sábado, 30 de julio de 2011

Mi Primera Comunión


El día anterior de tan pomposo evento hubo un ensayo general; era necesario: el cura conocía al dedillo su papel, pero esos canijos irreverentes... A esos hay que detallarles todo lo que han de hacer, y no perderlos de vista.
Yo estaba entre dichos canijos. Mi participación en la ceremonia tenía su momento culminante en la lectura de una petición, como las misses cuando intentan demostrar una falsa sensibilidad hacia las desgracias del planeta. Los padres se encargan de escribir las peticiones, y suelen ceñirse a esa la colección de frases solidarias que dejan de ser verosímiles cuando se pronuncian en un contexto de gasto elevado e innecesario: “que se erradique la pobreza”, “que se acabe el hambre en el mundo”. Me encantan esos “que se…”; presuponen que los problemas surgen por generación espontánea y terminan cuando la tierra los traga. Después del ensayo general, el párroco se dirigió a mí sugiriendo que había que recortar la petición. “Dile a tus padres que es un texto muy largo. Con cinco líneas mejor que mejor”, imagino que me diría. Claro, no había espacio para mítines, ni se podía romper el equilibrio con textos de cinco minutos rodeados de otros de quince segundos.

Te pido con cariño Jesús de mi corazón
Que las fábricas dejen de producir armamentos,
Que los Diez Mandamientos con las Leyes de Dios
No pasen al museo de la historia como un simple recuerdo,
que no se mueran de hambre los niños pobres Señor
y que se construyan escuelas para el progreso de los pueblos


En estas seis líneas quedó sintetizado el discurso (si, realmente la petición original era “un poquito” extensa) que mi padre redactó ilusionado, seis líneas que acusan a los productores de armamento y reivindican unos diez mandamientos que pasan por ser la recomendación ética más razonable del cristianismo. En el “que no se mueran...” mi padre relajó su espíritu combatiente. Luego ya se puso internacionalista con ese “que se construyan escuelas para el progreso de los pueblos”.
Como cualquier enano que nunca se ha dirigido a cientos de personas, yo estaba nervioso perdido. Me concentre en lo que tenía que decir e ignoré todo lo demás, así que no me fijé en el careto de mi padre. Supongo que tendría dibujada una sonrisa de oreja a oreja; al fin y al cabo su hijo leía cosas en las que él creía -y cree, aunque menos- con absoluta convicción; seguramente fue de los pocos -junto con el cura- que contribuyeron a inyectar algo de autenticidad a la ceremonia, a hacer que lo de ese día fuera algo más que meras apariencias e imágenes bonitas de cara al álbum de fotos de la comunión.

De un tiempo a esta parte la simpatía que siento por los creyentes (los de verdad) se ha incrementado en perjuicio del respeto que tengo por los que aprovechan las celebraciones religiosas como medio para mostrar algo a los demás: compasión, buen traje, etc. La combinación entre religiosidad e hipocresía o exhibición me resulta particularmente detestable. Las comuniones disparan lo repulsivo de ese coctel metiendo niños de por medio. Traje impecable, peinado inusualmente correcto. En las caras de los chavales que desfilan vestidos de marineros o capitanes de barco veo extrañeza; no actúan con naturalidad, como lo harían disfrazados en los carnavales; los padres les arrebatan su característica espontaneidad durante unas horas, no vaya a producirse algún desliz y en el DVD (antes VHS) aparezcan cosas feas.
En la comunión los niños son actores: interpretan poco, siguen un guión escrito por otros, y no tienen mucha conciencia de lo que están haciendo. Tal vez sea mejor referirse a ellos como el decorado.
Por supuesto no actúan sólo como autómatas: saben dónde están y qué hacen. ¿Y fe? ¿Fe tienen? ¿Hay algo de Verdad en una celebración religiosa en la que la relevancia de Dios es desplazada por la de los regalos? Por otro lado, no existen muchas posibilidades: si estás bautizado tendrás que ir a misa, y a clases de religión, enseguida la comunión. El orden está ahí; lo tomas o lo dejas.

lunes, 25 de julio de 2011

Reseñas, reseñas (de discos) everywhere

Es tiempo para la solemnidad y la camaradería. A vosotros, la gente que reseñáis discos, os dedico la entrada de hoy; lo hago porque la actividad por la que sacrificáis tiempo y celulas nerviosas no está todo lo reconocida que debería. Conformáis uno de los últimos baluartes que protegen la figura del álbum, objeto sacro, cosa circular destinada a la adoración. Porque vale, en los carrefoures y cortes ingleses se sigue vendiendo un conjunto de canciones grabadas en formato físico y acompañadas de un trozo de papel multicolor, pero permitidme poner en duda que la gente que compra productos de energúmenos tipo Rihanna o Alejandro Sanz tenga el coraje suficiente para aguantar cuarenta minutos de relleno y diez de singles. Hay mucho por precisar, pero no importa; despeguemos acordando que el populacho consume caquita prefabricada y una minoría selecta que ha llegado a acariciar la Idea del Bien contribuye, con sus reseñas de discos, a la difusión de lo bueno y lo verdadero.

Fotochós de mierda, fotochos de mierda everywhere

Un servidor no se incluye en ninguno de los dos grupos, pues dejó hace tiempo de publicar reseñas con asiduidad, y no porque se haya librado de la egocéntrica pulsión de comunicar al mundo todo lo que ama tal o cual trabajo. En efecto, padezco de eso cada vez que me topo con algo memorable; sin embargo, la ignorancia, junto a mis cutres comentarios canción por canción, me quitan la tontería rápido. En una reseña, a lo más que llego es a decir lo básico, y para eso ya está la wikipedia, amen de un millar de blogs que han comentado dicho trabajo previamente. Por eso me gusta pasear por aquí rarezas; siento que contribuyo a algo, que mis palabras no están del todo trilladas. Puedo además hacer afirmaciones arbitrarias. ¿Quién me va a corregir, si nadie tiene idea del disco en cuestión? Perversiones de un viejo reseñador. O tretas. Si, tretas más bien.

El mundo se habrá vuelto cínico irremediablemente si nadie reconoce haber usado magistral o toscamente las palabras para ocultar su falta de conocimientos en la noble tarea que hoy me he atrevido a ilustrar. Una de las artimañas más divertidas es la de emplear expresiones genéricas para referirse a instrumentos que uno no alcanza a identificar. Así, al puto trombón se le alude como “el avanzar tenaz de los metales” o a los violonchelos como “la sospechosa sección de cuerda”. Todo cuela hasta el día en que identificas el sonido de violín producido por un teclado con un violín real. Ahí la farsa queda al descubierto, y los José Fernández dejan de acechar y pasan a la acción, dándose un festín con tu carne de bloguero desprestigiado.

¿Hammond? ¿Hammond? Yo jámon el de comer y... ¿a dónde vas con esa barra de acero toledano?

Superando estos niveles infames, es posible distinguir dos clases de reseñadores: los que saben y los que, además de saber, gozan -no solo- del don de la palabra. Los primeros son bibliotecas andantes. Fin. Los segundos captan la esencia de las canciones, y la transforman en algo que todos entienden. Aunque hablar de “esencia” es ir demasiado lejos, pues una canción puede tener muchos sentidos, objetiva y subjetivamente. Digamos mejor que esta gente hace unas excelentes interpretaciones.

Pocas diferencias no obstante en lo relativo a la estructura de las reseñas. Las secciones típicas son: contexto, influencias, repercusión, y repaso de las canciones. Siempre he hallado bastante inservible la tercera; siempre, claro está, que uno no aspire a ejercer de musicólogo. Cuando quieres comunicar el apego hacia un disco, sobran comentarios en plan “a partir de este trabajo el género de la bachata experimentó un cenit irrepetible y…”. Por otra parte, medir la cuestión en términos de servir o no servir tampoco es lo más inteligente. Y nada más lejos de mi intención que practicar el talibanismo reseñil. Cada cual que elija sus modos, que de hecho lo que enriquece cualquier escrito sobre un álbum universalmente conocido es el plus que aporta la singularidad del redactor.

Llega en la constrrrucción de la reseña el apartado que más quebraderos de cabeza genera, sobre todo a los más inexpertos: la descripción de las canciones. “¿Cómo la abordo?” -medita uno- “¿me limito a narrar los temas desde el comienzo hasta la mitad de los mismos? ¿Hago incisos técnicos? ¿Cito segundos concretos o lo dejo en un “después del tercer estribillo la guitarra lo da todo”? (hard rock, laberíntico estilo donde los haya) ¿Incluyo metáforas en general? ¿Incluyo metáforas meteorológicas y geográficas? ¿Añado cosas que servirían para la descripción de casi cualquier canción como “la emoción se apodera de mí cuando blablabla?” -se pregunta el exhausto reseñador-.

Siento que me repito en las descripciones. Ah, no, son ellos.

A estas alturas nuestro hombre está tan ensimismado con su humilde ofrenda a la humanidad que le es imposible reparar en que cuatro de sus seguidores suelen abandonar la lectura al tercer párrafo y dos de ellos al cuarto, justo antes de empezar el apartado de las canciones. Pero el reseñador es como los grandes escritores: no busca la atención inmediata de la masa; le basta con que dentro de unas décadas alguien haya captado de verdad sus todopoderosas palabras.


Blao.


(En próximos episodios… Los comentaristas que no leían las entradas)

sábado, 23 de julio de 2011

Il Tempo Della Gioia

Me siento un caballero de la eficiencia: en un año de blog he reseñado toda la discografía de Quella Vecchia Locanda. Que vale, sé tratan sólo de dos álbumes y… ¡y ay qué álbumes! Es un gustazo encontrarse con bandas de este porte. Publicaron poco material, pero de alto nivel; y todo el mundo sabe que lo bueno, si es escaso, dos veces bueno.

Cinco temas conforman Il Tempo Della Gioia. Ninguno supera los nueve minutos, algo relativamente corto tratándose de rock progresivo. Aunque esto no significa que haya concesiones a la simpleza; es más, resulta imposible predecir el rumbo que van tomando las composiciones. Dicha impredecibilidad, lejos de aturdir, encandila. Para el que sigue las canciónes atentamente, la experiencia resulta formidable; pero incluso perdiéndose, hay incontables ganchos destinados a rescatar al oyente: melodías cautivadoras, contrapuntos geniales y ritmos que resucitan lo vivo.

Vanguardismo a tope, chavales.

Pura maestría la de Quella Vecchia Locanda, que no sólo no se hunden en la difícil tarea de orquestar clavicordios, pianos, flautas, violines, además de bajos, baterías, y guitarras, sino que logran un resultado a la altura de muy pocos (del mismo modo que en su trabajo anterior). Porque desde los sesenta, la inclusión de instrumentos clásicos en el repertorio de la música popular, predominantemente ha tenido que ver con un violín que acompañaba a la voz o con un piano cuya riqueza se materializaba en la repetición de varios acordes -también al servicio de la voz-. ¿Quedaban sonidos deliciosos? Desde luego. No obstante, se agradece toda propuesta con ánimo de liberar el gran potencial de los instrumentos y de la composición en general.

Colocaré dos canciones a modo de trailer. Si os gustan, bajadlo, disfrutadlo, y si tenéis cascos, id a por ellos.

A Forma Di... es un manual que indica como construir un crescendo. El violín introduce la tensa línea sobre la que se asentarán primero el clavicordio y luego el piano. Enseguida lo hace la flauta; ahí todo se torna sublime, y eso que queda canción por delante.


...y Villa Doria Pamphili, de la que no voy a decir nada, porque soy de todo menos competente en lo que respecta a comentar canciones. Sólo escuchadla.

jueves, 21 de julio de 2011

Tolerancia

Al escuchar la palabra “conflicto”, es habitual que a nuestra cabeza acudan imágenes relativas a luchas armadas, violencia física, y toda clase de enfrentamientos fatídicos, indistintamente de si tales situaciones se dan entre personas, bandas o naciones, o de si son llevadas a cabo a puñetazo limpio o tomando prestada la última tecnología. Con ánimo de improvisar una tipología, podríamos distinguir dos grandes clases de conflictos: los que son fruto del choque de intereses económicos o estratégicos, y los que nacen de la intolerancia. Un ejemplo representativo del último tipo sería el de las luchas estrictamente religiosas, es decir, aquellas en las que se es enemigo por participar de una creencia distinta. Sin embargo, dejemos de lado la intolerancia étnica y religiosa, y regresemos exclusivamente a la llamada “vida cotidiana”; todo ello para examinar muy modestamente uno de los procesos por los que se canalizan las diferencias entre seres humanos: la tolerancia.

I - Distintos

Aprovecho para mencionar que en esta entrada no tendré en cuenta las diferencias biológicas; sólo las de orden cultural y las que provienen de la experiencia (aunque separar experiencia y cultura no es lo más riguroso). No quedaría muy lejos de la realidad afirmar que tanto la cultura (entendida como conjunto de tradiciones, estilos de vida y hábitos) en la que nacemos y nos socializamos así como las experiencias por las que transitamos, condicionan fuertemente nuestro ser; por todo ello pensamos y actuamos de una manera específica, y, sobre todo, otorgamos relevancia a unas cosas por encima de otras. En adelante, llamaré “sensibilidad” a esta “distribución de la relevancia” (resultado de cultura y experiencia), pues ser sensible a una cuestión es sencillamente darle importancia.

II - Empatía

Entre dos personas con una sensibilidad parecida, la empatía tiene más posibilidades de hacer acto de presencia. Pensemos por ejemplo en un par de individuos que se han criado en entornos familiares muy estrictos y que además saben, por experiencia propia, lo que es tener un familiar con cáncer. Entre ellas -al menos en los asuntos dos asuntos señalados- habrá identificación: uno entenderá las condiciones del otro porque también las vive o las ha vivido y, por tanto, están integradas en la mirada de que dispone a la hora de tratar con la realidad. De aquí se deduce que la empatía se desarrolla exitosamente entre “iguales”. ¿Pero qué pasa cuando hay diferencias en cierto ámbito de la sensibilidad? Si un jovenzuelo siente indiferencia hacia los aniversarios de pareja y a su novia, por el contrario, le resultan fechas clave, ¿cómo va a producirse la identificación y a evitarse un más que previsible conflicto?

III - Tolerancia

Al hilo de la esta pregunta, se hace preciso introducir el concepto de tolerancia. Bastaría con que los dos novios hicieran un esfuerzo para trascender sus límites culturales y hacer suya, por unos momentos, la sensibilidad del otro; entonces la gestión de la diferencia culminaría de forma inmejorable. Digamos pues que la tolerancia comienza su recorrido en el momento en que el individuo admite que su manera de entender el mundo, los valores que le guían, y, en definitiva, el significado que atribuye a las pequeñas y las grandes cosas, es compartido por pocas o ninguna persona: son millones los que otorgarán la misma relevancia que él a cosas concretos (un atardecer, un hobby, un insulto), pero es casi imposible que alguien comparta la totalidad de sus significados; de ahí nace la singular sensibilidad que caracteriza a cada persona. A partir de aquí podemos decir que, mientras la empatía sólo opera generando identificación entre personas cuya relación hacia un objeto (en la acepción más intangible de la palabra) es la misma, la tolerancia, al hacer que el sujeto valore la sensibilidad del otro para con un objeto tanto como si fuera la suya propia, consigue un campo de acción inconmensurablemente más amplío. En resumen, caben distinguir varias etapas: reconocimiento del carácter singular y heterogéneo de nuestra sensibilidad (y de las circunstancias que la hacen posible), reconocimiento de que ésta no se haya por encima de las demás, y puesta en práctica de la tolerancia.

Para ejemplificar esta aglomeración de ideas, describiré el caso de una madre y un hijo que está en el final de la adolescencia. Ellos tenían una relación “normal” hasta que el zagal se echo novia; desde aquel momento se redujo el tiempo que él y su madre permanecían juntos, y se incremento desmesuradamente el tiempo que él pasaba con la zagala; algo que, si bien el primero veía completamente razonable, a ella le escamaba. En este hermoso ejemplo, el objeto de la sensibilidad, es decir, aquello a lo que se le da o se le deja de dar importancia, es el tiempo a pasar con la novia.


La empatía resultaría imposible ya que su relación con el objeto es distinta. La tolerancia, en cambio, llevaría a ambos a entender que su postura ni es la única ni tiene porque ser la mejor, y que toda identificación pasa por entender las condiciones del otro y, de ahí, su sensibilidad.

IV - Intolerancia

¿Qué ocurre si no hay tolerancia por ninguna de las dos partes? En tal caso, una sola diferencia puede hacer emerger muchas más. Volvamos al ejemplo anterior: la madre, al no conocer los motivos que le llevan a su hijo a pasar tanto tiempo con su novia, puede llegar a recriminárselo, con lo que su hijo, al desconocer también las razones de la madre, se mostrará hostil. Será el momento perfecto para introducir en la discusión toda clase de discrepancias entre ambos en forma de acusaciones recíprocas. Se trata de una cadena de malentendidos resultado de que ninguno de los dos advierte la sensibilidad del otro; así, se comportan como si aquel a quien tienen enfrente fuera una versión de ellos mismos que atribuye el mismo valor a las mismas cosas.

Son factibles multitud de elucubraciones: la situación que se crea al encuentro de una persona tolerante con una intolerante, el malestar que se va acumulando en alguien que ve constantemente ninguneada su sensibilidad… Concluyamos simplemente que toda intolerancia produce consecuencias, y en caso de no existir algo que le haga contrapeso, el conflicto estallará en cualquier momento.

V - El Robocop

Surge una duda razonable: ¿dónde ponemos los límites? Porque decir que todo lo subjetivo es respetable por el hecho de ser subjetivo, es reivindicar un “todo vale” que nadie desea. El punto medio se nos aparece como lo idóneo: ni intolerancia hacia todo ni lo contrario. ¿Según qué criterios? No lo sé.

sábado, 16 de julio de 2011

En busca de un principio racional y mah o menoh objetivo (II)

En esta entrada lo que hice fue plantear un problema cuya posible resolución supone algo más que palabrería con la que pasar el rato. Cuando alguien responde a la pregunta “¿Por qué debo respetar a mis semejantes?” lo que está haciendo es ofrecer principios rectores para la sociedad. En otras palabras: el modo con que una colectividad haga frente al mencionado interrogante es crucial para su futuro.

Lo último viene a ser una especie de autojustificación. Me digo y os digo que siempre será oportuno meditar sobre el “El Tema ético”, en palabras de Sonámbulo; que menospreciar todo intento de hacer aportaciones nuevas o recicladas al respecto equivale a cincelar sobre la piedra un “Ya hemos alcanzado la verdad. Pasemos a otro tema”.

En su momento comenté que “si no hay verdades, es imposible sustentar una moral, de modo que todo vale”, de ahí ese curioso “¿Por qué respetar las normas, las leyes y a los semejantes?”. Profundizaré un poquito en la primera cita. Puede concebirse que la falta de verdades es una consecuencia de la reciente igualdad a la que se ha llegado en determinadas sociedades. Me explico: en un mundo en el que no hay dioses que dejen mandamientos en la montaña, ni profetas que dicten acerca de lo bueno y de lo malo, ni hombres que tengan potestad para imponer sus verdades; en un mundo así, debido a que todos somos iguales a la hora de forjar nuestras propias verdades (dentro de unos límites legales erigidos por una moral concreta, pero bueno), las distintas expresiones subjetivas (entendidas como las maneras de entender el mundo y las conseucencias de esas maneras) son igual de respetables (juridicamente hablando y dentro de los límites mencionados); no hay una por encima de otra, de modo que La Verdad, desestimada por unas constituciones que incluyen en su haber el respeto a lo diferente, se convierte en una pieza por la que solo compiten los anticuarios. Regresamos pues al “si no hay verdades, es “imposible” sustentar una moral, de modo que todo vale”.

Al fistro que haga mención al rey diciendo que la ley no toma a todos por igual, le cuezo a muletazos, y no porque esté en desacuerdo.

Antes de formular mi propuesta, creo conveniente volver a poner en el punto de mira ese “Debemos prevenirnos de la barbarie” (la tercera respuesta) que tan frágil me parecía; porque no hay nada tan sencillo como argumentar que, si todos pudiéramos ejercer la violencia como nos diera la gana, nuestra civilización tendría los días contados; en ese sentido, la prohibición del uso “no legítimo” de la misma es uno de los mejores medios para preservar nuestra civilización. Y es aquí donde el relativista, con mucha razón, diría: ¿Y por qué nuestra civilización es lo mejor, lo bueno? No hay demostración racional y objetiva de ello.

Si estoy tan pesadito con lo del principio racional y objetivo es porque, sin él, la no violencia es el resultado de la conveniencia, y no de la convicción: lo único que incita al ciudadano a respetar la libertad de los demás es la coacción del estado.

Pero vayamos finiquitando. Hace días mantuve unas conversaciones la mar de provechosas con una chica a la que envío saludos. Ella destacaba, entre otras cosas, las semejanzas, lo que nos une por encima de lo que nos separa. Toda moral se construye sobre el conjunto de características comunes que presenta un colectivo, así que, cualquier regla que aspire a ser universal, debe asentarse sobre algo que sea igual en todas las personas. En “Apasionada y nada navideña reivindicación del egoísmo” hablé del egoísmo como motor de la acción humana. Con espíritu igual de ambicioso -puede que necio-, expondré algo que me parece inseparable de la naturaleza humana.
¿A quien le gusta ver quebrada su voluntad? Yo creo que a nadie. Cualquiera desea que las cosas le salgan tal y como las había planificado, y, sobre todo, que la voluntad con la que decide lo que a él le concierne sea respetada. Expresado con otros términos: todos queremos respeto para nuestra subjetividad. Aplicado ésto a la sugerencia moral “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti” (a cuya ineficacia ya me referí), podría enunciarse, como el ansiado principio, lo siguiente: “respeta la voluntad del otro así como quieres que la tuya sea respetada”.

A mi entender, esta propuesta resuelve el interrogante nihilista, y lo hace desde una premisa a la que yo no veo puntos débiles. En caso de que alguno de vosotros sí, ya estáis abriendo el pico, queridos.

viernes, 15 de julio de 2011

José Fernández

¿Conocéis a José Fernández, verdad? ¿No? ¿Cómo que no? Por poco tiempo, camaradas de la blogosfera. Sabed, como dato primordial, que el buen señor que protagoniza esta entrada no suele comentar como usuario de blogger; firma como José Fernández, y va que chuta. Tampoco tiene un espacio propio sobre el que verter su genuina expresión, pero no por eso es un mendigo virtual; aunque no tiene techo propio, bien se encarga de cobijarse en los mejores lugares; es como Richard Gere en “Pretty Woman”: de hotelazo en hotelazo y tiro porque me toca. Aunque Richard, si la memoria no me falla, vivía siempre en el mismo hotel. Sirva tan catastrófica comparación para subrayar el carácter de aventurero sublime con el que José Fernández explora la Internet.

Antes de reanudar el estudio riguroso de este personaje, conviene advertir al lector de que “José Fernández” es, principalmente, una identidad mediante la cual se distinguen sus comentarios. ¿Figurara dicho nombre en su documento nacional de identidad, o se tratara de un simple pseudónimo? Imposible saberlo, así que sigamos.

Sería insultante todo escrito sobre José Fernández que no le concibiera como una víctima; en efecto, sobre José Fernández ha recaído la injusta fama de tipo arisco, malhumorado, discrepante patológico e intransigente. Despreciables calumnias todas ellas. Lo que para unos es mal carácter, yo lo interpreto como una peculiaridad psicológica: José Fernández es como una cebolla: tiene varias capas, y en su centro sólo hay ternura y candidez. Le acusan de llevar la contraria, de decir “no” como un autómata, de poner siempre pegas. Dejemos las cosas claras de una vez por todas: José Fernández tiene sus propias preferencias, sabe discrepar, huye de las injerencias; José Fernández práctica la crítica, no es talibán, le gusta la hípica.

Ciertos piojosos dirán que no tiene sentido comentar por el placer de comentar -como hace nuestro héroe-, que todo buen blogger concibe el comentario como un pilar de la dinámica “tú me comentas, yo te comento”. José Fernández está por encima de esas convenciones: lee aquello que le atrae, responde cuando y donde quiere, sin presiones; es como el jubilado que, aun cobrando una pensión, marcha gustoso a su antiguo entorno de trabajo, a “hacer algo”.

Resulta difícil escoger las palabras cuando es José Fernández a quien se quiere aludir. De todos modos, solicito más que nunca vuestra participación. Decidme: ¿qué es lo que más os gusta de José Fernández?

sábado, 2 de julio de 2011

Dvořák: 9ª Sinfonía "del Nuevo Mundo"

Recuerdo, con mucha más claridad que todo lo referente a la literatura renacentista o a la Generación del 98, un comentario de mi profesor de literatura universal: “si empezáis un libro y no os gusta u os aburre, abandonadlo”; sugerencia paradójica e hilarante al ser hecha por un funcionario que no concede el aprobado a sus alumnos si estos no se han puesto manos a la obra con lo que para ellos son soporíferas lecturas. Más allá de estas interesantes contradicciones, y sin desmerecer un consejo formulado con toda la buena voluntad del mundo, prefiero la auto-exigencia en la que tanto insiste otro profesor al que he tenido la gran suerte de conocer; auto-exigencia entendida como disfrutar de lo conocido sin dejar de invertir esfuerzo en una ampliación de los horizontes propios que, a la larga, proporciona muchos frutos. Esta especie de “voluntad de mejorar” puede aplicarse a todas las parcelas de la experiencia en la que las aspiraciones hayan desbancado al conformismo. Pienso en el caso de un atleta sacrificado, en el de una sencilla chica que está dando sus primeros pasos con la guitarra eléctrica y, en general, en cualquier aprendizaje. Pienso además en cosas que aparentemente no tienen nada que ver: la música y la literatura (en el sentido de leer y escuchar). Por supuesto todo mi respeto para aquellos que en dichos ámbitos se quedan con lo que les gusta y no salen de ahí. Ahora, yo me identifico más con los que ponen todo su empeño para concentrarse y comprender unas páginas que, hasta el momento, eran terreno desconocido; o con los que se pelean con un disco hasta advertir su sentido (esos que se dice “hay que escucharlos dos o tres veces para empezar a saborearlos”). Iba a decir que en mi relación con la literatura o la música ha habido aspiraciones; nada más lejos de la realidad: nunca tuve planes, ni excéntricos proyectos de superarme a mí mismo; sólo curiosidad, mucha curiosidad, y afán de ampliar los horizontes en fiero combate contra la pereza. Estoy seguro de que si hace dos años y medio no hubiera hecho un asalto frontal a la música “clásica” sirviéndome de varios libros de la biblioteca y de la información que encontraba en internet, hoy no habría escuchado de nuevo (pero con la fascinación y la emoción de antaño) la 9ª Sinfonía de Dvořák ni escrito una entrada sobre ella.

La foto más divertida que encuentro. Imaginaros el resto.

Pero vayamos al grano. Es 1891 y Dvořák disfruta de reconocimiento en toda Europa; doctor honorífico por Cambridge, profesor de composición en el conservatorio de Praga, doctor honorífico en filosofía... lo que se dice un tipo admirado. Como a muchos de sus coetáneos, lo que más ha prendido en él del periodo romántico es el fervor nacionalista por el que los compositores no sólo dejan de rehuir el folklore de sus respectivas naciones sino que lo incorporan en sus partituras. Es por tanto comprensible que Dvořák, al llegar a EEUU para dirigir el Conservatorio Nacional de Nueva York (no sin disgusto por tener que abandonar su querida patria), pusiera especial atención en la música popular norteamericana, que él identificó con la de los indios y la de los negritos. La escena sucedió tal que así:

-Dvořák: Oh, hermosos territorios distinguen a vuestra nación. Qué magnífica expresión musical ha debido de crecer sobre esta fértil cultura; muéstremela, por favor.
-Yanki: Bueno, mi primo George toca el banjo y…
-Dvořák: ¡Qué bromas se gastan ustedes! Yo me refería a la música típicamente india, rica en texturas y prominente en ritmos.
-Yanki: ¿Los… indios? Digamos que no se encuentran aquí.
-Dvořák: Ah, claro; están de gira por Europa.
-Yanki: No precisamente.
-Dvořák: ¿Por Asia?
-Yanki: No.
-Dvořák: ¿Grabando un sencillo para ayudar a Haiti?
-Yanki: A ver, tío, no hay indios que valgan; los hemos masacrado, dejando, eso si, una parcelita para los que siguen vivos.
-Dvořák: ¿Cómo dices? -pregunta con estupor-.
-Yanki: Lo que oyes.
-Dvořák: ¿Y los negros? Traedme a los negros y su música, al menos.
-Yanki: Esos son seres inferiores.
-Dvořák: ¡Dimitri -dice gritando a su ayudante-, pon en marcha el opel corsa! Nos piramos.

Siendo honestos, tal conversación nunca ocurrió. Dvořák permaneció en América, y allí compuso su más famosa sinfonía, la del “Nuevo Mundo”. Es habitual, al leer sobre ella, encontrarse con comentarios que hablan de las influencias que la música negra y nativa tuvieron en la citada obra, razón por la que el oyente aficionado puede quedar confundido al no identificar en ella atisbos de jazz o figuras tribales. Dicho desaguisado nace del equívoco de Dvořák, que creyó valerse de la música tradicional norteamericana cuando lo único a lo que tuvo acceso fueron ciertas canciones populares que distaban mucho de ofrecer una imagen completa de la cultura autóctona.

Aunque cualquier anécdota al respecto queda en suspenso ante el primer movimiento de la sinfonía, y ante el segundo, el tercero y el cuarto. Como ya habrá tiempo para deleitarse con sus 40 minutos, yo os invito a que, mediante dos pequeñas escaramuzas, os adueñéis del Largo y del Allegro final, por ese orden; de la serenidad más entrañable a una sacudida cuyo motivo musical seguro que os es conocido.

II - Largo:


IV - Allegro con fuoco: