viernes, 31 de diciembre de 2010

Apasionada y nada navideña reivindicación del egoísmo

Ajeno al fin de año me dispongo a polemizar. El ser humano es un ser egoísta salvo anomalía y el altruismo resulta una ilusión de nuestro tiempo. ¿Impactantes afirmaciones, verdad? ¡Monstruosas! Se le retuercen a uno los músculos de la cara con solo leerlas. Luego viene la psicosis y los bailes en plan “esta yegua no es mi vieja yegua gris”.


Todo sea por dar colorido a la entrada, tusabeh.

Llevaba tiempo queriendo dar forma a mis ideas respecto del egoísmo, palabra usada tan frecuentemente con tintes peyorativos gracias a una ola de corrección política que ha etiquetado como malo lo que le ha salido de los cojones. La crisis económica ha agudizado la condena social hacia el egoísmo en base a la creencia de que los responsables del marrón han sido varios burgueses con sombrero de copa que han practicado el menosprecio por todo aquello que no fueran sus cuentas corrientes.

Egoísta no es, en mi opinión, el que abandona a otros a su suerte. Tampoco lo es quien elude los intereses de los demás. En un intento por abandonar ideas preconcebidas y enfocar el asunto de la manera más racional posible, mi definición sería la siguiente: egoísmo es actuar y decidir conforme a fines que hemos seleccionado y cuya realización nos satisface. Entiéndase que la satisfacción es relativa a cada persona. Un masoquista que recibe latigazos es una persona satisfecha. Un estudiante compulsivo que obtiene matriculas de honor también, al igual que un corredor de encierros que termina la carrera sin ninguna contusión. Satisfacción es por tanto lograr algo deseado. Así que, del mismo modo que actuamos en función de metas que nos producen satisfacción, evitamos por todos los medios todo lo que no nos provoque ninguna clase de satisfacción. El común denominador de todo lo que vengo diciendo en este último párrafo se aprecia fácilmente: Toda acción se orienta hacia el yo, hacia las posibles repercusiones que produzca en mí.

Pese a que el sustrato de la decisión sería siempre el mismo (es decir, “yo me guío ante todo por mis intereses”), los niveles de manifestación varían. En un extremo encontraríamos al hombre que no tiene en cuenta los intereses ajenos a la hora de formular los suyos propios (ligado en el imaginario colectivo a un tipo cruel y maloso). En un escalón mas bajo se hallaría aquel que trata de no hacer amplias demostraciones de egoísmo, aunque lo sea en buena medida (no tanto como en el primer caso). Ejemplos especialmente interesantes me parecen el del hombre que sufre desamor o el que ve morir a uno de sus seres queridos. Ambos son momentos en los que el egoísmo eclosiona, pues las frustraciones de la persona se desarrollan en torno al “¿qué será de mi?” o “¿ahora que voy a hacer?”, es decir, solo se tiene en cuenta el yo. En otro nivel estarían los que usan la apariencia de altruismo como un instrumento con el que alcanzar ciertos fines. Véanse futbolistas visitando hospitales o futbolistas dando un rodeo por África (son afirmaciones ligeramente arbitrarias, lo se). Y ya en un extremo totalmente opuesto al mencionado al principio, estarían las personas que se consideran altruistas de verdad, lo cual no implica que lo sean. Yo tengo la creencia de que no lo son, y para no ganar el primer premio a la cerrilidad, expongo a continuación mi razonamiento.


-Señor Beckham, le agradecemos que venga a Ghana en momentos tan...
-¿Ghana? ¿Pero esto no era la zona de el rey leon de Disneyworld?
-No.

Consideremos de entre los muchos criterios que condicionan una decisión humana aquel por el cual se actúa conforme a intereses propios (“pienso en mi satisfacción”) o a intereses ajenos (“deniego mi interés para hacer predominar el del otro”). Unos y otros intereses estarían en conflicto constante y (he aquí la clave) solo puede acabar predominando uno de los dos. No hay lugar a la integración que posibilitaría un egoísmo de corte altruista, pues en la medida en que ayudamos a otros o pensamos en los demás buscando (consciente o inconscientemente) alguna clase de satisfacción, la esencia del altruismo se dinamita. ¿Se concibe acaso que algunas personas procuraran el bien de otras aun hallando sufrimiento y angustia en ello? Eso si sería altruismo y, no se vosotros, pero yo nunca he tenido la oportunidad de contemplar fenómeno semejante.

Evidentemente el que yo no haya podido observar altruismo no es motivo suficiente para hablar de un egoísmo connatural al ser humano. De hecho es total mi desapego por las teorías que pretenden explicar conductas humanas hablando de características innatas. Por ello la mayoría de los griegos y gente como Hobbes me caen como la mierda. Sin embargo los humanos, por nuestra faceta más animal, tratamos de evitar el dolor y las malas condiciones. En ese sentido de ningún modo estamos dispuestos a sufrir para salvaguardar el interés de otro. Solo actuamos si hay satisfacción de por medio. Podemos repartir mantas en un albergue para sentirnos bien con nosotros mismos, pero nunca haríamos algo así si esa actividad no nos proporcionara nada. Importamos nosotros, nuestros fines. Ante todo. El altruismo… yo es que no lo veo, colega.

Bien, hasta aquí la parrafada. El que discrepe puede expresarse abiertamente. De hecho yo solo busco un poco de certeza. Vamos, que cualquiera con ánimo de convencerme de otra cosa tiene vía libre. Eso si, pido por favor que quien venga aquí con ganas de batalla dialéctica haya leído y comprendido (o intentado al menos) mis argumentos antes de cuestionarlos.

Que tengáis todos un buen año 2011 y sobretodo que aquello que de primeras pinta bien no acabe pintando mal como tantas veces suele ocurrir en esta cachondísima existencia.