viernes, 30 de diciembre de 2011

Behind the Sonámbulo

Sonámbulo es un blogero. Tal vez le conozcáis de El sueño del sonámbulo, Fun House, Exégesis tomista o el siempre sórdido Bloggers con voz. Lo que a continuación se presenta es un documento de corte biográfico que reconstruye al personaje, tratando de indagar en los intrincados recovecos de su ser; todo ello a partir de los valiosos testimonios que unas cuantas personas nos han querido ofrecer. Sin más dilación:

Behind the Sonámbulo

Profesora de primaria de Sonámbulo:
Era un chico raro, la verdad. En las clases de plástica, por ejemplo, tendía a dibujar cosas macabras y pintaba en tonos oscuros. Que no digo que en este colegio tengamos nada contra los tonos oscuros, pero sus dibujos no daban buenas vibraciones, e incluso asustaban a algunos niños. El psicólogo del colegio le diagnóstico un trastorno sombrío de la personalidad, crónico. Espero que le vaya bien ahora.

El tío que le vendió la guitarra:
Ah, sí, la guitarra. Se la vendí hace mucho, eh. Estaba algo desafinada, y de hecho le avisé (soy un buen comerciante, no timo a los clientes, ¿sabes?), pero el decía que no le importaba, que solo le interesaba una nota (en realidad era un acorde); le volví a avisar de que comprar una guitarra por una nota (un acorde) era tontería; él respondió que tenía el dinero y que o se la vendía o se iba a comprarla a otra tienda.

Compañero de la universidad:
En la universidad nunca le vi comportarse de forma extraña. Cuando salíamos de juerga era ya otra historia, cambiaba completamente. No controlaba lo que bebía ni lo que se metía y muchas veces tuvimos que sacarle de líos en los que entraba el solito. En general era un buen tipo, sí, aunque no le perdonaré los malos ratos que nos hacía pasar en aquel karaoke: se subía adonde el micro y cantaba lo más casposo y cutre del repertorio: Manolo Escobar, El Fary... Un día llevó una pandereta al karaoke y empezó a hacer gestos simiescos con esa canción de Los Chunguitos. Esa pandereta era una mala influencia...

Portavoz del club de fans de El gabinete del doctor Caligari:
Antes de nada quiero aclarar que los que formamos este club de fans somos gente normal. Lo único que hacemos es reunirnos varias veces por semana para ver la película y hablar de ella, porque es una película muy interesante y tiene muchas cosas de las que hablar, ¿vale? ¿Sonámbulo? ¿Quién, el tipo aquel? Uf, cómo decirlo... ese tío era un plasta. A veces venía con una careta de Cesare, traía maquetas y mierdas por el estilo. Todo con un entusiasmo de lo más cansino. Nos agobiaba muchos a todos. Al final nos convertimos en club de fans de Doraemon solo para perderle de vista.

Camello habitual de Sonámbulo:
Mira, ese pavo me cae bien, es buen cliente. Todas las semanas viene a por su cargamento. En alguna ocasión le he ofrecido nuevos productos, pero él para estas cosas es de gustos clásicos.

José Fernández:
¡Yo solo quiero decir que no estoy de acuerdo con nada de lo que se ha dicho!

Representante de Blogger:
Bueno, nosotros en principio no hacemos caso a los blogs ni a los blogeros de forma individual; cada cual que publique lo que quiera mientras no infrinja la normativa. Pero lo de este chico obviamente nos llamo la atención: nosotros tenemos un gráfico que nos dice las veces que un usuario cambia el estilo y el fondo del blog; pues bien, lo del Sonámbulo este era casi surrealista; hicimos varios cálculos y de media nos daba que solía cambiar el estilo del blog cada 28 horas. Por no hablar de cuando empezó a crear chorrocientos blogs; que si música, que si cine, la exégesis... Uno de los psicólogos de Blogger acuñó el término 'blogeo hiperactivo' en referencia al sujeto este.

Blogero que ha preferido no dar la cara (Antes de comenzar la entrevista echa un vistazo debajo de la mesa, según él 'por si hay micrófonos'):
Mira, entiendo que muchos se tomen a cachondeo todo este asunto, pero yo estoy asustado. Aunque comento en sus blogs y demás, realmente le tengo miedo. Él dice que soy su maestro, que ha aprendido muchas cosas conmigo, etc; y en la mayoría de entradas pone uno o varios links a mi blog. Los elogios sientan bien las primeras veces, pero lo de este tío es que ya es demencial, está obsesionado conmigo, ¡es un lunático! He pensado en cambiar de dirección, abandonarlo todo y empezar de nuevo, lejos de gente así. No lo hago porque sé que me encontraría y… Perdona, tengo que irme; esto es muy duro.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Genesis (II): Trespass

Cuando cuatro personajes relativamente extravagantes deciden dedicarse completamente en serio a la música encerrándose durante seis meses en una casa apartada de la metrópolis para componer y ensayar, como mínimo, tiene que salir algo. De esta forma surgieron casi todas las canciones de Trespass, aunque el giro monástico de los miembros de Genesis tenía una razon de ser: trataban de mantenerse alejados de posibles influencias musicales, y no por considerarlas perjudiciales, sino porque deseaban que sus composiciones fueran más producto de sus cabezas que de melodías escuchadas en una noche de concierto o en un disco recién adquirido. De todos modos, había un trabajo que llegó a sus manos y que les impresionó gratamente: In the Court of the Crimson King. Fripp y compañía no podían dejar indiferentes a unos Genesis primerizos.


Trespass destila progresivo por los cuatro costados. Tiene todo lo que se puede pedir a un disco de estas características: canciones de seis, siete y ocho minutos que se desarrollan, que "progresan" (evidentemente algunas más que otras); y, de regalo, unas letras curiosísimas, aunque no tan "bizarras" como las de Nursery Crime o The Lamb Lies Down on Broadway. Aquí arranca lo que hará distintivo el sonido de Genesis, con un Peter Gabriel en el que se atisba un enorme talento como vocalista y un Tony Banks que convierte al organo y al mellotron en instrumentos indispensables. Looking For Someone es la gema del álbum, el tema más consistente y con más "personalidad", en parte gracias al estilo que Peter despliega en los versos.


The Knife, enérgica y organil como ella sola (gloriosa desde el 3:26); a nivel lírico pura apología de la violencia:

I'll give you the names of those you must kill, all must die with their children.
Les daré los nombres de aquellos a quienes deben matar, Todos deben morir con sus hijos.
Carry their heads to the palace of old, have them on stakes let the blood flow.
Lleven sus cabezas al antiguo palacio, póngalos en estacas y que fluya la sangre.
Now, in this hate-filled world we must break all the chains that have bound us.
Ahora, en este mundo lleno de odio debemos romper todas las cadenas que nos amarran.
Now, the crusade has begun we shall make this a land fit for heroes.
Ahora, la cruzada ha empezado debemos hacer de esta una tierra adecuada para los héroes.

¿Qué sería de aquellos mojigatos que se escandalizaban con lo más suave del rock al oir semejantes letras? ¿Cómo se recibiría en 1969 una música tan estrafalaria? Mike relata lo siguiente: "Ese fin de semana hicimos un concierto en Wolverhampton para Gaskin & Nettlefold, una empresa que fabricaba tuercas y tornillos. Era la fiesta de Navidad de su club social. Seguramente se quedaron allí pensando '¿qué coño es esto?', porque no éramos una banda de versiones, tocábamos nuestro material".

Había mucho de vocación en Peter, Mike y compañía. Al fin y al cabo, en el momento decisivo de sus vidas, cuando debían tomar la decisión de si la música iba a seguir siendo un hobby o algo más, rechazaron un futuro bastante prometedor como abogados, médicos y profesiones por el estilo para aventurarse en una empresa que no les garantizaba nada. Ant comenta al respecto: "Cuando salíamos a algún concierto no teníamos mucho dinero, así que no comíamos nada bien. La furgoneta era horrible para viajar, hacía frío, no hacíamos ejercicio y encima había mucho estrés. Si le cuentas esto a cualquier médico te dirá que seguramente vas a tener problemas". Hasta ser fichados por Charisma Records, las dudas acerca de si continuar o no fueron constantes. Tony estuvo a punto de irse pero, a sabiendas de que había otro teclista preparado para sustituirle en caso de que abandonara, decidió quedarse: "Sentía que había algo especial en marcha, y en la vida solo tienes una oportunidad, así que has de arriesgarte".


Charisma era el sello de Tonny Stratton Smith, un tipo excéntrico y sumamente entusiasta capaz de embarcarse en proyectos que a corto plazo no parecían rentables. Se podría decir que Tony Stratton Smith tenía espíritu de mecenas, y que su matrimonio con una banda como Genesis -cuyos integrantes, si no era por amor al arte, no se sabe qué demonios hacían ahí- resultaba bastante lógico. Fue él quien proporcionó a la banda su primer sueldo: les ofreció 15 libras semanales, y fue John Mayhew (el típico batería que solo está presente en un disco) quien dijo "no, 10 libras es suficiente", hecho que Mike recuerda así: "No sé cómo se le ocurrió. Después fuimos a por él y casi lo machacamos. Pero lo que hizo Strat fue facilitarnos dinero para comprar un equipo decente y convertirnos así en una banda como es debido".

No fue hasta la llegada de Steve Hackett y Phil Collins cuando Genesis comenzó a explotar todo su potencial, pero lo que son las líneas maestras de la banda ya se habían establecido: Peter Gabriel con su voz inconfundible, Tony Banks dando preeminencia a los teclados y Mike Rutherford apoyando unas composiciones cuyo mejor adjetivo es el de "ambiciosas".

viernes, 16 de diciembre de 2011

Genesis (I): inicios y From Genesis to Revelation

Genesis: banda formada en los años sesenta y coronada por crítica y fans como imprescindible en el panorama progresivo de los setenta. Nursery Cryme, Selling England by the Pound o The Lamb Lies on Broadway figuran entre sus grandes títulos. En los últimos cuarenta y pico años han vendido más de ciento cincuenta millones de álbumes. Pero a nadie le importan estas informaciones generales; vayamos mejor a los inicios de todo, a la génesis… ¡de Genesis! (ba dum tss).

Los protas


Peter Gabriel, más conocido como “ese tío loco con timbre vocal raro”











Tony Banks, pianista, en contra de lo que sugiere la imagen







Mike Rutherford como “el mendigo sonriente” y futuro bajista










Anthony Philips, “Ant”, guitarra. Es el tío de la izquierda, digo yo








La enjundia

Estamos a mediados de los sesenta, en una institución educativa típicamente inglesa como es la Charterhouse. Aquí no entra cualquiera; hace falta pasta y antecedentes honrosos; ah, y no se recibe con afecto al pop, ni al rock and roll, ni a demás insurrecciones musicales. Pese a ello, Ant y Mike empiezan a hacer sus primeras chapucillas sonoras y forman junto con varios colegas la banda The Anon. Les mola el blues y los Rolling Stones, grupo cuyas canciones interpretan lo mejor que pueden. La otra cara de la moneda la componen Peter y Tony, que también llegan a crear un grupo (aunque no tan popular como The Anon). A nivel de influencias, beben de los Beatles, los Yardbirds y los Beach Boys. Tony, además, ha tomado contacto con la “música clásica”, aunque él acostumbra a tocar de oído, sin partitura de por medio.

 La Charterhouse esa

El motor se pone en marcha cuando estos cuatro cerebros empiezan a trabajar juntos. Conviene, de todos modos, tener en cuenta las palabras de Ant: “Es una idea completamente equivocada pensar que Genesis existía como grupo en la Charterhouse. No es así. Solo había cuatro compositores”. She is Beautiful es una de sus primeras canciones. Pasará a su primer disco, From Genesis to Revelation con el título The Serpent y milagrosamente libre de los añadidos orquestales que inundan este álbum, pero ya hablaremos más tarde de eso.

Grabados algunos temas en el clásico cutre estudio con cajas de huevos en las paredes, nuestros cuatro músicos deciden pasarle una cinta a Jonathan King, otro antiguo alumno de la Charterhouse que había salido bien parado tras entrar en el mundillo de la música por la vía del pop. King, en estos momentos, acaba de comenzar como productor, y Peter, Mike y compañía quieren ponerse en serio con la música. Tony comenta al respecto: “Buscábamos cualquier contacto posible en el negocio musical. Había dos posibilidades. Una era David Jacobs, el presentador de Juke Box Jury, porque su hijo estaba en el colegio, y la otra era Jonathan King. Naturalmente no tuvimos las agallas de darle la cinta personalmente”. Mike: “Alguien dijo ‘dejádsela en el coche’ o algo así, y John Alexander fue el único con suficiente valor para poner la cinta en el coche de Jonathan King”.

 King, pinta-sucnor total

El asunto prospera, en parte gracias a la voz de Peter. Jonathan King lo reconocerá en el futuro: “La calidad de la voz de Peter me dejó pasmado. Tenía ese timbre ronco que siempre he buscado. Me llamó la atención y despertó mi interés en el grupo”. Al poco tiempo firmarán un contrato cuyas condiciones, digamos, dejan que desear: obtendrán unos royalties del 2,5% en Inglaterra y de 1,75% en el resto del mundo. Pero falta lo más importante: un nombre para el grupo. Se barajan cosas como “Gabriel’s Angels” -que a excepción de Peter Gabriel no hace mucha gracia- o “Champagne Meadow”. King propone “Genesis”. Peter comenta que “cuando se sugirió el nombre de Genesis creo que pensamos ‘bueno, si este tío nos va a pagar un estudio, lo mejor será hacerle caso”.

Musicalmente ocurre lo que tiene que ocurrir: Genesis desean apostar por la -relativa- experimentación con las formas y la duración, mientras que King espera básicamente temas pop de su reciente fichaje. Tony narra que “[King] cada vez mostraba menos interés porque cada vez eramos más ambiciosos con esos temas ligeramente largos. Pensamos que lo ibamos a perder, así que Pete y yo nos sentamos y dijimos ‘hagamos una canción que le pueda gustar a él’. Hicimos una especie de pastiche a lo Bee Gees, que salió bastante bien, titulado The Silent Sun. King dijo: ‘sí, me encanta, es fantástico”. He ahí su primer single, que adolece de lo mismo que casi todas las canciones del disco (¡y son 16!): violines empalagosos y armonías vocales cuya capacidad para entretener se agota en breve. Genesis no consiguen buenos resultados en su aventura popera; menos mal; de lo contrario habrían seguido por ahí y el siglo XX habría perdido a cuatro compositores de inmenso potencial (algunos más que otros, claro). Tony se encarga de reflejar esa posible pesadilla: “The Silent Sun podría haber tenido gran éxito, pero al final no fue así. Y probablemente desde nuestro punto de vista fue algo estupendo que el single no fuera un éxito porque en ese caso nos hubiéramos limitado a ser un grupo calcado a los Bee Gees”.

From Genesis to Revelation se graba a toda mecha -en tres días- y empleando una mesa de cuatro pistas. En cuanto a su temática, si es que tiene alguna, Tony comenta que “Ahora teníamos una colección de canciones y entonces tuvimos esta gran idea de componer un álbum basado en el relato de la Biblia, absolutamente patético. Reescribimos algunas letras para que encajaran en el concepto. Para nosotros era difícil escribir sobre la realidad. Nos resultaba más fácil escondernos detrás de una gran historia. En los primeros tiempos de Genesis tendíamos a usar mitos y leyendas a la hora de escribir para evitar hablar sobre cosas reales, y para la época eso era bastante original”. Musicalmente, el álbum solo dejará satisfecho a King. El resto del mundo (fans y los propios miembros de Genesis) considerarán From Genesis to Revelation como un trabajo prescindible en la discografía "genesiana" y sin relación alguna con las faraónicas y fascinantes composiciones de primera mitad de los setenta.

 
Thats Me es una de mis favoritas del disco, seguramente por la presencia de la guitarra eléctrica, que supone una bocanada de aire fresco en el sonido general de From Genesis to Revelation. Ant, uno de los más indignados por la irreversible orquestación de King, probablemente vería Thats Me como una de esas pocas canciones salvables. ¿Con qué adjetivos definir el resto? Meloso, acaramelado, pasteloso, azucarado… Where The Sour Turns to Sweet o In the Wilderness cuentan con la “virtud” de que no son desagradables al oído, y ya. Por otra parte, tampoco hay nada que reprochar en este sentido: bendito el pop si fue el canal por el que Genesis empezaron a construir el edificio. Lo extraordinario, de hecho, sería que hubiesen dado el pistoletazo al progresivo en pleno 1969 con un trabajo sensacional. Eso para King Crimson.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Crisis, Dos Hombres y Medio

Plató del Telediario de Intereconomía - Varios días atrás - A la noche, o a la mañana; qué importa...
-Tipo orondo: (...) Mientras tanto, los comunistas amenazan con quemar las calles.

Me gusta Intereconomía, es una cadena que me hace pensar. Va en serio, hostia. En efecto, cavilo insistentemente cuál es la relación entre el titular "los comunistas amenazan con quemar las calles" y las imágenes que le siguieron: Cayo Lara en una entrevista televisiva reafirmando su apoyo al 15M. En aquel momento me percaté de un hecho demoledor: no todos los espectadores de Intereconomía poseen mi extraordinaria inmunidad ideológica; asimismo, no todos los votantes están protegidos contra las singularísimas consignas del PP. Fueron necesarias una noche electoral y un titular surrealista hasta el extremo para que me diera de bruces contra la cruel realidad. Tampoco nada nuevo, por otra parte: si el español medio es un cretino, el español medio que ve la televisión...

Para hablar del discurso del PP (soy consciente de que el suyo no es el único que apesta, Aitor, que te conozco, fistro), nada tan oportuno como la cita de Maquiavelo que reza así: “Quien engañe, encontrará siempre quien se deje engañar”. El arte de la política habrá avanzado con los siglos, pero el sujeto a quien los diputados representan, me temo, apenas ha adquirido mayor lucidez. Hoy, ese sujeto, a base de bombardeo mediático, ha interiorizado la idea Marianil (de Mariano Rajoy, clarostá) de que, en un ejercicio de sacrificio colectivo, saldremos de la crisis. Una prueba: el Diario (facha-foralista) de Navarra llevaba como titular este domingo que "El 80% de los navarros ve necesarios los recortes". Lo que yo decía, sacrificio colectivo. Se trata de un discurso que hunde sus raíces en la recientemente difundida idea de que durante el "periodo de bonanza" hemos vivido de miedo, como reyes franceses, sin distinción de clases; vamos, que hasta el sector socialmente marginado ha llorado de felicidad de lo excelsas que eran sus condiciones de vida antes de que estallara la crisis. Joder, empiezo a creer que mi familia ha sido la única que no hizo varias visitas al concesionario de Audi y a la inmobiliaria con intención de agenciarse un piso en la costa. Y claro, si la gente está convencida de que todos la hemos cagado despilfarrando money, hay más posibilidades de que esté dispuesta a integrar la abnegación en su vida durante unos añitos. ¿Qué objetar a todo esto? Que no todos tenemos las mismas responsabilidades en lo ocurrido y, por tanto, cada cual debe pagar por sus pecados. Mariano y su cúpula de imbeciles lo saben, eso y que si los ajustes no son percibidos como legítimos por el populacho, ni Jesucristo montado en patinete tiene cojones a establecer políticas de austeridad.

¿Qué anulación mental puede caracterizar a los votantes que no se dan cuenta de las descomunales falacias que encierran ciertos discursos...? Como para reparar en mensajes más sutiles, en plan "Sé optimista, ante las malditas circunstancias económicas, trata de ver lo bueno". No, amigo, la crisis no es un combate internacional contra un fenómeno indefinido; no somos los seres humanos vs otra cosa, sino los seres humanos vs los seres humanos. Se trata de un conflicto político en el que solo la acción y la palabra repercuten en el equilibrio de fuerzas. Por eso me jode oir a "artistas" que venden su última basura audiovisual como un producto que "le hará a la gente reirse y estar más contenta en estos momentos tan duros". Conste que yo idolatro el humor, pero porque es bueno para la salud, no como una forma mediante la cual huir de la realidad.

En fin, toda esta parrafada para traer a colación una serie, de humor, claro. Dos Hombres y Medio, magnífica sitcom. ¿Sabéis que es una sitcom? Echadle un vistazo a la lista. Alguna habréis visto. Hace falta ser inuit en el siglo XIX para no haber visto alguna. Platós estereotípicos, personajes estereotípicos, situaciones estereotípicas y risas "enlatadas". Pongo las comillas porque no son estrictamente enlatadas. Me contaba Lenesita que la grabación de estas series era tal que así: gente en gradas viendo a los personajes actuar y guionistas que, en función de si los espectadores se despollaban o no, corregían los guiones, eliminando, añadiendo, etc. Ya se sabe, siempre es más fácil que tenga éxito una sitcom con la que la que la gente se descojona en el estudio.
Hablar de Dos Hombres y Medio es hablar de Charlie Sheen y hablar de Charlie Sheen es hablar de Dos Hombres y Medio. Charlie es indudablemente el pilar de la serie. El guión está escrito a su medida, pero Charlie no es solo un notable guión; las expresiones faciales que pone, su aspecto...; no sabría muy bien como decir que es un tipo con gracia. Haced las cuentas: un actor oportuno diciendo cosas graciosas y profundamente elocuentes. Ah, ah, ah, ah, ah, ¡y tías buenas, muchas! En cuanto al argumento... bah, mejor vídeos, son más explícitos:

http://www.youtube.com/watch?v=zQuv70un7cc
http://www.youtube.com/watch?v=aBeynf3za3k
http://www.youtube.com/watch?v=59jqEY0jpCE
http://www.youtube.com/watch?v=4bh8TUetjtQ
(No me deja insertarlos)

Si disfrutáis con este reclamo... http://www.cinetube.es/series/dos-hombres-y-medio/
Capítulos de veinte minutos para ser feliz y reponer fuerzas de cara a la lucha definitiva contra los reptilianos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Entrada amena, como todas las que publico (sobre tonalidades y demás)

Hoy vamos a hablar de escalas y tonalidades, un tema cuyos fundamentos pueden ser comprendidos aun sabiendo poco o nada de teoría, y cuyo conocimiento ayuda a entender un poco mejor la música que se escucha (la que se basa en algo más que tres acordes, quiero decir). He usado la expresión "vamos" y no "voy" porque la entrada que leeis ha sido conjuntamente escrita, por mí y por Leonard Bernstein, destacadísimo director de orquesta, compositor y hombre apreciado por su contribución a la difusión cultural.
 
(Los párrafos en rojo oscuro y negrita pertenecen a nuestro loable invitado)
 

Leonard es un hombre que me cae bien, aunque no apruebo que use la batuta como espada laser. No, no hay justificación posible; es la 9ª de Beethoven, Leonard; no puedes arrebatarle solemnidad al momento con tus alocados gestos.


Es que la noche anterior estuve viendo El imperio contraataca. Además, siempre he querido imitar a Luke en un gran concierto.

¿Y qué me dices de ese movimiento de caderas? ¿Dónde quedaron las buenas formas y el refinamiento?

¿Vas a seguir poniendo gifs durante toda la entrada o empezamos de una vez?

Todo tuyo, fistro.

Excelente.
¿Hay alguien que nunca haya sentido curiosidad por saber qué puñetas significa el "en si mayor" o "en re menor" -por poner dos ejemplos- que sigue al título de cualquier composición? Es relativamente fácil encontrar textos de expertos que escriben cosas en plan "y tal compositor se decidió finalmente a enfrentarse a la sinfonía en fa mayor", como si la sinfonía en fa mayor fuera un género musical en sí mismo. Ambos casos generan en cualquiera la intuición de que esto de la tonalidad es importante, ¿pero por qué? Es más, ¿a qué nos estamos refiriendo con "tonalidad"?

Regresemos a lo básico:
1. La distancia mínima entre 2 notas es un semitono.
2. La escala de do mayor es el do-re-mi-fa-sol-la-si de toda la vida.
2. Entre mi y fa hay un semitono, y lo mismo ocurre entre si y do. Entre el resto de las notas de la escala de do mayor (do-re, re-mi, fa-sol, sol-la, la-si) hay un tono (tono = dos semitonos).
Esto es algo que se ve perfectamente en las teclas del piano: entre aquellas teclas blancas entre las que hay una tecla negra, existe un tono, mientras que la ausencia de tecla negra entre dos blancas indica que la distancia es de un semitono.

De modo que, si a la escala de do mayor con sus 7 notas

se le añaden las distancias que marcan los semitonos, pasamos a tener una escala de 12 notas, la llamada escala cromática:

que no es ni más ni menos que tocar las 12 primeras teclas (blancas y negras) que pueden verse en la imagen del piano de arriba.

Pero claro, esto de usar las doce notas que van del do al si -contando semitonos- les pareció inapropiado a ciertos músicos que, siglos atrás, consideraban que cualquier composición debía incluir una cosa llamada centro tonal, a la cual me referiré más tarde.

Sea como fuere, aparecieron las escalas mayores, esto es, conjuntos de notas en las que la distancia entre cada una debía ajustarse al siguiente esquema: tono - tono - semitono - tono - tono - tono - semitono.

Para la escala de do mayor nos bastaría con tocar las notas blancas del piano señaladas antes. En cambio, para otras escalas mayores, tendremos que recurrir a los bemoles y sostenidos, es decir, a las teclas negras; por la sencilla razón de que si las distancias empezando en do son así

DO - RE - MI - FA - SOL - LA - SI - DO
 tono  tono semi.  tono    tono  tono semi.

en fa pasan a ser

FA - SOL - LA - SI - DO - RE - MI - FA
 tono    tono  tono semi.  tono  tono semi.

unas distancias que no se ajustan a las de las escalas mayores, y que de hecho, tocadas, pueden resultar extrañas al oído.

Si, en cambio, recurrimos a los bemoles y sostenidos (cada bemol baja un semitono y cada semitono lo sube), podremos construir la escala de fa mayor, del modo siguiente:

FA - SOL - LA - SI (bemol) - DO - RE - MI - FA
   tono    tono  semi.             tono   tono  tono  semi.

y la escala de la mayor así:

LA - SI - DO (sostenido) - RE - MI - FA (sostenido) - SOL (sostenido) - LA
 tono  tono                  semi. tono tono                   tono                      semi.

Si queremos escribir algo en la mayor, para no tener que añadir el símbolo de sostenido o bemol antes de cada nota, podemos servirnos de las armaduras, o sea, de signos de bemol o sostenido al principio de la pieza. Dos ejemplos:

-Para fa mayor:
-Para la mayor:

La de do mayor, evidentemente, no precisa de armadura, se basta ella solita:


Eh, Leonard, ¿y qué me dices de cuando imitaste a Bruce Lee arrancando el corazón a sus enemigos mediante un conciso movimiento de brazo?

Es que después de Star Wars me vi en el youtube cosas de Bruce, pero prosigamos.

Expuesto lo que son las escalas mayores, pasemos a la escala menor natural, también llamada escala bachiana (no creo que haga falta decir por qué), en la que los tonos y semitonos deben estar dispuestos de la siguiente manera: tono - semitono - tono - tono - semitono - tono - tono.

Pongamos por ejemplo la escala de do menor

DO - RE - MI (bemol) - FA - SOL - LA (bemol) - SI (bemol) - DO
 tono  semi.           tono   tono     semi.              tono             tono

cuya armadura es:

La rueda de quintas o rueda armónica nos indica qué sostenidos o bemoles tendremos que añadir para cada tonalidad:


En fin, eludamos las escalas modales (que en todo caso debería haber explicado mucho antes) y las otras escalas menores (armónica y melódica) para hacer un esbozo de las consecuencias que tiene la música tonal (o sea, la escrita en tonalidades). La primera sería que, salvo algunas notas, casi toda la partitura está escrita en la tonalidad designada al principio mediante la armadura. La segunda tiene que ver con la existencia de una nota (la tónica) que destaca al principio, al final, y en los diversos desarrollos de la composición.

El nocturno nº2 de Chopin está escrito en mi bemol mayor. Echando un vistazo a la rueda de quintas detectaremos fácilmente qué armadura (que en este caso coincide con la de do menor) se corresponde a esta tonalidad.

 
El centro tonal, aquí, se hallaría en mi bemol, nota recurrente en los acordes, el acompañamiento, las melodías de la mano derecha, etc.

Y aunque cada composición es un mundo, se suelen considerar a las escritas en escalas mayores como más alegres, optimistas o exaltadas mientras que a las escritas en escalas menores se las asocia con la melancolía y lo íntimo. De hecho en la spanish wiki hay una tabla muy simpática, en plan signos del Zodiaco, que atribuye una personalidad concreta a cada tonalidad. Tonalidades con personalidad, ¿a que esto no os lo esperabais? Mi bemol mayor está relacionada con "Crueldad, dureza, amor, devoción, conversación íntima con Dios". ¿Esto que significa, que la obra conversa intimamente con Dios, que Chopin conversaba intimamente con Dios o que un servidor, al escucharla, se funde con El Divino?

 

Variaciones Goldberg. Variación 1, en fa mayor. A ver qué viene en la wiki sobre las composiciones en fa mayor... "Furioso y arrebatado". Tomad nota.

Bueno Dani, aquí termina mi intervención. A ver con qué aderezas el ladrillo para que sea digerible. Por mi parte, espero haber hecho todo lo posible para que el número de visitas a tu blog se reduzca drasticamente. Y ahora, derribaré coléricamente el suelo.


En próximas entregas... "Cómo y por qué los rusos se cargaron la música tonal"

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Escuchar música, franceses, Impresionismo, Debussy, La mer

Cambiamos con el tiempo, es indiscutible. Yo he desterrado la costumbre de escuchar música en el autobús, entendiendo la expresión “escuchar música” por ese oír precario y superficial al que tantos hemos recurrido para hacer más amenos determinados trayectos. De hecho, actualmente, en lo que respecta a oír música fuera de casa, me limito a poner en el mp3 una canción de las que te hacen sentir el rey del universo para los pocos metros que separan la puerta de mi casa de la parada, y eso cuando cojo el autobús. Es básicamente éste el motivo de mi shock hace varios días, cuando asistí a un acontecimiento insólito, a saber, el de una zagala sentada en el banco de la parada que, al divisar la llegada de ese estrepitoso mastodonte llamado autobús urbano, extrajo de su bolsillo mp3 y auriculares. Yo me los quité cuando vi al monstruo de metal acercarse, ella se los puso. Seres antagónicos… 
Y aunque con José Fernández he aprendido que es tontería enojarse por el hecho de que los demás tengan unos hábitos muy distintos a los de uno, reivindicaré a continuación unas maneras en lo que al disfrute de la música se refiere. Caigan piedras sobre mí. 

Al mismo tiempo que, como decía, me quito los auriculares cuando diviso el autobús, voy abandonando otras actividades en plan jugar al billar online o al ajedrez online con música de fondo, fumar con música de fondo y, en definitiva, cualquier combinación -a veces criminal- en la que la música cumpla el papel de mero adorno. Es mi decisión, no pretendo criticar la de los demás ni a los demás. Eso sí, me pregunto por qué la lectura o el visionado de una película son actividades que merecen toda la atención del sujeto -incluso cuando el libro o la peli son mediocres- y la música no. Me pregunto también por qué el gentío no se hace preguntas tipo “si hago dos cosas a la vez, ¿no habrá una de la que saque poco o nulo partido?”. Me pregunto (soy de alma dubitativa, ¿verdad?) por último qué hemos desvalorizado antes, si la actividad de escuchar o la música en sí, porque es evidente que en un cuarteto de Beethoven hay innumerables detalles en los que concentrarse y “perderse”, a diferencia de cierta música que hoy día se ha impuesto y cuya escucha atenta es más bien algo doloroso, véase Lady Gaga y, por qué no decirlo (vengan a mí las fieras), mucho de ese conglomerado que llamamos “rock”. Aunque sería injusto sacar algunas producciones musicales de sus respectivos contextos -y olvidar por ejemplo que los fanses de Los Ramones llevaban de todo menos monóculo-, queriendo que éstas asuman una función distinta a la original. En ocasiones creo que caigo en el etnocentrismo musical: me gusta prestar atención a lo que escucho e idolatro el formato del álbum; y claro, ni toda la música está hecha para recibir una escucha minuciosa ni toda ha sido compuesta para ser grabada en CD. Algunos interpretan incluso que, en referencia a la “música clásica”, todo lo que no sea escuchar a la orquesta en directo es de algún modo un atentado contra la esencia de las composiciones. 

En fin, más allá de contingencias históricas mi posición es la de que toda obra musical resultante de emplear un determinado lenguaje y concebida como medio para transmitir mensajes, merece un trato tan digno como cualquier otro arte fundado sobre las mismas cualidades. En el fondo, ese “trato” depende de la consideración que cada persona tenga del lenguaje musical. Los franceses, por ejemplo, tendían a atribuir a la música una función ornamental (conste que no siento gran simpatía por esta clase de caracterizaciones nacionales), y lo hacían porque, para ellos, la capacidad del lenguaje musical para expresar significados era muy reducida e incomparablemente menor a la de la palabra o el lenguaje pictórico. Los alemanes (“alemanes” entendidos como las gentes que habitaban los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico), en cambio, veían esa ambigüedad del lenguaje musical como algo positivo, como el medio con el que dar forma artística a aquellas ideas vinculadas con lo absoluto, lo infinito. Aunque hoy ambas posturas están obsoletas, el paradigma actual se hallaría mucho más distante de la consideración de los franceses, ya que si bien la ambigüedad de este lenguaje es innegable, está comprobado que algunos acordes (por quedarnos con lo más sencillo) transmiten sensaciones de calma y algunos acordes sensaciones de inquietud. Ningún músico se atrevería hoy a negar que las notas, combinadas, pueden llegar a producir infinitos significados. 

La mencionada tendencia de los franceses explicaría frágilmente el acercamiento de compositores como Berlioz (Sinfonía fantástica) o Debussy (La mer) a la música descriptiva (digo frágilmente porque otros como Wagner con ciertos pasajes de sus óperas, Smetana con el ciclo de poemas sinfónicos Mi patria y Vivaldi con sus Cuatro estaciones hicieron grandes aportes en ese sentido, y no eran precisamente franceses), es decir, aquella que trata de evocar, de plasmar en la cabeza del oyente ciertas imágenes. Dicho de otro modo, un compositor para el que el lenguaje musical está muy limitado para transmitir significados, tendrá dos opciones: dar a la música un uso superficial o investigar mediante qué formas puede hacer que el lenguaje musical sí transmita. Y esto no significa que la música descriptiva nazca de este último deseo, sino que el compositor disconforme (el de las dos opciones) encontrará en la música descriptiva un ámbito que explorar con pasión. 

Podría establecerse una dicotomía (poco fiel a la realidad, como todas las dicotomías) entre aquellas grandes arquitecturas compositivas que echaron sus cimientos en el clasicismo, y lo que llegaría con compositores como Debussy, es decir, formas musicales que a un oído no analítico quizás le parezcan difusas y caóticas; aunque no olvidemos que ese aparente desorden siempre esconderá tras de sí una sólida estructura. Lo que digo se comprenderá mejor echando un vistazo a los cuadros del impresionismo: más allá de la percepción del espectador, la obra que éste observa, por anárquica que resulte, ha sido pensada, estudiada; en ella no hay pinceladas al azar, no es fruto de la improvisación; existe, por tanto, una estructura pictórica. 

Debussy no fue ajeno al movimiento impresionista ni a la pintura en general. Refugiado en Cannes a corta edad tras el estallido de la guerra Franco-Prusiana, tuvo tiempo de sobra para disfrutar la colección de cuadros de su tío, topándose con pintores como Turner, al cual admiraría en lo sucesivo. Su afición por la pintura se palpa al ver la portada de La Mer, con ese peculiar fragmento del cuadro de Hokusai La gran ola de Kanagawa que el editor de la partitura incluyó por solicitud de Debussy. Aunque hablamos de un compositor selectivo, con preferencias: de visita en Roma, y seguramente harto de las estructuras pictóricas típicamente renacentistas, con sus puntos de fuga y demás, exclamó “¡Dadme un Monet!”. 

Al igual que en la pintura, la máxima del impresionismo musical es la de evocar -no describir- lo fugaz, los momentos irrepetibles (por contraposición a “lo que permanece”, propio de tradiciones anteriores). Las imágenes o las sensaciones, así entendidas, hacen que la trasmisión del mensaje precise de un tratamiento diferente y necesariamente rupturista. Es por tanto que la estructura de la forma sonata ya no les sirve a los compositores impresionistas. Estos, además, incluirán en sus obras una diversidad tímbrica mayor de lo habitual. Hablamos de unas nuevas características en las composiciones que marcarían un antes y un después respecto las formas que se enseñaban en los conservatorios y en unas instituciones a las que Debussy, personaje díscolo e inconformista, no estaba especialmente unido. 

El segundo movimiento de La mer, Jeux de vagues (Juegos de olas) ilustra lo observado hasta ahora acerca del “sonido impresionista”: no hay en él motivos musicales que se repitan, mientras que un relativamente desordenado desarrollo nos es presentado en forma de melodías que aparecen y desaparecen. En efecto, visualizar olas con sus crestas y su espuma es ante todo una cuestión de imaginación, pero, dentro de lo posible, estamos ante una colosal evocación de lo que son las olas: formas únicas e irrepetibles (como aquella Venecia que Monet pugnaba por cazar) que adopta el agua y que tan pronto se elevan como rompen o se funden con el resto del mar. Análogamente ocurre con los otros dos movimientos, De l'aube à midi sur La mer (Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar) y Dialogue du vent et de La mer (Diálogo del viento y el mar): no hay ánimo de plasmar pormenorizadamente lo que es un amanecer o el fiero combate entre dos fuerzas tan imparables como el viento y el mar; no obstante, la esencia de los fenómenos está ahí representada; se capta, no se observa. Puro simbolismo. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

Asalto final al Rey Carmesí (III) (Lizard)

Lagarto (chapter three)
 Con "C" de Crimson. 

Comprobado: si Black Sabbath es la banda de los mil cantantes, King Crimson es la de los mil percusionistas, bajistas, mellotronistas e incluso letristas. Vamos, un lío de tres pares de cojones al que sólo echa algo de luz la siempre oportuna aportación wikipédica. Como señala tan grata tabla, tras In the Wake of Poseidon los hermanos Giles se marchan para no volver nunca más, mientras que Haskell, que ya había participado como vocalista en Cadence and Cascade, se instala definitivamente en la banda. ¿Definitivamente? Quise decir durante unos meses. Digamos que Fripp no tenía mucho apego por su compañero... Haskell tampoco cae muy bien -sobre todo por su labor vocal- a los fans de King Crimson, o esa sensación tengo después de lo que he leído en los ámbitos de la internet. 

Si In the Court… es una pieza clave en el progresivo, Lizard posee el dudoso/gran (dependiendo de quien juzgue) honor de ser una de las primeras suites (ya sabéis, esas canciones de entre veinte y treinta minutos subdivididas por lo común en varios pasajes), sólo precedida -dentro de la txampions lij del progresivo- por Atom Heart Mother, o, para los conocidos, “esa cosa tocha del disco de la vaca”

El contenido del álbum, como de costumbre, es cosa fina: un tema ligerito (Lady of the Dancing Water), dos con los que un servidor se atraganta (Indoor Games y Happy Family), una excepcional progresión (Cirkus) y, finalmente, LAAA SUIITTEEEE (pronúnciese en tono barbárico), que a ese mismo servidor de unas líneas atrás curiosamente le fascina. 

La suite (Lizard) se divide en cuatro secciones siendo que la penúltima sección consta de tres partes. Pero no cerréis el post, calma, seguid leyendo; el asunto es más fácil de lo que parece; Wikipedia yo te invoco. El consejo que le profiero al no letrado en la materia es que escuché Prince Rupert Awakes, pop delicioso capitaneado por la voz del ilustre Jon Anderson. Al que me diga que no se lo pasa pipa con esos “nananana” le corto el cuello, y punto. Mi parte favorita de todos modos es Bolero - The Peacock's Tale, cuya melodía inicial de trompeta me parece uno de los momentos más hermosos de la discografía crimsoniana. Le sigue un desfile de instrumentos de viento no menos infecundo (vivan las dobles negaciones) que se exalta cuando los bronces empiezan a juguetear. El resto de la suite es harina de otro costal, una jungla de sonidos cuya exhuberancia, como casi siempre que hablamos de King Crimson, tarda en sernos revelada.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Asalto final al Rey Carmesí (II) (In the Wake of Poseidon)

En la Estela de Poseidón (chapter two)
De cuando Robert y sus efimeras compañias viajaron por segunda vez a un sanatorio para recoger dibujos de psicópatas...

Nunca me ha hecho especial ilusión la estética de King Crimson en sus orígenes. Demasiado extraña, poco acogedora, excelente eso sí para representar la esencia del grupo.

Con la huída de Ian Macdonald y su simpática flauta, la colaboración de los amigos de King Crimson Michael y Peter Giles, y el reclutamiento de alguno más por ahí, nuestros excéntricos favoritos se disponían a demostrar que In the Court... era sólo el comienzo. Para este álbum no se olvidaron de que su misión en el mundo era dar quebraderos de cabeza al oyente, algo que nos hacen saber con temas que, aun distantes musicalmente de Moonchild, mantienen su esencia de terrorismo auditivo. The Devil's Triangle es la prueba irrefutable de lo que digo. Hablamos de una canción que te arrastra a los infiernos, a los infiernos del aburrimiento; de once minutos que evocan muchas cosas, como el deseo de echar un vistazo para ver cuanto tiempo queda. Clamo a cualquier fan locaza que encuentre interesante esta canción a que exponga los maravillosos motivos que le unen a ella.

Los que no hemos sido tocados por la gracia de Fripp disfrutamos más de sonidos modestos y delicados como los que reune Cadence and Cascade, un perfecto número pop; ejercería aquí el mismo papel que I Talk to the Wind tenía en In the Court... Al hilo de ésto, se ha dicho que In the Wake... reproduce demasiado fielmente las estructuras marcadas por su predecesor. Comparaciones destacadas habría dos: la de Pictures of a City con 21st Century..., por aquello del saxo resultón y la sensación de que un elefante está arrollando el estudio de grabación al final de la canción; y la de The Court... con In the Wake of Poseidon, por los mellotrones invasores que le llevan a uno a pensar que King Crimson es de las bandas que mejor han sabido utilizar el mellotron para recrear con intensidad ciertas atmosferas. 

Cat Food, por su parte, es lo que los no entendidos en jazz llamamos "jazz", o sea, patrones rítmicos inusuales (aunque en esto el progresivo nunca se ha quedado atrás), un piano más indefinido que el sexo de Falete (siento hacer coñas de Falete a estas alturas) y percepción de caos en general. A su vez, los interludios de Peace (A Beggining, A Theme) ayudan a los dos hemisferios de tu cerebro para que se estabilicen de nuevo y estén en condiciones de seguir escuchando el disco. Bueno, estoy siendo algo injusto; a decir verdad, salvando las tres partes de Devil's Triangle, me encanta este álbum. No supone una revolución como In the Court... pero es muy convincente y un gustazo para los oídos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Asalto final al Rey Carmesí (In the Court of the Crimson King)

Hay veces, cuando pienso en escribir una entrada sobre algo, que me salta la neurona escrupulosa y toca huevos tratando de persuadirme de que no merece la pena publicar esa entrada, bien porque es un tema tratado en mil blogs -y en otra clase de espacios virtuales-, bien porque no constituye un aporte revolucionario a la humanidad... En fin, razones para no escribir en un blog hay muchas, y si nos parásemos a pensar en ellas esto sería muy aburrido y no habría casi nada para leer.
Me parece oportuna una reflexión así cuando de reseñar la discografía de King Crimson se trata. ¿Para qué? ¿Por qué? Respuesta multifunción: me sale de los cojones.

Bueno, lo mío es algo más que un capricho: los últimos días vengo rescatando los álbumes crimsonianos olvidados, saboreando mis discos predilectos y con la idea en mente de asaltar cosas como Red o Discipline, de los cuales sólo conservo recuerdos soporiferos. ¿Y vosotros? ¿Disfrutasteis con King Crimson a la primera? No respondais que sí, porque no os creeré.

En la Corte del Rey Carmesí (chapter one)
¿Por qué los últimos 8 minutos de Moonchild? ¿Por quéeeeeeeeeeeeeeeeeee?

En serio, me cuesta concebir que alguien encuentre un sentido a la segunda parte de Moonchild; no hay nada de valor musical en ella, sólo retazos de lo que -si Fripp y compañía hubieran tenido piedad- pudieron haber llegado a ser melodías. Aunque éste está siendo un comentario demasiado generoso; a decir verdad no es que la segunda parte de la canción no termine; no, el problema es que no llega a empezar. Hasta el mismo Fripp decía no sentir simpatía hacia ese fragmento.

Antes hablaba de "álbumes crimsonianos olvidados". Sinceramente, In the Court... era uno de ellos. De hecho yo confundía el mellotronismo solemne de The Court... con el de In the Wake... (uno de los símiles de los que ya hablaremos en la reseña siguiente, o no). También había olvidado como sonaba el saxo inicial de 21st Century... Bueno, "olvidar" tal vez no sea la palabra adecuada; más bien esos recuerdos sonoros seguían en mi cabeza, a la espera de ser resucitados en una nueva escucha.

Dos cosas no dejan de sorprenderme.
La primera, que un trabajo tan rompedor fuera acogido con tanto éxito. Ahí radica mucho de su valor, en rasgar el velo con un "mirad todo lo que se puede hacer". Si In the Court... hubiese sido publicado cinco años más tarde, cuando el progresivo ya estaba comodamente instalado, no sería lo mismo: para 1974 The Court of... quedaría en una simpleza compositiva y 21st Schizoid en algo interesante pero prescindible; por no hablar de I Talk to the Wind, que no pasaría de ser una pieza agradable al oído.
La segunda, que unos parcialmente desconocidos fueran los responsables de éste punto de inflexión. No había ninguna estrella en la primera formación crimsoniana. Por otra parte, lo revolucionario no tiene porque provenir de figuras archiconocidas; suele ocurrir incluso al contrario...


Bestial.

lunes, 22 de agosto de 2011

JMJ, apuntes jachondos

"¿Quiere algo, padrino?"


"Dos fantas traeme"

Bueno, bueno, bueno, Don Benedicto ya ha debido regresar a su chabolo romano. ¿Buena noticia? ¿Mala? Depende de quien juzgue. De camino a Pamplona he visto que ciertos sujetos ligeramente enojados habían manifestado su opinión acerca de la visita papal sirviéndose de un spray y considerando que la pared de la calle bien servía de lienzo. Dos de sus mensajes me han llamado la atención: “Benedicto = inquisición” (la tilde de “inquisición” es mía) y “JMJ = encubridores de pederastas”. Resultan divertidos los razonamientos hechos a base de signos de igual. Pueden poner lo que les salga de los cojones, el “=” hace todo el trabajo.

Este radicalismo, además de cabrear a cierto amigo mío, es el abono ideal para las tertulias intereconómicas y copérnicas -de la COPE-. Le resulta muy sencillo al sector facha decir que éstos -los mancha-paredes- “son los otros jóvenes”, que sólo los católicos pueden ser buenos ciudadanos. El procedimiento que usan los mencionados tertulianos consiste en 1. Identificar actitudes o manifestaciones que el público de la cadena condena, 2. Agrupar a miles de personas en un colectivo etiquetable, 3. Adjuntar a éstos la etiqueta que el público condena. La buena señora de Intereconomía se manejaba con brío en tan refinadas teorías cuando expuso su idea de las dos juventudes; una “sana” y otra corrupta, o enferma o... no me acuerdo, imaginaros cualquier adjetivo que indique patología. Por supuesto en la juventud sucia entraban “los del 15M” y “los perroflautas”. ¿Quién iba a pensar que era posible añadir a la típica dicotomía que tanto le gusta ofrecer a la opinión publica(da) (materializadas en encuestas de sólo dos respuestas) un contenido tan hediondo? Cierta España aun se deleita con el discurso de buenos y malos, de sucios y limpios, de aptos e inválidos. ¿No empezó por ahí el autoritarismo? Intereconomía, fuente de humor y intelectualidad…

Hablando de Intereconomía, recuerdo las palabras de un tipo (hilarante detalle el de que fuera al coloquio televisivo papal con una corbata ausente en su vestidura en el resto de coloquios en los que este buen señor participa) que interpretaba el discurso que el papa dio a las monjas en El Escorial; se refería -el tipo- a lo dicho por Benedicto como una alerta ante la apostasía (tan poco frecuente en los años de Paco), esa “renuncia de Cristo/Dios/Jesús después de haber entrado en contacto con él”, lo cual constituye un “problema”. Yo dejé de sonreír, pues el que tilda algo de problemático es alguien que, la proporcione o no, tiene en mente una solución para combatirlo; y nunca me han gustado las soluciones dictadas por tipos con sotana, o en su defecto tertulianos de Intereconomía. El ateísmo se dibujaba como un mal que acecha. Bien, esto último legitima lo que voy a decir ahora respecto de los forofos de Benedicto, porque si el papa puede hablar de “ateismo” y “radicalidad” en la misma frase, yo puedo hacer lo mismo con las palabras “peregrino -de las JMJ-” y “alienación”.

Como no recuerdo qué era la alienación religiosa definida por Marx (y hablar de estas cosas en lenguaje no-marxista pues no tiene tanta gracia) me referiré a cierta acuñación personal que acabo de elaborar, osease, alienación: resultado de hacer desplazarse hasta Madrid a cientos de miles de monguers que agenciarán una guitarra acústica para cantar lobotomizadas letras en favor de Benedicto XVI, amen de sonreír ante el papamóvil -porque al papa no le llegaban a ver- y hacer suyas ipso-facto cualquier declaración que El Lider enunciase. Ante escenas como las descritas, a un servidor le da por reflexionar en los procesos por los que una institución provoca la anulación mental con que millones de personas reciben las palabras de una autoridad, convirtiendo la devoción a Dios en un enfervorizado seguimiento del ídolo de masas. Eso ha sido el papa hace varios días, un ídolo de masas, como Freddie Mercury en Wembley ’86 o Chiquito de la Calzada en los años noventa. Quiero insistir en que lo inaudito no es para mí el acto de creer en Dios (ese maravilloso ente metafísico que nos obsequiará con donuts y virtuosismo musical cuando nos hayamos marchado de este mundo), sino el entusiasmo que genera el líder de una institución terrenal, nombrado como líder por sus propios compañeros de farra.

Decían los medios que, en la misa mañanera que el domingo ha tenido a bien oficiar el papa, se ha reivindicado a la iglesia como el único camino válido hacia Dios, ni más ni menos que afirmar a la iglesia como el monopolio de lo divino.


"Los shurmanos de Alá y el Dalai Dama quieren convertir ésto en un oligopolio. Ve y acaba con ellos."


“Comprad bulas, id a misa, atended a lo que digo. De lo contrario, estáis jodidos”

Bien, si esto me parece sociológicamente acojonante, es porque el jerarca de la iglesia católica dice que nada de espiritualidad, que eso no sirve, que Jesús no quiere espiritualidad, que no basta con creer y nada más; no se trata de reclamar una institución, sino de reclamarla como única vía de acceso al cielo. Yo pensaba que la iglesia había avanzado en estas cuestiones, iluso que soy.

“Que el papa diga lo que quiera; mientras su visita traiga euros…”. ¿Quién iba a protestar contra el encuentro juventudesco católico? Al fin y al cabo, los que no creen en el Dios bíblico, sí creen en el Dios Dinero; y estos días la capital española ha atraído unos cuantos capitales, valga la rebuznancia. Debo de ser un sociólogo bastante impresionable, porque este poner la razón económica por encima de todo también me llama la atención. No hay debate en el que la razón económica no haga acto de presencia, incluso cuando se trata de asuntos de limitado carácter económico como la organización territorial del estado (véase el intencionadamente polémico tema de las comunidades autónomas) o el asentamiento del 15m en plaza del sol (¡ay, esos comerciantes que están perdiendo dinero!). La cultura del “no hagamos tal porque tenemos pérdidas y hagamos tal porque maximizamos beneficios” se impone a pasos agigantados. Pienso que, ya puestos, podemos pasar al chinese way of life: venga la semi-esclavitud del capitalismo incipiente, welcome mano de obra infantil, au revoir subsidios por desempleo. ¿Y qué es eso de no ofrecer nuestra bandera nacional al mejor postor para que imprima su logo sobre ella? Mi indignación es máxima cuando paso por un ayuntamiento y veo el rojo-amarillo-rojo españoles sin la “M” de Mac Donalds. El dinero que debemos estar dejando escapar, ¡mother of the guld!

jueves, 11 de agosto de 2011

Dark side of online videogames

Hablemos de videojuegos online, pero no en plan “me gusta tal o cual” o “peaso jugabilidad tiene éste”; vayamos a su lado oscuro. ¿Hay alguna organización de hombres topo o de masones en colaboración con mormones que empleen dichos productos para adueñarse de las mentes y del mundo? No, joder, eso es demasiado; aunque leí en Internet a un tipo que alertaba del enorme potencial que League of Legends tiene para enfrentar a los usuarios y dividir a la sociedad en pos del salto dominador definitivo que tiene previsto llevar a cabo la NWO (New World Order, o como rellenar un programa de Cuarto Milenio). El caso es que me he propuesto desenmascarar a un nivel menos osado los videojuegos online y su peligroso sustrato capitalista.

Hulk Hogan y los sucnors aprueban este ladrillopost

Lo que distingue los modos online de los offline es que, mientras en los segundos el jugador se enfrenta exclusivamente a la máquina, en los primeros son los jugadores los que compiten entre sí, bien zurrándose respectivamente, bien pugnando por superar a los propios compañeros de equipo en daño, muertes, banderas conseguidas, y ese tipo de chorradas que, para el jugador, se transforman momentáneamente en lo que da sentido a su existencia. Hablan por sí solos los momentos de World of Warcraft en que diez o veinticinco pavos, unidos para matar al jefe maloso de la máquina, ponen todo su empeño en ser los que más daño hagan o los que más curen (lo que en los ámbitos frikidérrimos se conoce como Damage Per Second -DPS-, Total Damage, o Heal Per Second).

La mayoría de juegos online, con tal de registrar quienes son los mejores y servir así a la dinámica de la competitividad, ponen al servicio de los jugadores dos herramientas: de un lado la clasificación, una lista inmensa en la que todos figuran por orden de buenos resultados en el campo de batalla. A casi nadie le importa esto cuando empieza a jugar; se supone que el objetivo principal es divertirse; claro, claro, pero tarde o temprano uno termina en ese ranking, en el que perder posiciones es una tragedia y ganarlas un motivo de júbilo. Se trata de algo más siniestro de lo que pueda parecer, pues casi sin darse cuenta llega el día en que la diversión queda desplazada por el afán de subir en la lista; y habiendo bajado cuarenta fatídicos puestos, el jugador no se irá a cenar o follar con la novia sin antes haber reescalado los cuarenta. Hasta aquí una de las herramientas a las que me refería; la otra es la adquisición de objetos en el videojuego. Algunos pensareis que vaya gilipollez, que “¿cómo va a mantenerme atrapado el afán por conseguir una espada, un silenciador, o un traje que cambia la apariencia del personaje?”. Bien, hay gente que paga por esto: tíos que regalan a sus parejas una montura (o sea, el bicho sobre el que se desplaza el jugador en el mundo virtual) por valor de treinta leureles o frikis que se gastan la paga semanal comprando la apariencia de un arma. Otro modo de obtener esos objetos especiales y no tan especiales es pasando muchas horas delante de la pantalla, repitiendo rutinas hasta conseguir monedas de oro o chapas de intercambio. “Frikis de mierda”, dirá alguno furibundamente; le aconsejo que se tome un lorazepalm y reconsidere lo que esas armaduras y apariencias especiales constituyen para los jugadores: reputación; son objetos que cumplen la misma función que el ranking: posicionar, indicar quienes son los buenos (o los que pagan) y quienes no lo son tanto. ¿Tan lejanos están estos mundos virtuales del “mundo tangible” en el que el coche no es tanto un vehículo con el que desplazarse como un símbolo inconfundible de prestigio, o en el que pagamos seis veces más por unas Ray Ban sólo porque pone un puto “Ray Ban” en la montura de las gafas? Ejemplos hay a patadas; todos y cada uno de ellos muestran la importancia de lo simbólico, también instalada en los videojuegos online. A fin de cuentas prima el espíritu capitalista: el jugador invierte esfuerzo y horas en ganar unos puntos intercambiables por objetos que le servirán para sentirse superior a los demás.

-¡Un Lamborghini! Arrodillaos todos ante él.
-Tío, es sólo un coche.
-Fale.

Por ridículo que suene, en los videojuegos online la selección natural está a la orden del día. Unos jugadores desarrollan buenas capacidades y otros no; el que no valga será duramente criticado (los insultos son una constante en cualquier partida; de hecho es ahí donde he aprendido toda clase de ofensas en inglés) y, aun manteniendo la compostura hacia afuera, uno no puede evitar sentirse como un jugador mediocre y no-válido en ese mundo concreto. Como en estos juegos hay mucho que aprender, los nuevos necesariamente la cagarán en innumerables ocasiones, y serán vilipendiados por ello; para cuando lleguen a manejarse aceptablemente en el videojuego, habrán soportado innumerables palabras feas. Nadie quiere estar con un noob en el equipo, y conforme uno va progresando, se vuelve más intolerante para con ellos. Aunque siempre hay buenos jugadores dispuestos a resolver las dudas de los noobs, la mayoría prefieren evitarlos.

Entre los experimentados también hay malos rollos, fruto de la arrogancia y el creer que no es uno sino los demás quienes han cometido los errores. Es preciso recordar que en los modos online siempre hay unos que ganan y otros que pierden, así que el resultado se decidirá en función de los errores cometidos; en otras palabras, ganará el equipo que haga menos cagadas. Pero cagadas nunca dejará de haber y, llegado el momento, los dedos acusadores surgirán de todos lados.

Sin embargo, nada es tan desolador como el tiempo que se pierde en estos terribles artilugios; y aquí paso a hablar totalmente en primera persona, pues accedí a mi primer videojuego online hace… hace muchos años. Tardes de verano matando nazis, rusos o aliados en Call of Duty 2; mañanas enteras cazando dragones en Monster Hunter o acribillando enemigos en Resistance Retribution; miles y miles de horas recolectando flores y menas, subiendo de nivel personajes, días enteros -literalmente- dedicados a conseguir chapas con las que comprar ítems, palizas de doce horas seguidas junto a otros veintitrés tíos dispuestos a terminar una mazmorra sea como sea; cientos de partidas largas en League of Legends; e incontables días pegado a la pantalla con Faces of War, Battlefield Heroes, World in Conflict, Call of Duty 4 o Bloodline Champions. Me encantan, joder. Casi nunca he pagado por un juego que en el reverso de la caja no indicase disponibilidad de modo online. El lado menos simpático de toda esa diversión es la adicción, el "aislamiento social", la interminable cantidad de horas perdidas, no invertidas en algo de provecho. Porque si ves muchas películas y, dado que hablar de cine es algo medianamente común, podrás sacar temas de conversación a saco -amen de otras muchas cosas-; pero ni a tu novia, amigos o familiares les interesa saber de la partida cojonuda que hiciste con aquel sacerdote, o del épico set que conseguiste derribando a Illidan pocos meses después de salir a la venta The Burning Crusade, ni de ninguna otra anécdota que solo tiene valor entre los que conocen el juego en cuestión. Con las historias para un jugador al menos transitas por mundos maravillosos durante quince o cincuenta horas, y se acabó; en cambio, la puta droja de los videojuegos online te tiene ahí enganchado, combatiendo por mierdas que, una vez cierres el ordenador o la consola, carecen de todo valor.

Sin duda una forma exquisita de mantener al populus ocupado en divertimentos vanos con los que huir durante unas horas de sus miserables vidas, de sustituir una alienación por otra. Id pertrechándoos de sombreros de aluminio. Los reptilianos están al acecho.

Pd: Lo que podría yo haber hecho en todo ese tiempo… Haber leído el ensayo de miles de páginas que escribió Sartre sobre Madame Bovary, haber hecho hamijos, haber escuchado la discografía entera de Bob Dylan... Bueno, mejor escribir esto con veintiún años que con sesenta.

sábado, 30 de julio de 2011

Mi Primera Comunión


El día anterior de tan pomposo evento hubo un ensayo general; era necesario: el cura conocía al dedillo su papel, pero esos canijos irreverentes... A esos hay que detallarles todo lo que han de hacer, y no perderlos de vista.
Yo estaba entre dichos canijos. Mi participación en la ceremonia tenía su momento culminante en la lectura de una petición, como las misses cuando intentan demostrar una falsa sensibilidad hacia las desgracias del planeta. Los padres se encargan de escribir las peticiones, y suelen ceñirse a esa la colección de frases solidarias que dejan de ser verosímiles cuando se pronuncian en un contexto de gasto elevado e innecesario: “que se erradique la pobreza”, “que se acabe el hambre en el mundo”. Me encantan esos “que se…”; presuponen que los problemas surgen por generación espontánea y terminan cuando la tierra los traga. Después del ensayo general, el párroco se dirigió a mí sugiriendo que había que recortar la petición. “Dile a tus padres que es un texto muy largo. Con cinco líneas mejor que mejor”, imagino que me diría. Claro, no había espacio para mítines, ni se podía romper el equilibrio con textos de cinco minutos rodeados de otros de quince segundos.

Te pido con cariño Jesús de mi corazón
Que las fábricas dejen de producir armamentos,
Que los Diez Mandamientos con las Leyes de Dios
No pasen al museo de la historia como un simple recuerdo,
que no se mueran de hambre los niños pobres Señor
y que se construyan escuelas para el progreso de los pueblos


En estas seis líneas quedó sintetizado el discurso (si, realmente la petición original era “un poquito” extensa) que mi padre redactó ilusionado, seis líneas que acusan a los productores de armamento y reivindican unos diez mandamientos que pasan por ser la recomendación ética más razonable del cristianismo. En el “que no se mueran...” mi padre relajó su espíritu combatiente. Luego ya se puso internacionalista con ese “que se construyan escuelas para el progreso de los pueblos”.
Como cualquier enano que nunca se ha dirigido a cientos de personas, yo estaba nervioso perdido. Me concentre en lo que tenía que decir e ignoré todo lo demás, así que no me fijé en el careto de mi padre. Supongo que tendría dibujada una sonrisa de oreja a oreja; al fin y al cabo su hijo leía cosas en las que él creía -y cree, aunque menos- con absoluta convicción; seguramente fue de los pocos -junto con el cura- que contribuyeron a inyectar algo de autenticidad a la ceremonia, a hacer que lo de ese día fuera algo más que meras apariencias e imágenes bonitas de cara al álbum de fotos de la comunión.

De un tiempo a esta parte la simpatía que siento por los creyentes (los de verdad) se ha incrementado en perjuicio del respeto que tengo por los que aprovechan las celebraciones religiosas como medio para mostrar algo a los demás: compasión, buen traje, etc. La combinación entre religiosidad e hipocresía o exhibición me resulta particularmente detestable. Las comuniones disparan lo repulsivo de ese coctel metiendo niños de por medio. Traje impecable, peinado inusualmente correcto. En las caras de los chavales que desfilan vestidos de marineros o capitanes de barco veo extrañeza; no actúan con naturalidad, como lo harían disfrazados en los carnavales; los padres les arrebatan su característica espontaneidad durante unas horas, no vaya a producirse algún desliz y en el DVD (antes VHS) aparezcan cosas feas.
En la comunión los niños son actores: interpretan poco, siguen un guión escrito por otros, y no tienen mucha conciencia de lo que están haciendo. Tal vez sea mejor referirse a ellos como el decorado.
Por supuesto no actúan sólo como autómatas: saben dónde están y qué hacen. ¿Y fe? ¿Fe tienen? ¿Hay algo de Verdad en una celebración religiosa en la que la relevancia de Dios es desplazada por la de los regalos? Por otro lado, no existen muchas posibilidades: si estás bautizado tendrás que ir a misa, y a clases de religión, enseguida la comunión. El orden está ahí; lo tomas o lo dejas.

lunes, 25 de julio de 2011

Reseñas, reseñas (de discos) everywhere

Es tiempo para la solemnidad y la camaradería. A vosotros, la gente que reseñáis discos, os dedico la entrada de hoy; lo hago porque la actividad por la que sacrificáis tiempo y celulas nerviosas no está todo lo reconocida que debería. Conformáis uno de los últimos baluartes que protegen la figura del álbum, objeto sacro, cosa circular destinada a la adoración. Porque vale, en los carrefoures y cortes ingleses se sigue vendiendo un conjunto de canciones grabadas en formato físico y acompañadas de un trozo de papel multicolor, pero permitidme poner en duda que la gente que compra productos de energúmenos tipo Rihanna o Alejandro Sanz tenga el coraje suficiente para aguantar cuarenta minutos de relleno y diez de singles. Hay mucho por precisar, pero no importa; despeguemos acordando que el populacho consume caquita prefabricada y una minoría selecta que ha llegado a acariciar la Idea del Bien contribuye, con sus reseñas de discos, a la difusión de lo bueno y lo verdadero.

Fotochós de mierda, fotochos de mierda everywhere

Un servidor no se incluye en ninguno de los dos grupos, pues dejó hace tiempo de publicar reseñas con asiduidad, y no porque se haya librado de la egocéntrica pulsión de comunicar al mundo todo lo que ama tal o cual trabajo. En efecto, padezco de eso cada vez que me topo con algo memorable; sin embargo, la ignorancia, junto a mis cutres comentarios canción por canción, me quitan la tontería rápido. En una reseña, a lo más que llego es a decir lo básico, y para eso ya está la wikipedia, amen de un millar de blogs que han comentado dicho trabajo previamente. Por eso me gusta pasear por aquí rarezas; siento que contribuyo a algo, que mis palabras no están del todo trilladas. Puedo además hacer afirmaciones arbitrarias. ¿Quién me va a corregir, si nadie tiene idea del disco en cuestión? Perversiones de un viejo reseñador. O tretas. Si, tretas más bien.

El mundo se habrá vuelto cínico irremediablemente si nadie reconoce haber usado magistral o toscamente las palabras para ocultar su falta de conocimientos en la noble tarea que hoy me he atrevido a ilustrar. Una de las artimañas más divertidas es la de emplear expresiones genéricas para referirse a instrumentos que uno no alcanza a identificar. Así, al puto trombón se le alude como “el avanzar tenaz de los metales” o a los violonchelos como “la sospechosa sección de cuerda”. Todo cuela hasta el día en que identificas el sonido de violín producido por un teclado con un violín real. Ahí la farsa queda al descubierto, y los José Fernández dejan de acechar y pasan a la acción, dándose un festín con tu carne de bloguero desprestigiado.

¿Hammond? ¿Hammond? Yo jámon el de comer y... ¿a dónde vas con esa barra de acero toledano?

Superando estos niveles infames, es posible distinguir dos clases de reseñadores: los que saben y los que, además de saber, gozan -no solo- del don de la palabra. Los primeros son bibliotecas andantes. Fin. Los segundos captan la esencia de las canciones, y la transforman en algo que todos entienden. Aunque hablar de “esencia” es ir demasiado lejos, pues una canción puede tener muchos sentidos, objetiva y subjetivamente. Digamos mejor que esta gente hace unas excelentes interpretaciones.

Pocas diferencias no obstante en lo relativo a la estructura de las reseñas. Las secciones típicas son: contexto, influencias, repercusión, y repaso de las canciones. Siempre he hallado bastante inservible la tercera; siempre, claro está, que uno no aspire a ejercer de musicólogo. Cuando quieres comunicar el apego hacia un disco, sobran comentarios en plan “a partir de este trabajo el género de la bachata experimentó un cenit irrepetible y…”. Por otra parte, medir la cuestión en términos de servir o no servir tampoco es lo más inteligente. Y nada más lejos de mi intención que practicar el talibanismo reseñil. Cada cual que elija sus modos, que de hecho lo que enriquece cualquier escrito sobre un álbum universalmente conocido es el plus que aporta la singularidad del redactor.

Llega en la constrrrucción de la reseña el apartado que más quebraderos de cabeza genera, sobre todo a los más inexpertos: la descripción de las canciones. “¿Cómo la abordo?” -medita uno- “¿me limito a narrar los temas desde el comienzo hasta la mitad de los mismos? ¿Hago incisos técnicos? ¿Cito segundos concretos o lo dejo en un “después del tercer estribillo la guitarra lo da todo”? (hard rock, laberíntico estilo donde los haya) ¿Incluyo metáforas en general? ¿Incluyo metáforas meteorológicas y geográficas? ¿Añado cosas que servirían para la descripción de casi cualquier canción como “la emoción se apodera de mí cuando blablabla?” -se pregunta el exhausto reseñador-.

Siento que me repito en las descripciones. Ah, no, son ellos.

A estas alturas nuestro hombre está tan ensimismado con su humilde ofrenda a la humanidad que le es imposible reparar en que cuatro de sus seguidores suelen abandonar la lectura al tercer párrafo y dos de ellos al cuarto, justo antes de empezar el apartado de las canciones. Pero el reseñador es como los grandes escritores: no busca la atención inmediata de la masa; le basta con que dentro de unas décadas alguien haya captado de verdad sus todopoderosas palabras.


Blao.


(En próximos episodios… Los comentaristas que no leían las entradas)