sábado, 12 de febrero de 2011

Física y Química



Física y Química / Joaquín Sabina / 1992

Pastillas para no soñar es el certero gancho de Sabina contra las vidas monótonas, aquellas en las que la cantidad de años se antepone al entusiasmo y a la emoción con que estos pueden ser vividos. Jolgorio padre comprimido en una inyección de cuatro minutos que levanta el ánimo al mas triste de la península.

Y ponte gomina que no te despeine / el vientecillo de la libertad / funda un hogar en el que nunca reine / mas rey que la seguridad / evita el humo de los clubs / reduce la velocidad / si lo que quieres es vivir cien años

Pastillas para no soñar ejemplifica la monumental conjunción de letras y música depositada en Física y Química. Siempre he pensado que la música está para transmitir emociones mediante instrumentos, que quien quiera versos cojonudos y cargados de sentido vaya a la sección de poesía de su librería o biblioteca más cercana. Vamos, que las buenas letras son bienvenidas, pero no indispensables. Se haya condenado a tener gustos muy restringidos el que de preponderancia a las palabras sobre todo lo demás. Al fin y al cabo los tipos de letra que abundan son dos: el genérico (usualmente bobadas sobre amor), y el críptico (que solo tiene significado conjunto para su autor. Lo demás son interpretaciones arbitrarias). El hueco menor queda ocupado por letras entendibles y repletas de originalidad. La del pirata cojo entra con todo el derecho del mundo en esta categoría. ¿Absurda sucesión de versos locos o creativo alegato a favor de los sueños? Elijo, de largo, lo segundo.

No soy un fulano con la lágrima fácil de esos que se quejan sólo por vicio / si la vida se deja yo le meto mano y si no aún me excita mi oficio / y como además sale gratis soñar y no creo en la reencarnación / con un poco de imaginación / partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas a probarme otros nombres / a colarme en el traje y la piel de todos los hombres / que nunca seré

¿Y que me decís de Conductores suicidas? Si en La del pirata cojo las notas de piano dan en el clavo, en esta el acento instrumental lo pone la guitarra. Sin ser la protagonista acompaña gloriosamente la canción. Por lo demás estamos ante una agridulce historia de drogas que suena incluso festiva con ese contagioso y colosal estribillo.

Sabias hacer turismo al borde del abismo / pero creo que de un tiempo a esta parte / te has deslizado al lado marrón / tu que eras un maestro en el difícil arte / de no mojarte bajo un chaparrón

Lo de interpretar algunas canciones de Sabina, con el paso de los años, se ha vuelto algo casi instintivo. Los berridos aparecen como si nada. Que el maestro me perdone por tratar de superponer mi voz sobre la suya. De todas formas es algo que ya solo hago en privado. Atrás quedó la monstruosidad que dos gañanes de mi nivel ejecutamos en un karaoke. La victima: Y nos dieron las diez. En efecto, diez fueron la media de gallos que tuvo cada uno, razón por la cual la zorrupia que manejaba el karaoke subió el sonido de la canción original, opacando con descaro nuestra original actuación. Coreamos las últimas líneas con un intento de voces guturales, aborto de fusión entre Gaahl y El Fary, pero en ese momento ya nadie nos podía oír. ¿Qué se le va a hacer? La vida es un varapalo tras otro hasta que acabas deseando que se muera uno de los subnormales que en webs de descarga directa hacen preguntas tan perspicaces como “¿donde está la password?” o “¿es buena la calidad de video del directo?”, aunque la password esté escrita a un tamaño descomunal y se reitere que el formato del directo no es avi sino mp3.

Ni inocentes ni culpables / corazones que desbroza el temporal / carnes de cañón / no soy yo, ni tu, ni nadie / son los dedos miserables que le dan / cuerda a mi reloj

Llega la melancolía de mano de Amor se llama el juego. El amor no siempre es bonito. De hecho habría que preguntarse cuando vivimos de verdad esa “parte bonita”. O mejor: ¿Debe serla en el sentido que dictan las grandes producciones culturales de nuestro tiempo? ¡Ja! Que pedazo de reflexiones que me marco. Y todo porque conozco el idioma en que fue escrita la canción. ¿Cuánto me estaré perdiendo por no ser anglófono? Bob Dylan, Leonard Cohen… Todo un sinfín de nombres. Tampoco estoy en condiciones de cantar Nightrain, de los Guns. No hay quien entienda lo que dice Axl. Dios, estoy sentenciado a tararear el contenido del Appetite mientras agito la cabeza to’ crazymente.

Y ahora que lo pienso, ¿esto no iba sobre Joaquín Sabina y Física y Química? En fin, recomiendo a todos el disco. Los temas que he colocado son, junto con otros muchos, mis predilectos de nuestro querido cantautor. Y nos dieron las diez, Yo quiero ser una chica Almodóvar, Todos menos tú, La canción de las noches perdidas. Hay para todos los gustos. Aprovechad, que unos años después la voz de Don Joaquín ya no despuntaría tanto.

No he podido resistirme a emular al ídolo. Mi consejo es, por supuesto, que no me escuchéis. Y si lo hacéis y no os gusta, al menos no escribáis anónimos atacando mi “singular” estilo:

sábado, 5 de febrero de 2011

Song of Scheherazade

A veces la crítica hacia los efectismos se relaciona con llevar gafas de pasta. Ya que es posible que con la mía y la vuestra tengamos un montón de definiciones dispares entre si, lo primero que voy a hacer es aclarar lo que considero el recurso efectista. Pensad en un travelling de la hostia sobre el FC Barcelona tras ganar la Champions League acompañado del desgastado Viva la vida; pensad en el programa de televisión que introduce una emotiva melodía de piano (en ocasiones tan forzada que aquello toma aires de parodia) cuando la abuela abraza a su nieto, al cual ella no había visto nunca, pues su malvado hijo la había apartado del nieto debido a riñas familiares relacionadas con disputas por la herencia de una cadena de döner kebab; pensad en una peli de miedo cuyo canguelo se sustenta exclusivamente en brazos que salen de los armarios mientras un sonido súbito de cojones perfora vuestros oídos. Phil Spector sabe de estas cosas. Tengo entendido que fue el responsable de ensuciar la original The Long and Winding Road con mariconadas que no llevan a ningún lado. Estamos, sin embargo, ante una notable lección de cómo emocionar al oyente medio con instrumentos de viento, cuerda frotada, y masas corales. Let It Be no llega a tal extremo, pero las modificaciones de Spector, para algunos dan la nota. A mí, por el contrario, me encantan las trompetas de turno.

Pero dejemos de lado a los Beatles. Yo estaba hablando del efectismo. Es un concepto en cierto modo equiparable al de “comercialidad”. Ambos tienen un significado peyorativo y ambos impregnan de alguna manera buena parte de la producción musical de los últimos tiempos. Aun así, hay muchos tipos de comercialidad y muchos tipos de efectismo, siendo unos bastante más dignos que otros. ¿Ahora entendéis porque he dicho al principio lo de quedar como un gafapasta? Discutir sobre esto tiene mucho de caminar sobre arenas movedizas, pero yendo a dimensiones mas concretas, exijo con toda vehemencia que alguien me corte la cabeza si el efectismo de Song of Scheherazade (la obra que hoy me ocupa) tiene algo que ver con el de los ejemplos que he mencionado anteriormente.

Me parece más que oportuno enfatizar esto último, pues Song of Scheherazade presume de un sinfín de arreglos orquestales y corales cuya capacidad de emocionarme es extraordinaria. Claro que eso es solo una parte de la riqueza de la suite. Me percato de que aun no os he dicho que la reseña no trata de un álbum, sino de una sola canción. Veinticinco minutos es su duración. Si os gusta Atom Heart Mother Suite la obra de hoy puede que os chifle. Me figuro que alguno se sentira acojonado al leer las palabras “veinticinco” y “minutos” seguidas. Yo, como con cualquier otra recomendación, lanzo mi invitación. Cada cual es libre de recogerla o no. A los que acepten quiero darles unas indicaciones muy elementales bajo el título de: “Como escuchar rock progresivo. Manual para dummies”. Nah, es coña. Simplemente quiero destacar la importancia que tiene considerar una suite en sus varios movimientos (si es que los tiene), ya que no es lo mismo escuchar quince minutos de canción sin ninguna guía a la que aferrarse, que escucharla a sabiendas de que en X momento el sonido va a pegar un cambio, y es probable que de habernos despistado nos perdamos entre tanto barullo. La cuestión se reduce a cómo tengamos de entrenado el oído.

Renaissance es una banda que ya ha pasado por el blog. Song of Scheherazade es el último de los cuatro temas que contiene el disco Scheherazade And Other Stories (1975). Junto con este, sus dos trabajos previos (Ashes are Burning y Turn of the Cards) son de lo más delicioso que he hallado desde que me embarque en la superfrikada del rock progresivo. La canción narra la historia de Scheherazade, la mujer que con sus relatos logra embelesar al sultán. Así, se convierte en la figura de la este no puede prescindir, y, sobra decir, no es decapitada como las otras miles de esposas. En el plano musical me parece una de esas faraónicas composiciones del género. Brillantes atmósferas y frenéticos pasajes se intercalan entre la solemnidad de unas masas corales que, en combinación con los bronces, elevan a uno a otro estado de cosas. Me resulta impresionante la forma en que orquesta, bajo, y batería no solo no suenan forzados sino que son capaces de producir algo tan inmenso. Los veinticinco minutos se me hacen cortísimos. Conozco al dedillo las secciones, los giros que se producen; y sin embargo, continúo deleitándome de esa hermosura ya interiorizada. Cada nota sabotea mi racionalidad; teletransporta mi mente a un estado único de sugestiones.
Vamos, que mola.

A continuación un listado de los diversos movimientos:
I. Fanfare - 0:00 (instrumental)
II. The Betrayal - 0:38 (instrumental)
III. The Sultan - 2:43
IV. Love Theme - 7:22 (instrumental)
V. The Young Prince and Princess as told by Scheherazade - 10:04
VI. Festival Preparations - 12:33 (instrumental)
VII. Fugue for the Sultan - 17:44 (instrumental)
VIII.
The Festival - 19:54
IX. Finale -
22:04