse hasta Madrid a cientos de miles de monguers que agenciarán una guitarra acústica para cantar lobotomizadas letras en favor de Benedicto XVI, amen de sonreír ante el papamóvil -porque al papa no le llegaban a ver- y hacer suyas ipso-facto cualquier declaración que El Lider enunciase. Ante escenas como las descritas, a un servidor le da por reflexionar en los procesos por los que una institución provoca la anulación mental con que millones de personas reciben las palabras de una autoridad, convirtiendo la devoción a Dios en un enfervorizado seguimiento del ídolo de masas. Eso ha sido el papa hace varios días, un ídolo de masas, como Freddie Mercury en Wembley ’86 o Chiquito de la Calzada en los años noventa. Quiero insistir en que lo inaudito no es para mí el acto de creer en Dios (ese maravilloso ente metafísico que nos obsequiará con donuts y virtuosismo musical cuando nos hayamos marchado de este mundo), sino el entusiasmo que genera el líder de una institución terrenal, nombrado como líder por sus propios compañeros de farra.

Decían los medios que, en la misa mañanera que el domingo ha tenido a bien oficiar el papa, se ha reivindicado a la iglesia como el único camino válido hacia Dios, ni más ni menos que afirmar a la iglesia como el monopolio de lo divino.


"Los shurmanos de Alá y el Dalai Dama quieren convertir ésto en un oligopolio. Ve y acaba con ellos."


“Comprad bulas, id a misa, atended a lo que digo. De lo contrario, estáis jodidos”

Bien, si esto me parece sociológicamente acojonante, es porque el jerarca de la iglesia católica dice que nada de espiritualidad, que eso no sirve, que Jesús no quiere espiritualidad, que no basta con creer y nada más; no se trata de reclamar una institución, sino de reclamarla como única vía de acceso al cielo. Yo pensaba que la iglesia había avanzado en estas cuestiones, iluso que soy.

“Que el papa diga lo que quiera; mientras su visita traiga euros…”. ¿Quién iba a protestar contra el encuentro juventudesco católico? Al fin y al cabo, los que no creen en el Dios bíblico, sí creen en el Dios Dinero; y estos días la capital española ha atraído unos cuantos capitales, valga la rebuznancia. Debo de ser un sociólogo bastante impresionable, porque este poner la razón económica por encima de todo también me llama la atención. No hay debate en el que la razón económica no haga acto de presencia, incluso cuando se trata de asuntos de limitado carácter económico como la organización territorial del estado (véase el intencionadamente polémico tema de las comunidades autónomas) o el asentamiento del 15m en plaza del sol (¡ay, esos comerciantes que están perdiendo dinero!). La cultura del “no hagamos tal porque tenemos pérdidas y hagamos tal porque maximizamos beneficios” se impone a pasos agigantados. Pienso que, ya puestos, podemos pasar al chinese way of life: venga la semi-esclavitud del capitalismo incipiente, welcome mano de obra infantil, au revoir subsidios por desempleo. ¿Y qué es eso de no ofrecer nuestra bandera nacional al mejor postor para que imprima su logo sobre ella? Mi indignación es máxima cuando paso por un ayuntamiento y veo el rojo-amarillo-rojo españoles sin la “M” de Mac Donalds. El dinero que debemos estar dejando escapar, ¡mother of the guld!

jueves, 11 de agosto de 2011

Dark side of online videogames

Hablemos de videojuegos online, pero no en plan “me gusta tal o cual” o “peaso jugabilidad tiene éste”; vayamos a su lado oscuro. ¿Hay alguna organización de hombres topo o de masones en colaboración con mormones que empleen dichos productos para adueñarse de las mentes y del mundo? No, joder, eso es demasiado; aunque leí en Internet a un tipo que alertaba del enorme potencial que League of Legends tiene para enfrentar a los usuarios y dividir a la sociedad en pos del salto dominador definitivo que tiene previsto llevar a cabo la NWO (New World Order, o como rellenar un programa de Cuarto Milenio). El caso es que me he propuesto desenmascarar a un nivel menos osado los videojuegos online y su peligroso sustrato capitalista.

Hulk Hogan y los sucnors aprueban este ladrillopost

Lo que distingue los modos online de los offline es que, mientras en los segundos el jugador se enfrenta exclusivamente a la máquina, en los primeros son los jugadores los que compiten entre sí, bien zurrándose respectivamente, bien pugnando por superar a los propios compañeros de equipo en daño, muertes, banderas conseguidas, y ese tipo de chorradas que, para el jugador, se transforman momentáneamente en lo que da sentido a su existencia. Hablan por sí solos los momentos de World of Warcraft en que diez o veinticinco pavos, unidos para matar al jefe maloso de la máquina, ponen todo su empeño en ser los que más daño hagan o los que más curen (lo que en los ámbitos frikidérrimos se conoce como Damage Per Second -DPS-, Total Damage, o Heal Per Second).

La mayoría de juegos online, con tal de registrar quienes son los mejores y servir así a la dinámica de la competitividad, ponen al servicio de los jugadores dos herramientas: de un lado la clasificación, una lista inmensa en la que todos figuran por orden de buenos resultados en el campo de batalla. A casi nadie le importa esto cuando empieza a jugar; se supone que el objetivo principal es divertirse; claro, claro, pero tarde o temprano uno termina en ese ranking, en el que perder posiciones es una tragedia y ganarlas un motivo de júbilo. Se trata de algo más siniestro de lo que pueda parecer, pues casi sin darse cuenta llega el día en que la diversión queda desplazada por el afán de subir en la lista; y habiendo bajado cuarenta fatídicos puestos, el jugador no se irá a cenar o follar con la novia sin antes haber reescalado los cuarenta. Hasta aquí una de las herramientas a las que me refería; la otra es la adquisición de objetos en el videojuego. Algunos pensareis que vaya gilipollez, que “¿cómo va a mantenerme atrapado el afán por conseguir una espada, un silenciador, o un traje que cambia la apariencia del personaje?”. Bien, hay gente que paga por esto: tíos que regalan a sus parejas una montura (o sea, el bicho sobre el que se desplaza el jugador en el mundo virtual) por valor de treinta leureles o frikis que se gastan la paga semanal comprando la apariencia de un arma. Otro modo de obtener esos objetos especiales y no tan especiales es pasando muchas horas delante de la pantalla, repitiendo rutinas hasta conseguir monedas de oro o chapas de intercambio. “Frikis de mierda”, dirá alguno furibundamente; le aconsejo que se tome un lorazepalm y reconsidere lo que esas armaduras y apariencias especiales constituyen para los jugadores: reputación; son objetos que cumplen la misma función que el ranking: posicionar, indicar quienes son los buenos (o los que pagan) y quienes no lo son tanto. ¿Tan lejanos están estos mundos virtuales del “mundo tangible” en el que el coche no es tanto un vehículo con el que desplazarse como un símbolo inconfundible de prestigio, o en el que pagamos seis veces más por unas Ray Ban sólo porque pone un puto “Ray Ban” en la montura de las gafas? Ejemplos hay a patadas; todos y cada uno de ellos muestran la importancia de lo simbólico, también instalada en los videojuegos online. A fin de cuentas prima el espíritu capitalista: el jugador invierte esfuerzo y horas en ganar unos puntos intercambiables por objetos que le servirán para sentirse superior a los demás.

-¡Un Lamborghini! Arrodillaos todos ante él.
-Tío, es sólo un coche.
-Fale.

Por ridículo que suene, en los videojuegos online la selección natural está a la orden del día. Unos jugadores desarrollan buenas capacidades y otros no; el que no valga será duramente criticado (los insultos son una constante en cualquier partida; de hecho es ahí donde he aprendido toda clase de ofensas en inglés) y, aun manteniendo la compostura hacia afuera, uno no puede evitar sentirse como un jugador mediocre y no-válido en ese mundo concreto. Como en estos juegos hay mucho que aprender, los nuevos necesariamente la cagarán en innumerables ocasiones, y serán vilipendiados por ello; para cuando lleguen a manejarse aceptablemente en el videojuego, habrán soportado innumerables palabras feas. Nadie quiere estar con un noob en el equipo, y conforme uno va progresando, se vuelve más intolerante para con ellos. Aunque siempre hay buenos jugadores dispuestos a resolver las dudas de los noobs, la mayoría prefieren evitarlos.

Entre los experimentados también hay malos rollos, fruto de la arrogancia y el creer que no es uno sino los demás quienes han cometido los errores. Es preciso recordar que en los modos online siempre hay unos que ganan y otros que pierden, así que el resultado se decidirá en función de los errores cometidos; en otras palabras, ganará el equipo que haga menos cagadas. Pero cagadas nunca dejará de haber y, llegado el momento, los dedos acusadores surgirán de todos lados.

Sin embargo, nada es tan desolador como el tiempo que se pierde en estos terribles artilugios; y aquí paso a hablar totalmente en primera persona, pues accedí a mi primer videojuego online hace… hace muchos años. Tardes de verano matando nazis, rusos o aliados en Call of Duty 2; mañanas enteras cazando dragones en Monster Hunter o acribillando enemigos en Resistance Retribution; miles y miles de horas recolectando flores y menas, subiendo de nivel personajes, días enteros -literalmente- dedicados a conseguir chapas con las que comprar ítems, palizas de doce horas seguidas junto a otros veintitrés tíos dispuestos a terminar una mazmorra sea como sea; cientos de partidas largas en League of Legends; e incontables días pegado a la pantalla con Faces of War, Battlefield Heroes, World in Conflict, Call of Duty 4 o Bloodline Champions. Me encantan, joder. Casi nunca he pagado por un juego que en el reverso de la caja no indicase disponibilidad de modo online. El lado menos simpático de toda esa diversión es la adicción, el "aislamiento social", la interminable cantidad de horas perdidas, no invertidas en algo de provecho. Porque si ves muchas películas y, dado que hablar de cine es algo medianamente común, podrás sacar temas de conversación a saco -amen de otras muchas cosas-; pero ni a tu novia, amigos o familiares les interesa saber de la partida cojonuda que hiciste con aquel sacerdote, o del épico set que conseguiste derribando a Illidan pocos meses después de salir a la venta The Burning Crusade, ni de ninguna otra anécdota que solo tiene valor entre los que conocen el juego en cuestión. Con las historias para un jugador al menos transitas por mundos maravillosos durante quince o cincuenta horas, y se acabó; en cambio, la puta droja de los videojuegos online te tiene ahí enganchado, combatiendo por mierdas que, una vez cierres el ordenador o la consola, carecen de todo valor.

Sin duda una forma exquisita de mantener al populus ocupado en divertimentos vanos con los que huir durante unas horas de sus miserables vidas, de sustituir una alienación por otra. Id pertrechándoos de sombreros de aluminio. Los reptilianos están al acecho.

Pd: Lo que podría yo haber hecho en todo ese tiempo… Haber leído el ensayo de miles de páginas que escribió Sartre sobre Madame Bovary, haber hecho hamijos, haber escuchado la discografía entera de Bob Dylan... Bueno, mejor escribir esto con veintiún años que con sesenta.