jueves, 11 de agosto de 2011

Dark side of online videogames

Hablemos de videojuegos online, pero no en plan “me gusta tal o cual” o “peaso jugabilidad tiene éste”; vayamos a su lado oscuro. ¿Hay alguna organización de hombres topo o de masones en colaboración con mormones que empleen dichos productos para adueñarse de las mentes y del mundo? No, joder, eso es demasiado; aunque leí en Internet a un tipo que alertaba del enorme potencial que League of Legends tiene para enfrentar a los usuarios y dividir a la sociedad en pos del salto dominador definitivo que tiene previsto llevar a cabo la NWO (New World Order, o como rellenar un programa de Cuarto Milenio). El caso es que me he propuesto desenmascarar a un nivel menos osado los videojuegos online y su peligroso sustrato capitalista.

Hulk Hogan y los sucnors aprueban este ladrillopost

Lo que distingue los modos online de los offline es que, mientras en los segundos el jugador se enfrenta exclusivamente a la máquina, en los primeros son los jugadores los que compiten entre sí, bien zurrándose respectivamente, bien pugnando por superar a los propios compañeros de equipo en daño, muertes, banderas conseguidas, y ese tipo de chorradas que, para el jugador, se transforman momentáneamente en lo que da sentido a su existencia. Hablan por sí solos los momentos de World of Warcraft en que diez o veinticinco pavos, unidos para matar al jefe maloso de la máquina, ponen todo su empeño en ser los que más daño hagan o los que más curen (lo que en los ámbitos frikidérrimos se conoce como Damage Per Second -DPS-, Total Damage, o Heal Per Second).

La mayoría de juegos online, con tal de registrar quienes son los mejores y servir así a la dinámica de la competitividad, ponen al servicio de los jugadores dos herramientas: de un lado la clasificación, una lista inmensa en la que todos figuran por orden de buenos resultados en el campo de batalla. A casi nadie le importa esto cuando empieza a jugar; se supone que el objetivo principal es divertirse; claro, claro, pero tarde o temprano uno termina en ese ranking, en el que perder posiciones es una tragedia y ganarlas un motivo de júbilo. Se trata de algo más siniestro de lo que pueda parecer, pues casi sin darse cuenta llega el día en que la diversión queda desplazada por el afán de subir en la lista; y habiendo bajado cuarenta fatídicos puestos, el jugador no se irá a cenar o follar con la novia sin antes haber reescalado los cuarenta. Hasta aquí una de las herramientas a las que me refería; la otra es la adquisición de objetos en el videojuego. Algunos pensareis que vaya gilipollez, que “¿cómo va a mantenerme atrapado el afán por conseguir una espada, un silenciador, o un traje que cambia la apariencia del personaje?”. Bien, hay gente que paga por esto: tíos que regalan a sus parejas una montura (o sea, el bicho sobre el que se desplaza el jugador en el mundo virtual) por valor de treinta leureles o frikis que se gastan la paga semanal comprando la apariencia de un arma. Otro modo de obtener esos objetos especiales y no tan especiales es pasando muchas horas delante de la pantalla, repitiendo rutinas hasta conseguir monedas de oro o chapas de intercambio. “Frikis de mierda”, dirá alguno furibundamente; le aconsejo que se tome un lorazepalm y reconsidere lo que esas armaduras y apariencias especiales constituyen para los jugadores: reputación; son objetos que cumplen la misma función que el ranking: posicionar, indicar quienes son los buenos (o los que pagan) y quienes no lo son tanto. ¿Tan lejanos están estos mundos virtuales del “mundo tangible” en el que el coche no es tanto un vehículo con el que desplazarse como un símbolo inconfundible de prestigio, o en el que pagamos seis veces más por unas Ray Ban sólo porque pone un puto “Ray Ban” en la montura de las gafas? Ejemplos hay a patadas; todos y cada uno de ellos muestran la importancia de lo simbólico, también instalada en los videojuegos online. A fin de cuentas prima el espíritu capitalista: el jugador invierte esfuerzo y horas en ganar unos puntos intercambiables por objetos que le servirán para sentirse superior a los demás.

-¡Un Lamborghini! Arrodillaos todos ante él.
-Tío, es sólo un coche.
-Fale.

Por ridículo que suene, en los videojuegos online la selección natural está a la orden del día. Unos jugadores desarrollan buenas capacidades y otros no; el que no valga será duramente criticado (los insultos son una constante en cualquier partida; de hecho es ahí donde he aprendido toda clase de ofensas en inglés) y, aun manteniendo la compostura hacia afuera, uno no puede evitar sentirse como un jugador mediocre y no-válido en ese mundo concreto. Como en estos juegos hay mucho que aprender, los nuevos necesariamente la cagarán en innumerables ocasiones, y serán vilipendiados por ello; para cuando lleguen a manejarse aceptablemente en el videojuego, habrán soportado innumerables palabras feas. Nadie quiere estar con un noob en el equipo, y conforme uno va progresando, se vuelve más intolerante para con ellos. Aunque siempre hay buenos jugadores dispuestos a resolver las dudas de los noobs, la mayoría prefieren evitarlos.

Entre los experimentados también hay malos rollos, fruto de la arrogancia y el creer que no es uno sino los demás quienes han cometido los errores. Es preciso recordar que en los modos online siempre hay unos que ganan y otros que pierden, así que el resultado se decidirá en función de los errores cometidos; en otras palabras, ganará el equipo que haga menos cagadas. Pero cagadas nunca dejará de haber y, llegado el momento, los dedos acusadores surgirán de todos lados.

Sin embargo, nada es tan desolador como el tiempo que se pierde en estos terribles artilugios; y aquí paso a hablar totalmente en primera persona, pues accedí a mi primer videojuego online hace… hace muchos años. Tardes de verano matando nazis, rusos o aliados en Call of Duty 2; mañanas enteras cazando dragones en Monster Hunter o acribillando enemigos en Resistance Retribution; miles y miles de horas recolectando flores y menas, subiendo de nivel personajes, días enteros -literalmente- dedicados a conseguir chapas con las que comprar ítems, palizas de doce horas seguidas junto a otros veintitrés tíos dispuestos a terminar una mazmorra sea como sea; cientos de partidas largas en League of Legends; e incontables días pegado a la pantalla con Faces of War, Battlefield Heroes, World in Conflict, Call of Duty 4 o Bloodline Champions. Me encantan, joder. Casi nunca he pagado por un juego que en el reverso de la caja no indicase disponibilidad de modo online. El lado menos simpático de toda esa diversión es la adicción, el "aislamiento social", la interminable cantidad de horas perdidas, no invertidas en algo de provecho. Porque si ves muchas películas y, dado que hablar de cine es algo medianamente común, podrás sacar temas de conversación a saco -amen de otras muchas cosas-; pero ni a tu novia, amigos o familiares les interesa saber de la partida cojonuda que hiciste con aquel sacerdote, o del épico set que conseguiste derribando a Illidan pocos meses después de salir a la venta The Burning Crusade, ni de ninguna otra anécdota que solo tiene valor entre los que conocen el juego en cuestión. Con las historias para un jugador al menos transitas por mundos maravillosos durante quince o cincuenta horas, y se acabó; en cambio, la puta droja de los videojuegos online te tiene ahí enganchado, combatiendo por mierdas que, una vez cierres el ordenador o la consola, carecen de todo valor.

Sin duda una forma exquisita de mantener al populus ocupado en divertimentos vanos con los que huir durante unas horas de sus miserables vidas, de sustituir una alienación por otra. Id pertrechándoos de sombreros de aluminio. Los reptilianos están al acecho.

Pd: Lo que podría yo haber hecho en todo ese tiempo… Haber leído el ensayo de miles de páginas que escribió Sartre sobre Madame Bovary, haber hecho hamijos, haber escuchado la discografía entera de Bob Dylan... Bueno, mejor escribir esto con veintiún años que con sesenta.

5 comentarios:

  1. Sí, todo esto es cierto. Por eso pese al escepticismo yo siempre preferí los juegos de rol offline. Sufriendo tu escepticismo de paso. Viva Bioware. Muelte a Blizzard.

    Lo de los ítems y sus frikis poseedores llegó a la cumbre cuando empezaron a darse robos y hasta amenazas de muelte y chantajes para conseguirlos, llegando a intervenir la policía. La de verdad, digo. La diferencia entre esto y el mundo real es que esto no es real y el mundo real... es real. Bueno, una proyección del mundo real, digámoslo así. Claro que lo digo porque soy un vanidoso que viste de Emilio Tucci. Bueno, de D&G. Abducido por el capitalismo hállome, pero lo reconozco abiertamente.

    "Lo que podría yo haber hecho en todo ese tiempo… Haber leído el ensayo de miles de páginas que escribió Sartre sobre Madame Bovary, haber hecho hamijos, haber escuchado la discografía entera de Bob Dylan... Bueno, mejor escribir esto con veintiún años que con sesenta."

    Cierto, hamijo. Ese pensamiento bajonil también lo he tenido. Hemos desperdiciado nuestra primera juventud. ¿Sabe alguien cuándo sale la continuación del 'Oblivion'? ¿Qué tal está 'The Witcher 2'? xD

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  2. Yo como si leyera chino, porque nunca he jugado online. Bah... da igual cómo vea la mayoría el asunto, no veo porqué no vas a poder contar batallitas o rememorar aquella partida con ¿un sacerdote? eso sería interesante jeje... Es tan válido como hablar de cine o libros, que no te convenzan de lo contrario. Basta encontrar la persona con la que hablarlo, y quitarte el complejo - si es que de verdad lo tienes, que no lo creo - de friki con sombrero de aluminio, for example.

    Tu última línea me confunde: ¿de verdad te arrepientes de haber gastado ese tiempo en eso? No lo hagas, que le den a Sartre... El tipo era muy feo y se dedicó a la filosofía para destacar en algo, ¿quieres ser como él? Él sería abucheado en todos los juegos online, y ni siquiera entendería los insultos.

    Pero qué feo era el jodido.

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  3. El problema de los videojuegos, tú mismo lo dices, no es que reproduzcan esquemas del capitalismo (también lo hace la democracia, por ejemplo), sino lo absorbentes que son para algunas personas. Lo que, por cierto, tampoco es un lo más deseable para la buena marcha de la economía, creo yo.

    Yo mismo soy un ex-videojugardornomano (Toma palabro! Supera esa, Sartre!). Tuve que alejarme de los juegos a los 15 años porque me absorbían de mala manera.

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  4. Hola haraganes.

    José, ¿tú videojuegos? ¿Pero en la época que viviste se jugaba a otra cosa además del parchís y el salto a la comba? No cuela, tío.

    Sonámbulo, seguro que me expliqué mal. Yo reparos para expresar mi frikismo pocos, pero es que hay tan poca gente cercana al asunto del online que... Por poner un ejemplo: le diría tranquilamente a una cani que me encanta tal o cual músico, sólo para vacilarle, aunque ella hiciera ademán monguer de no tener ni idea; pero más allá de eso, no tendría sentido una conversación en la que yo le hablase de asuntos que desconoce y no le interesan.
    ¡Y hostias, sí que es feo Sartre! Ya sabemos porqué se dedicó a la filosofía.

    Aitorakis, The Witcher 2 ni idea, y de Oblivion tampoco. Lo que sí puedo decir es que este año debería estar a la venta Diablo III.
    Hmm, algún día tengo que hacer un post sobre los chino-farmers, esos nobles asiáticos que viven en estado de semiesclavitud consiguiendo dinero virtual en World of Warcraft a base de loleantes jornadas de trabajo de 14 horas.

    Cambio y corto.

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  5. El parchís con pasta de por medio también es un peligro, oiga. Una vez casi le parto la nariz a un paisano de mi pueblo por animar a mis contrincantes a comer mis fichas, y no otras.

    Y cuando yo tenía 15 años, coff, coff, coff, si mi memoria no me traiciona, por lo menos el Space Invaders ya existía. Y qué es el Space Invaders, el Space Invaders eres tú, malandrín!

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