domingo, 9 de enero de 2011

Funeral


Funeral / Arcade Fire / 2004


Hace aproximadamente seis meses que abrí el blog. He estado ausente durante algunos periodos. Sin embargo no caben las escusas. Es increíble que de Arcade Fire aun no haya caído una reseña por estos lares. No es mi intención divulgar su obra, ya que a estas alturas hasta los butaneses están enterados, sino especificar en la medida de lo posible las razones por las que Funeral me parece algo prodigioso. Llegué al mencionado disco enlazado por Fleet Foxes y el notable éxito que estos cosecharon hace un par de años. Ni idea de cuantas veces lo habré pinchado ya. Deben ser muchas, porque antes de empezar a sonar una canción concreta mi mente ya ha importado los recuerdos de viejas escuchas. Aun así (permítaseme el tópico) siempre hay nuevos matices que descubrir y disfrutar, porque Funeral es una auténtica jungla de detalles sonoros. Ventajas de que la banda la conformen quince personas. Así, a los instrumentos clásicos del rock se le añaden violines, violonchelos, piano, acordeón, una trompa, un xilófono y las múltiples maravillas que proporciona la electrónica. Win Butler y Régine Chassange ponen su empeño en la parte vocal, y todos agradecemos que haya una voz femenina inyectando variedad a un álbum tan impresionante en cuanto a la diversidad de texturas y sonidos que ofrece. Funeral y homogéneo son palabras que nunca han llegado a estar en contacto. En general la estructura de las canciones no muestra gran complejidad. Es la cantidad de ganchos tanto rítmicos como melódicos lo que a uno le ata al disco. Ese es el primer paso. El siguiente es estar en disposición de degustar todo lo que las diez canciones dan de si.

Me traen sin cuidado las influencias que acogen Arcade Fire. Igualmente la repercusión que hayan llegado a tener durante estos seis años de andanzas. Nada más lejos de mis objetivos que etiquetarlos como los nuevos dioses y mostrarlos como lo más imprescindible de la última década. A mi esas movidas no me importan. Estoy aquí para recomendar este disco a quien aun no se haya puesto las pilas y básicamente para decir lo que me mola de las canciones.

El inicio de Neighborhood #1 (Tunnels) es como despejar una y hermosa vegetación con la intuición de que detrás hay algo que merece mucho la pena. Neighborhood #2 (Laïka) es otra riquísima pieza, ya en un tono menos jubiloso. Bajo esa envoltura impetuosa son sensaciones grises las que me transmite. Une année sans lumière cede el turno a la relajación. Me quedo con los pequeños acompañamientos de Régine, el dulce leitmotiv de guitarra, y el colosal despertar con que finaliza el asunto. Neighborhood #3 (Power Out) se abalanza con potencia gracias a la percusión incesante y a la distorsión que revolotea a su antojo por la canción. Me encanta la corta subida que imponen los violines algo después de la mitad. La calmada Neighborhood #4 (7 Kettles) deja paso a Crown of Love, que aporta el aire melancólico que parecía ausente en Funeral. Los violines son los responsables en buena medida. Realmente a lo largo del disco no hay una sola nota de violín y violonchelo prescindible. Y si hasta aquí no hay nada que no sea exageradamente bueno, lo que queda está directamente compuesto bajo la posesión de alguna misteriosa deidad. Comienza esta última secuencia con Wake Up. La tremenda distorsión, sin embargo, no nubla el efecto de unos coros que sugieren esperanza, felicidad, y esas cosas tan ansiadas. Con Haiti ni más ni menos se visualiza una viñeta cargada de frescura y colorido. Intentaría describirla, pero es mas gratificante limitarse a escuchar. Rebellion (Lies) es junto con Wake Up, otro de los inolvidables himnos del disco. Escaladamente entran los instrumentos. Bombo, bajo, una guitarrilla por ahí, piano, y finalmente nuestro amigo Win entonando los versos. Y luego esos “every time you close your eyeees” con su correspondiente coro respondiendo. Enorme. In the Backseat es la canción que cierra el disco y la que más tardé en saborear. Una de mis predilectas a día de hoy. Impresionante como la tensión va acumulándose para estallar primero con la imprevista descarga de violines y batería y un minuto después con la voz de Régine.

Ah, el disco es conceptual, pero hablar de las letras va más allá de mis competencias. Además ya ha amanecido, y tengo sueño.

sábado, 8 de enero de 2011

Lo extraordinario es una buena conversación

La sociología es una disciplina seria. Aventurarse en ella es un camino del que uno no sale como entró. Aunque lo de salir es relativo, pues no hay final. Cada uno llega hasta donde quiere o puede. Pero aquí en la universidad pública de Navarra los alumnos entendemos la sociología de otra manera. Nos tomamos su estudio con filosofía, lo que en un lenguaje sin eufemismos significa tocarse los huevos a dos manos. Por consiguiente, la gente controla lo justo, es decir, casi nada. No hay lugar a debates rigurosos. En todo caso alguno expresa su opinión. Si los demás le entienden bien, y sino mejor, así se ahorra futuras respuestas. Estos problemas de comunicación no solo se dan entre alumnos, ya que hay también profesores predispuestos al monólogo más que al diálogo. Es gracioso porque intuyes que ya tienen la contestación preparada un instante después de empezar a hablar.

Expresar ideas complejas puede ser mogollón de difícil. Hay temas que sitúan a los interlocutores en una misma dimensión. Uno del PP y otro del PSOE, aun discrepando entre si, se encuentran en el mismo marco teórico. El del PP abogará por la privatización de determinados sectores. El del PSOE se cagará en vete a saber que. En cualquier caso ambos estarán en condiciones de entender la postura del otro. De lo que yo hablo es de los problemas (y a veces conflictos) que genera el no comprender lo que te está diciendo el tío que tienes delante. Porque esto ocurre. Más a menudo de lo que creemos. Pensándolo durante seis segundos, considero que puede deberse a dos causas.

La primera tiene que ver con las limitaciones intelectuales y de expresión de los interlocutores. Intelectuales por tardar en pillar una idea. De expresión por no tener la habilidad suficiente para exponer con claridad algo. Sobre determinados temas podemos tener todo un ensamblaje de argumentos bien ubicados en nuestra mente. Y claro, pretender trasladar ese ensamblaje a la cabeza de otra persona mediante la palabra no es fácil sino que está condicionado por mil hostias.

En segundo lugar puede darse el caso de que la otra persona no acostumbre a pensar, que sea más de dejar las neuronas echando la siesta indefinidamente. No obstante, para pensar lo que dice alguien, primero hay que escucharle. Pienso que escuchar es una de las actividades mentales que más cuestan. Por un momento hay que prescindir de todos los sentidos menos el oído, concentrarse, y orientarse plenamente hacia la voz de alguien. Obviamente es también requisito indispensable el no ser un egocéntrico aficionado al monólogo. Es aquí donde entra otra cuestión: la que respecta a los objetivos de la conversación. Puede concebirse de tantas maneras… Para reafirmarse hablando de uno mismo, para demostrar al otro que está equivocado y que uno se halla en posesión de la verdad, para aliviar el aburrimiento… Más allá, en un rincón poco frecuentado, hay otra forma de entender la conversación, la más deliciosa a mi parecer. Hablo de aquella a la que no se ponen límites de tiempo. No hay prisas. Tampoco hay dos egos enfrentados por dominar el hilo de lo que se habla. Sencillamente se intercambian ideas y puntos de vista desde el respeto y la atención mutua. Todo ello sin un fin concreto. ¿Puede haber una comunicación más enriquecedora que aquella en la que las palabras ajenas producen descubrimientos e inevitablemente transforman de algún modo al que escucha? Y otra pregunta de mayor calado: ¿Qué sentido tiene una conversación en la que los interlocutores desmerecen mutuamente sus palabras? Yo para eso me quedo en casita.

La arcadia feliz de las conversaciones guachis patrocina este honorable escrito



Cuando se trata de cosas incomprensibles... La Velvet siempre tiene lugar reservado