domingo, 28 de noviembre de 2010

Koreanos locos y videojuegos chulos

Mi faceta de adivino no me ha dado muchos éxitos. Nunca he ganado una bonoloto. La suerte tampoco me ha sonreído con los euromillones. Es cierto que nunca he puesto un céntimo en ninguno de los dos juegos, pero eso son detalles insignificantes. No he nacido para predecir, vaya. Lo más depresivo del asunto es que mi primer acierto no va a procurar buenas consecuencias. Ni a mí ni a nadie. Hace dos meses y medio auguraba en este mismo blog un posible desenlace catastrófico a causa de los rifirrafes entre las dos koreas. Pues bien, por lo visto los dos púgiles se han colocado los guantes y quieren pelea. Mierda, la primera guerra mundial empezó así, por culpa de un mini conflicto en el que los mongólicos de turno iban de guays con el puto nacionalismo. Esta vez no son mongoles, sino koreanos. Santa Madonna, ¿puede la civilización entrar en caos por culpa de unos fistros que tienen los ojos deformes? Quizá esa sea la causa. Debido a los ojos rasgados no pueden ver que alcanzar la felicidad es inversamente proporcional a jugar a los misiles con el país vecino.

Bien, ahora que ya he ejercido de informador frívolo iré al tema que en verdad hoy tenía pensado tratar. Toca hablar de videojuegos. Quien nunca se ha acercado a una consola o al pc para echar unas partidas seguramente se pierda entre nombres y aventuras que solo un gamer puede entender. Yo aviso, leñe.

Soy al igual que los koreanos un tío aficionado al combate. Al combate online. Mi predilección por juegos de esta clase siempre ha sido muy alta. Tantísimas horas dedicadas al Counter Strike, al Call of Duty 2 y a las battlegrounds del World of Warcraft. Su diversión se basa en la mera simpleza que proporcionan dos bandos y el único objetivo de matar al contrario gracias a unos buenos reflejos y a lo que en lenguaje freak se denomina “tener manos”. Lo contrario es ser manco. Llamar manco a alguien en una partida online es casus belli de toda la vida. Los últimos meses vengo disfrutando de un juego muy en esta onda: League of Legends. Lamentablemente muchos de los equipos con los que estoy condenado a jugar abundan en noobs y afks (away from keyboard. Sigo con los términos freaks). Me jode perder por culpa del ajeno cuando yo he hecho una gran actuación. Es como ser el tío que le echa la vida a su parte de un trabajo en grupo y que luego suspende porque sus compañeros son unos patanes. Bueno, hablo de cuando perdemos. Cuando ganamos es otra historia. Respiro aliviado y dejo que las endorfinas liberadas me teletransporten al paraíso.


Ohh, siii, índice de asesinatos 24-1. Esto no lo supera ni aquella vez que acerté once en la quiniela.

Mi afición a los videojuegos no es muy variada, pero más allá del online de vez en cuando me dejo cautivar por las buenas historias y los juegos que logran hacer a uno parte de un universo único. Hace dos días me pasé el Mass Effect 2. Mi amigo Aitor tenía razón en su descripción. Una joya de proporciones épicas. La misión final sumerge a la persona con una secuencia cinematográfica alucinante que después de unos minutos cede el turno al jugador. Cine y videojuego. Acción y rol. Todo en uno. Una fusión gloriosa. Me ha hecho recordar otras experiencias muy interesantes frente a la pantalla. La saga Metroid Prime también iba de naves, planetas lejanos, y bichos asquerosos. Para ser de los años 2003 y 2004 y tener como plataforma la efímera Gamecube, la calidad gráfica era notable. En definitiva otra estupenda combinación entre escenarios flipantes y una historia lograda. No obstante algunos juegos de esta onda tenían siempre una pega para mí: me ponían muy tenso. Por ejemplo, el primer Metroid Prime no lo llegué a terminar. La última misión duraba aproximadamente una media hora y caer muerto significaba volver a empezar, volver a acabar con las patrullas, volver a destrozar la coraza del malo y, finalmente, volver zurrarle al malo. Probé a cargarme al boss. No lo conseguí y nunca más volví a intentarlo. Si, una tragedia.


Avisad qué vais por la espalda, cabrones.

Entenderéis pues que no me hacían ninguna gracia los típicos videojuegos en los que hay que manejar a un héroe cuya encomienda es zumbarse él solito a un ejército. Por ejemplo, ¿cómo se puede concebir que un soldado americano sea capaz de curtir el lomo a todo un batallón alemán? Es extremadamente irreal, y odio estar solo frente a un millón de enemigos. Por eso llevo mejor los juegos de acción en los que el protagonista es acompañado por una serie de bienhechores. Mucho mejor aun saber que estoy jugando con personas de carne y hueso. World of Warcraft, uno de los grandes mmorpgs (massively multiplayer online role-playing game. Si, tiene tela), satisface ese deseo de forma impecable. De hecho para avanzar es preciso complementarse con otros jugadores.

Recuerdo como los primeros días con el WoW quedé estupefacto. Yo era un iniciado. Escogí la raza de los elfos nocturnos. El tamaño del mapa impresionaba. Había tantas zonas por descubrir. Ni más ni menos que un mundo que se advertía exótico y completamente desconocido. Sentí la particular curiosidad que me posee cuando me encuentro en un lugar lejano del que no sé nada. Estaba empeñado en lanzarme a “ver mundo”. Aunque tenía que ir paso a paso, pues mi equipo (armadura, espada, etc) era una basura y bastaba alejarme demasiado para que cualquier ínfimo monstruo me destrozase. Iniciaba la aventura en una isla apartada de Kalimdor (uno de los continentes). Los árboles eran tan altos y presumían de tanto follaje que la luz del sol difícilmente atravesaba la espesa capa de hojas. La banda sonora creaba el aura de misterio perfecta. Y yo mientras tanto era un pelele enamorado de la atmosfera del juego. De repente vi como un enano a caballo se acercaba a mí. Tenía una armadura deslumbrante y se notaba que el sujeto había combatido en muchas batallas. Me dijo que venía de otro continente y yo, al no conocer más que mi pequeña islita, me preguntaba que podía haber ahí fuera.


Esos troncos deben tener unos años.

Es solo una de las incontables experiencias que he tenido durante unos dos años jugando de forma irregular al WoW. El trabajo de Blizzard ha sido titánico. Se merecen con creces todo el dinero embolsado. Sin embargo fueron partícipes de una blasfemia. En 2009 se celebraba una convención de frikis llamada Blizzcon. El invitado estrella era Ozzy Osbourne, también conocido como el bufón del metal. No me gusta Ozzy Osbourne, y no me gustó que en aquel paupérrimo directo hubiera un niño japonés ejerciendo de Randy Rhoads en Crazy Train mientras papa Ozzy le daba palmaditas y le cogía con cariño. Joder, Crazy Train es un clásico del heavy, no la nueva atracción de Disneyworld.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Conclusión: la colonia es para los gayers

Pues ayer anoche estuve viendo un rato La Noria, el programa de Telecinco. Lo hice porque en general es más divertido degustar un plátano delante de la televisión que frente a los azulejos de la cocina, salvo que uno tenga la suerte de residir en alguna villa cuyas paredes sean patrimonio cultural protegido por la UNESCO. No es el caso.

Para no perder mi honor matizaré que solo me tragué telebasura durante unos pocos minutos, y que más tarde procedí con actividades mejor reconocidas socialmente. El protagonista del programa en aquel momento era el padre de Marta del Castillo. Por lo visto el hombre ha reunido un millón y pico de firmas con las que pretende que el parlamento considere su propuesta de llevar a cabo un referéndum en el que se votaría si incluir la cadena perpetua como posible sentencia. Sentí una especie de horror al ver como las diversas ocurrencias de este hombre eran aclamadas por el público. Después recordé aliviado que los espectadores de los programas de televisión hacen a cambio de unas pelas lo que el regidor quiere. No obstante han sido demasiadas las personas que se han dejado llevar por el populismo. Acojona. Se me viene a la cabeza las palabras de Maquiavelo en las que tanto énfasis lleva poniendo un profesor nuestro durante las últimas clases: “Quien engañe, encontrará siempre quien se deje engañar”. ¿Cómo tras cinco siglos puede seguir habiendo tanto iluso dispuesto a demostrar que esa cita está de actualidad? Si bien no queda muy claro quién representa el papel de manipulador social (PP y mass media han contribuido inestimablemente), el colectivo de timados se ha tragado de lleno toda la argumentación en favor de la cadena perpetua. Me deja helado pensar que el asesinato de una chavala (que por muy doloroso que sea para la familia no pasa de nimiedad. Lo digo alto y claro) pudiera ser la causa primera de que la legislación abriera las puertas a la cadena perpetua. ¿Alterar algo tan importante en base al impacto sentimental que produce la imagen de dos padres destrozados? Hostia, la peña está zumbada.

Será pues esta una de las pocas ocasiones en las que daré gracias a la estructura política existente por apartar la susodicha propuesta de los llamados “asuntos serios”. Imagino las reacciones. Los padres de Marta convocarán a los medios para decir que el sistema no funciona, los bobos se indignarán, y yo seguiré siendo un joven bastardo incapaz de incorporar en su rutina la noble costumbre de madrugar. ¿Para qué sirve un despertador cuando no se tienen obligaciones pendientes a la mañana? Efectivamente, para nada. Me pregunto quién fue el mongolico al que se le ocurrió que un artefacto que hace pitidos sirve de algo. Mi teoría es la siguiente: Lo que insta al dormilón a levantarse no es una alarma programada como la del móvil o la del reloj. ¡No! En ausencia de obligaciones externas, lo que le obligaría a despertarse irremediablemente sería algo que molestase de verdad y que no se pudiera apagar. Mis inventos girarían entorno a esa idea. Un aparato que haga sonar durante diez minutos seguidos death metal, un colchón que se enfrié paulatinamente hasta obligar a que el individuo se mueva de una puta vez, una alarma que solo se desactive al terminar con éxito un sudoku de nivel fácil. A eso me refiero, ¡por todos mis maquiavelos!

El mundo necesita productos en esa onda, y no tantos perfumes cuyos anuncios falocráticos copan todos los putos espacios publicitarios. Lo terrible es que si lo hacen es porque hay millones de olorosos dispuestos a adquirir una fragancia. Bueno, no. Al fin y al cabo no veo ninguna pega en que los hediondos se ayuden de la química para tener un hueco en la sociedad. En verdad el esperpento se halla en las personas que sin despedir tufo se aplican alguna clase de desodorante o colonia. Vamos a ver, ¿desodorante para qué? ¿Acaso en las actividades cotidianas alguien se va a acercar con el propósito de olisquear axilas? ¿O se supone que a la hora de follar el macho debe de ser un gustazo para el olfato? Pero si el sexo es la cosa más cerda del mundo. A otra asunto. ¿Colonia? ¿Para qué? ¿Cuál es el motivo que lleva a alguien a crear su propio radio de olor? Y luego el personal se queja de los fumadores…

Joder, me duele la puta espalda.