martes, 8 de marzo de 2011

Las miradas en el autobús interurbano y otras historias

Investigar en tiempo record un tema de actualidad; leer uno de esos tochos escritos por personas que odiaban al mundo y, en especial, a los estudiantes universitarios; leer un libro de ciento treinta páginas cuanto antes; ejercicios por hacer de dos asignaturas; preparar apuntes mil; y, si queda tiempo, disfrutar sesudamente con las lecturas de una de las escasas asignaturas que me resultan atractivas. Esto es abrumador y se acabó. ¿Cómo afrontar tal situación? ¿Paso a paso? ¡Nein! Mejor escribiendo una entrada de blog; no sobre el tema de la saturación pre-exámenes, que ya está muy mascado y no tiene chicha. Contar a un amigo “oh, mierder, tengo que estudiar mucho y no puedorl” es como decirle “no tengo dinero y no encuentro trabajo”: son frases que no dan lugar a respuestas interesantes. No hay margen de acción para el amigo; este no puede estudiar por él ni trabajar en su lugar. Así que todo se reduce a un “estudia, filio di la putana” en el primer caso, y a un “go work, bitch” en el segundo.

Y no se que hago hablando de esto. Yo había ubicado adecuadamente mis posaderas para tratar la cuestión de las miradas en el autobús interurbano. “Las miradas en el autobús interurbano” suena a título de investigación sociológica. Bastaría con añadir información de espacio y lugar, que quedase tal que así: “Las miradas en el autobús interurbano durante el año 2008 en Fuenlabrada”. Con los títulos los sociólogos han perdido la poca ambición que les quedaba. Ahora predominan rótulos tan tibios y recargados como “Estudio comparativo de la estructura de la orientación sexual en Zamora y Puerto Rico” o “
Proyecto transfronterizo para el estudio de los roles en la configuración de la identidad de los adolescentes en Cantabria y Bucarest”. He cambiado algún nombre. Por lo demás, esos estudios existen. Uno se pregunta: ¿dónde quedan aquellos trabajos de nombre categórico como “Economía y sociedad” de Weber, “El conflicto de la cultura moderna” de Simmel, o “El sistema social” de Parsons
? De veras que leer algo así en una portada impone. Te das cuenta de que estás ante algo grande, mas grande que una peli sobre Jesus de Nazaret protagonizada por Humphrey Bogart en plan “Pilato, si quieres te regalo mi colección de gabardinas vintage, pero no me mandes crucificar, hijo puta, que me queda medio pitillo”. Además suelen ser títulos atemporales. El sistema social es el sistema social y siempre lo será. En cambio, un trabajo que enfoque un fenómeno social en el plazo de tres años, queda obsoleto en poco tiempo. Es caca. Así que yo lo dejo en un sugerente “Las miradas en el autobús interurbano”. Puede ser en el de tu ciudad o en el de la mía, pues lo que ocurre encima de esas cuatro ruedas es universal y no conoce fronteras (peaso rima. Cómete esa, Quevedo). Yo al menos estoy convencido de que los gilipollérrimos que obligan a la gente sentada en posiciones adyacentes a escuchar su mierda de música no son exclusivos de Pamplona, mi querida ciudad natal. ¿Y que me decís de los viejos que están deseando tomar asiento pero no se atreven a pedirlo, bien por vergüenza senil, bien para no proyectar hacia el exterior su absoluta vulnerabilidad? Eso pasa aquí y en la china popular, cojón.

Pero volviendo de nuevo a la cuestión nuclear del texto, me gustaría relatar como ha ido cambiando mi manera de pasar el tiempo en el autobús interurbano. Hace dos años y medio trataba de rellenar esos insólitos minutos con música de cámara y sinfonías varias. Suponía una estupidez sin precedentes tratándose de un tipo de música que requiere de máxima atención y escaso ruido en los alrededores, las cuales no son, desde luego, condiciones que fomente el autobús. Tiempo después empecé a leer (en el autobús, para ser precisos). Ello reveló mi carácter elitista. Miraba con aversión a la choni, lamentable madre precoz, y segundos después volvía mis ojos a las páginas de “Las tragedias griegas contadas por Teo. Edad recomendada: 4-6 años”. Dejé de lado esta afición cuando ya hube pedido prestados todos y cada uno de los libros de la sección infantil de la biblioteca municipal.



Así, me dispuse a buscar un pasatiempo mucho menos indigno a bordo del autobús. Elegí el de mirar canalillos femeninos. Siendo que muy de vez en cuando mis ojos terminaban por enfocar canalillos arrugados (más que canales parecían ríos desecados), resolví elevar varios decímetros el objetivo de mi mirada, apuntando así hacia los ojos ajenos. Creedme, es divertidísimo. Basicamente existen dos posibilidades: a) la otra persona es insegura y trata de evitar el contacto ocular. La velocidad con que parpadea y cambia de objetivo nos sirve para conocer su nivel de nerviosismo. Es cierto que unas lo hacen por inseguridad y otras para regodearse en su rol de faraona-que-no-te-piensa-mirar-esclavohijoputa. Basta continuar con la presión ocular para saberlo. b) te ha tocado un hard-eye. A partir del primer contacto se mantendrá un duelo sin posibilidad de tablas. Si se trata de una tía, es que quiere sexo. Si se trata de un tío, posiblemente esté pirado. Si se trata de un estrábico… aprovecha, pásatelo bien, que te van a tocar pocos. Son como los tréboles de cuatro hojas.
En caso de tener delante a una especie exótica, como puede ser la de los aristócratas o los curas, puedes incluso permitirte otras vías. Hoy mismo me ha tocado uno de los últimos. Tratábase de un sacerdote joven. Estaba situado delante de mí. Yo miraba hacia delante, él hacia la derecha. Sin embargo él podía notar que mis ojos estaban clavados en los suyos. De vez en cuando él giraba la cabeza para comprobarlo. Por si fuera poco, mis rasgos faciales se mostraban mas amenazadores que de costumbre. Cualquier persona neutral que observase la escena hubiera podido deducir que yo era un quema-iglesias con ganas de ensartar sotanas. Mi pose demoníaca quedaba acentuada por el color anaranjado con que los riskettos habían impregnado mis labios. Lamentablemente esto último lo descubrí al llegar a casa y mirarme en el espejo. Demasiado tarde. Pobre cura. Con razón temen el radicalismo ateo.