domingo, 29 de agosto de 2010

The Game


Queen - 1980
1. Play the Game 2. Dragon Attack 3. Another One Bites the Dust 4. Need Your Loving Tonight 5. Crazy Little Thing Called Love 6. Rock It (Prime Jive) 7. Don't Try Suicide 8. Sail Away Sweet Sister 9. Coming Soon 10. Save Me
Shakira recoge entre sus influencias a Queen. Es una teoría mía basada en supuestos definitivamente estúpidos. Por ejemplo, todos los discos de la culona colombiana están inmortalizados con su imagen. En unos sale rubia y en otros morena. En unos sale incitando a la lujuria y en otros se muestra cual modesta chica buena. Las portadas de Queen no se quedan atrás. Mercury, May, Taylor y Deacon también eran fans de aparecer en sus portadas, desde la mega-freak cover de Queen II, pasando por el vanguardismo de Hot Space y alcanzando el horror visual en The Works. El caso es que salen juntos en unas cuantas. Ese es mi argumento de mierda para defender la citada hipótesis. Dado que ya he cometido la blasfemia de mezclar a Queen y Shakira en el mismo párrafo y hasta en la misma frase aprovecho para indicar que los de allmusic sitúan entre las principales influencias de Shakira a Led Zeppelin. Esto es como lo de escribir “illuminati” al revés en la barra de Internet y que te conduzca a la agencia de seguridad nacional norteamericana: misterios de la vida.

Todos tan felices antes de que la guerra de las Malvinas anulase el buenrollismo anglo-argentino.
Hay tantas cosas que uno no llega a comprender... Por ejemplo, ¿por qué hay tantos prejuicios con la música? Recuerdo como hace meses un adolescente pedía ayuda en un foro. Preguntaba al personal si era adecuado y natural que le pudiera gustar simultáneamente Metallica y los Sex Pistols. Comprobado, la coherencia es como los preservativos: si pretendes darle mas uso del debido se volverá en contra tuya. En fin, allá cada uno con sus límites mentales. Considero en cualquier caso un ejercicio positivo guiarse no tanto por los géneros como por el hecho de que un disco tenga contenido. Un artista que publica su último trabajo con tres cuartas partes de relleno es un tío que se esta riendo de sus fans, y en este sentido da igual hablar de pop, metal, o jota aragonesa. Cuando escucho un disco quiero canciones que me hagan creer que aquello iba en serio y que el autor se volcó para sacar algo que el pensase merecía la pena.
Esto último es lo que me sugiere The Game, estandarte con el que Queen se engalanaba para entrar en los controvertidos años 80. Cruzaban una línea que los apartaba paulatinamente de su sonido previo para adentrarse en nuevos terrenos atestados de funk, música disco, y pop rock de radiofórmula. Eran influencias que indudablemente tuvieron su peso en la banda. Sin embargo quiero resaltar como característica peculiar que The Game en la actualidad continua sonando fresco y cargado de energía, en contraposición con los grandes éxitos de la época que fueron enterrados en el olvido con la nueva década que se avecinaba. Se trata de un álbum extremadamente comercial, diseñado de principio a fin para triunfar en los rankings internacionales, pero siempre marcado por el buen hacer. ¿Acaso comercialidad y talento son conceptos reñidos? Ojala en la escena musical de hoy los trabajos llamados a ser superéxitos gozasen del nivel que tiene este disco. Su sencillez compositiva te entra por los oídos, te hace disfrutar, y te captura durante un buen rato. Es atractivo de principio a fin y tiene escasos altibajos. Con melodías súper pegadizas y geniales Queen de nuevo supieron dar con la clave para enamorar al mundo.

Roger Taylor: “¿Y esa foto? ¿Ahora somos un power trio sin batería?”
Play the Game, que ni mucho menos advierte como va a ser el resto del disco (solo los efímeros sintetizadores que se oyen cerca del final dejan intuir algo), es la representación de un Queen pasado que queda materializada en una balada rock cargada de notables diálogos entre Freddie y los coros. Con Dragon Attack se produce el viraje hacia el funk. Los pianitos ya no existen. Solo queda una machacona sección rítmica hace de hilo conductor sobre el que se sitúan multitud de ganchos. La desbocada guitarra de May es un ejemplo de ello. Another One Bites the Dust continua en esa onda contribuyendo a agrandar la lista de canciones históricas de Queen. Ritmo agresivamente adictivo del que Deacon debió terminar hasta los cojones con eso de repetir las mismas notas una y otra vez. Mercury vuelve a lucirse con descaro en este mítico tema. Need Your Loving Tonight resulta veraniega, animada, y supercomercial. Compositívamente simple pero repleta de una particular energía que estalla en el solo de guitarra. Me encanta. Crazy Little Thing Called Love, otro track para el recuerdo. Un rockabilly agradable y delicioso de escuchar. Rock It, en efecto, rockea, aun haciendose esperar. Aires ochenteros y potencia desatada dentro de lo que una banda como Queen se permitía en aquel momento. Taylor no lo hace nada mal llevando la voz principal, aunque sería curioso escuchar este tema interpretado por Freddie. Dont Try Suicide mejora conforme avanza, pero deja que desear. Brian May, como siempre, excelente en sus aportaciones. Sail Away Sweet Sister figura como una baladita de May. Mercury aparece contribuyendo en el entrañable final. Llega Coming Soon, tema movidito y enérgico compuesto por Taylor. Se mantiene en la línea. Save Me cierra emotivamente entre los calidos pasajes en que Mercury entona sereno y el efectista estribillo, que convierte a la canción en un tema inolvidable, universal, y clásico absoluto.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Moontan


Golden Earring - 1973
1. Candy's Going Bad 2. Are You Receiving Me 3. Suzy Lunacy (Mental Rock) 4. Radar Love 5. Just Like Vince Taylor 6. The Vanilla Queen

Desembarca en el blog algo de rock holandés. Hago hincapié en esto porque dudo que del nombrado país caigan por aquí discos más allá de Golden Earring y Focus, dos formidables bandas que con su talento pugnaban a principios de los 70 por abrirse paso en una escena musical prácticamente dominada por los productos anglosajones. Triunfar en territorio propio era básico, y poder salir de las fronteras alcanzando una buena posición en las listas extranjeras de éxitos se convertía en el máximo objetivo de cualquier grupo ambicioso y en el sueño de cualquier adolescente. George Kooymans y Rinus Gerritsen eran dos canijos cuando en 1961 montaban su grupo influenciados por el rock&roll del momento, el cual predomina en sus primeros trabajos con los que se van haciendo un hueco en el panorama musical de los países bajos. Nuevos componentes llegan al final de la década. Barry Hay toma el micrófono y Cesar Zuiderwijk se adueña de la batería. Los cambios no se producen solo en la alineación, sino que Golden Earring gradualmente va abandonando el estilo de sus inicios para centrarse en el mundillo psicodélico, haciendo sus pinitos con temas como "Eight Miles High" con el que versionaban a los Byrds en una canción que dura 20 minutos en estudio y mas de media hora en directo. Por suerte entrados los 70 el sonido de sus discos evoluciona, acogiendo en cierto modo el hard rock que aquellos días se fraguaba en Inglaterra. Por entonces Golden Earring ya era una banda reconocida. Habían cruzado el canal de la Mancha y también el océano Atlántico. En esas circunstancias graban Moontan, disco que entra a formar parte de los 20 mas vendidos de aquel año en EEUU con el single Radar Love a la cabeza. De primeras puede sorprender la escasa cantidad de canciones. Se aprecian maneras de hard rock sin dejar de lado totalmente sus raíces rock&roll de años atrás. El aroma progresivo también está presente gracias a pequeñas participaciones orquestales, canciones que van moldeándose e importantes cambios de intensidad. Pese a ello el disco es profundamente asequible y delicioso de escuchar. Es una pena que a excepción de Radar Love el resto de material se mantenga tan desconocido para buena parte de aficionados del rock más veterano.

Petándolo


Candy's Going Bad encandila con un arranque demencialmente bueno. En su mayor parte es un tema de hard rock que tras unos minutos se suaviza y pierde la contundencia en un pasaje no por ello menos interesante de escuchar y que realza el ingrediente progresivo de Moontan. La canción asoma con ese riff serpenteante magistralmente guiado por dos guitarras en diferente distorsión y que me recuerda muchísimo a Ritchie Blackmore. En seguida la voz de Barry Hay hace acto de presencia y la canción queda casi definida, brillando conforme pasan los segundos. El bajo, cuando permite ser oído, es una delicia, los “Are you satisfieeed?” me enamoran, y ya cuando sobreviene el ardiente solo de guitarra (2:04) pienso para mis adentros que estoy ante una pieza singularmente redonda. Le sigue Are You Receiving Me, más de 9 minutos que en la primera escucha siempre se perciben estructurados de manera muy extraña. La sección rítmica es simple y repetitiva, pero profundamente adictiva. El saxo que se da cita en la tercera estrofa (1:27) incrementa la intensidad de manera inesperada. Esta estructura se repite de nuevo y en breve la canción se sumerge en un pasaje ligeramente sombrío (3:47) cuyo avance es excepcional. La batería se incorpora cada vez mas mientras desfilan multitud de instrumentos. Flauta y saxo contribuyen, pero nada como la guitarra (6:25) de Kooymans. Sin comerlo ni beberlo el tema ha retomado toda su desbordante energía, hasta explotar. Suzy Lunacy (Mental Rock) toma un cariz animado y festivo que por momentos alcanza sonidos country, decayendo levemente el disco. A continuación llega Radar Love, uno de esos singles que triunfaron en su época pero que con el paso de los años han sido colocados en un discreto segundo plano de grandes temas setenteros versionados hasta la extenuación. Aun así sus momentos son inolvidables. Zuiderwijk, baqueta en mano, abre camino a la esplendida línea de bajo. No se queda detrás el prodigioso estilo con que la guitarra responde a los versos de Barry Hay (0:49) A partir de ahí se suceden las subidas y bajadas constantemente volviendo siempre al explosivo estribillo. Just Like Vince Taylor con su guisa de rock&roll es un tema entretenido, de duración adecuada y que se olvida de una a otra escucha. The Vanilla Queen deja en evidencia que Golden Earring era un grupo versátil, capaz de meter en un disco multitud de géneros y combinarlos a un nivel que ya quisieran otros. Este último tema es netamente progresivo, pero de formas nítidas y accesibles. Se halla distribuido en dos partes. En la primera la voz de Hay emerge junto con los efectos de sonido hasta tomar todo ello cierto ímpetu en el estribillo (1:32). Repite la formula de nuevo. Tras ello es la guitarra acústica la que rápidamente coge protagonismo (3:15). Después la eléctrica, en un solo majestuoso (4:24). El falso final sirve de interludio para el glorioso desenlace en el que la melodía va adquiriendo forma bajo los épicos estallidos orquestales (6:25).

domingo, 22 de agosto de 2010

Canciones raras de cojones


Si otros pueden hacer de unas bolsas de basura objeto de admiración yo estoy en mi derecho de ser un pesado. Sirva esto como aclaración elemental antes de dar caña con otra aburrida dosis en contra del arte contemporáneo, el cual he descubierto que no me irrita, ni me atemoriza. Todo lo contrario, me lo paso chachi viendo esas frikadas. Por unos instantes me vuelvo un Félix Rodríguez de la Fuente y narro mentalmente el acercamiento del animal al objeto de excitación: los pasos que da, en que postura se coloca, como lleva a cabo la copula metafísica con el objeto artístico. Es un mundo, no hay duda. Un mundo descojonante. Me decía el cultureta de turno: “lo maravilloso de estas obras es que tienen multitud de interpretaciones”. Yo le respondo que “por esa regla de tres, en la medida en que se admiten multiplicidad de perspectivas cada uno puede considerar arte lo que le salga del orto, es decir, una cáscara de plátano sobre un paso de cebra puede ser arte porque yo digo que me transmite sensaciones únicas”. “Así es”, contesta el, y yo pienso: “claro, pero tu cuando ves una jodida cáscara de plátano en el suelo pasas de largo, mientras que si te la encuentras bajo los focos del museo cruzas los brazos y te dispones a observarla con detenimiento”. Es asombroso toda la influencia que puede tener el entorno, y todo el efecto que puede lograr en algunos un cartelito con palabrería pedante y vacua aludiendo al supuesto objeto artístico. Pero lo que decía, que yo al menos me divierto como un enano. Si me dieran a elegir entre una exposición de románico y una de vanguardias no lo dudaría un solo momento.


“Sr McClure, ¿y dentro del terreno musical también hay frikadas contemporáneas?”


Por supuesto, Jimmy, por supuesto. He aquí tres deleznables casos:
En 3er y deshonroso puesto: King Crimson. El rey carmesí evidencia que el jazz y las drogas son una mezcla muy mala, y que un disco puede tener altibajos más grandes que los bíceps de Schwarzenegger en Conan el Bárbaro.



Le sigue en 2º puesto... Si, Black Sabbath, demostrando que no solo dieron un vuelco en la música del momento, sino que también fueron pioneros en la producción de canciones de relleno. Mas tarde otros cogerían la idea y la evolucionarían, incluyendo en sus álbumes canciones de relleno no de 90 segundos, sino de 5 minutos.



Redoble de tambores y escotes visibles desde Vladivostok sirven para anunciar que canción ocupa el 1er puesto. El premio eees paaaaraaa... ¡John Frusciante! En efecto Failure 33 Object es la obra cumbre en esto de la música coñazo. Pero sus meritos no se quedan ahí. Es además una pieza insoportable de escuchar una vez pasados los dos primeros minutos. Algunos críticos mencionan que la inspiración fundamental de Frusciante a la hora de componer este tema se produjo en una visita que hizo al parque de bomberos. Evocadores momentos.

sábado, 7 de agosto de 2010

Ashes Are Burning (Renaissance)


El rock progresivo nunca ha sido música comercial. Ni las suites de media hora comulgan con el formato radiofónico ni la mayoría de oyentes están dispuestos a soportar el contenido de dichas suites. Pueden especificarse multitud de aspectos acerca de lo que no es el progresivo. Lo contrario, precisar características universales, es tarea difícil, pues el género que así se define no es otra cosa que un cajón de sastre, un saco al que introducir todo lo anormal en cuanto a complejidad se refiere.

Salen mas guapos que los de Yes. Algo es algo.


Dentro de este cúmulo se halla Ashes Are Burning, la propuesta de hoy, uno de esos discos que marcaron un punto de inflexión en mi afición por la música. Al igual que obras de King Crimson, Genesis y compañía, necesita de una atención constante. Eso puede verse como algo negativo en la medida en que al regresar de un alto para ir al baño penosamente puede uno volver a reengancharse a la canción que toque. En cambio, al centrar la mente exclusivamente en esta escucha, es posible disfrutar mucho más que con un vacuo estribillo pegadizo. No solo se trata de advertir el desarrollo de la canción, sino también los detalles. En ese sentido Renaissance es una banda peculiar. Las influencias de jazz son muy reducidas en comparación con el peso de un sonido clásico que se materializa gracias al piano, los violines, y algún que otro instrumento de viento (por ese orden). Es un verdadero placer poder oir estos instrumentos lejos de formulas sinfónicas e intrincados impromptus. Particularmente en este álbum dichos instrumentos se combinan con el bajo, la guitarra, y la voz de Annie Haslam, lo que le da un carácter que de primeras siempre resulta atractivo.
Aires folk habitan junto a atmósferas oscuras y errantes del mismo modo que el tono a veces optimista de la guitarra acústica se cobija al lado de amargas notas de piano. Lo cierto es que hay diversidad, algo que no se vuelve contradictorio con lo accesible del disco. Pocos han sido capaces de crear obras complejas que se muestren inteligibles sin necesidad de haber pasado años metido en un conservatorio. Estos tíos lo consiguieron.

Portadas desafortunadas Vol.2

He intentado desmenuzar cada canción como mejor he podido, confiando en que por ello no pierdan magia futuras escuchas. Cada cual puede dar al disco el trato que quiera, pero yo siempre invitaré a tomarlo como un viaje de pasajes inolvidables.
Can You Understand se abre paso en base a un sonido que varía en los tiempos y en las texturas. La diferencia entre las distintas secciones de la canción se percibe fácilmente, pero el cambio de una a otra no resulta molesto ni errático sino que fluye sin obstáculos. Las deliciosas notas iniciales de piano desarrollan la melodía como poseídas por una fuerza frenética y secundadas al abrigo de batería y bajo, el cual no se esconde en un plano inadvertido sino que proporciona toda la intensidad que puede. Se relajan los ánimos (2:31) y del silencio brotan voces, delicados arpegios de acústica y, tras ello, la esplendorosa voz de Annie Haslam. ¿Cómo definirla? Cristalina, pulcra, angelical. Esta mujer estaba ya curtida en lo suyo, pero sabe imprimir la personalidad adecuada al sonido de Renaissance. Su manera de alargar las notas continua maravillándome. El ritmo se apresura (4:18) y Annie deja caer ese placentero “Can you understand”. Extraño al principio el siguiente pasaje gradualmente se convierte en algo francamente acogedor (5:23). El violín y los metales de fondo colaboran bastante en esto. Regresa la voz para desaparecer en breves instantes (7:03). Aquí hay un momento que me encanta (7:45). La guitarra define una sencilla melodía a la que violines se agregan cada vez más agudos e impetuosos. Definitivamente la canción vuelve a su cauce (8:31).
Let It Grow es pura sencillez y pese a sus 4 minutos de duración se hace corta. No es un parecer extraño después de haber escuchado Can You Understand. Efectivamente la canción se desarrolla guiada por un simple pero calido piano que da pie a Annie y sus geniales y hermosos recursos vocales. Ella es la protagonista de este tema, el cual finaliza arropado por coros bañados en optimismo (3:17).
On The Frontier retorna a las formas progresivas. Pese a durar casi lo mismo que el track anterior es bastante mas rica en matices instrumentales. Además, la voz de Jon Camp se añade a la de Annie formándose así una amalgama vocal interesante, la cual queda canalizada por los alegres acordes acústicos iniciales. Sobre el ritmo ralentizado y el persistente piano se construye todo lo demás. Un inesperado quiebro (1:51) lleva el tema a terrenos casi fantasiosos. Los imponentes redobles de tambor ayudan a su vez (2:39) a dotar de nuevo de aires distintos la canción (3:12). Estoy convencido que la forma de concluir pudiera haber sido perfecta para dar paso a algo que pudiera nivelar On The Frontier al estatus de Can You Understand.
Durante mucho tiempo Carpet of the Sun fue una de mis canciones predilectas del grupo. Recoge elementos que en este punto ya han sido escuchados, los revuelve entre si, y saca algo completamente distinto. Los violines, vivaces, tienen aquí una relevancia especial. Junto con el piano consiguen el efecto ideal. Y que decir del estribillo (0:49) Hermosos versos.
At The Harbour es ni más ni menos que la antesala perfecta para la pieza final. La melodía de guitarra acústica y la voz con algunos efectos de reverberación evidencian que no todo iba a ser animado y optimista, sino que se sigue a la espera de algo completamente distinto.
Ashes Are Burning. La canción que da nombre al disco es personalmente una de esas que deben permanecer, aludiendo al compañero Raúl, en cuarentena. Escucharla, para mi, nunca ha dejado de ser una experiencia abrumadora. Por unos instantes me abstraigo a un nivel inusual y es entonces cuando las emociones me inundan, se apoderan de mi, e inmóvil me deleito con todos y cada uno de los detalles que acaecen en los 11 minutos de duración. No es posible traducir eso en palabras, pero si describir como mejor pueda el progreso de la canción, así que allá va. Todo empieza con carácter ambiental, como siguiendo los últimos remates de At the Harbour. La ventisca de los primeros segundos traslada al oyente a otro escenario. Aquí no ocurre como en Can You Understand. No hay secciones fácilmente diferenciables, sino un complejo desarrollo que debe y merece ser objeto de atención. Al piano inicial se incorpora una guitarra acústica cuyos rasgueos suenan profundamente afilados. Tras el va Annie, sin cambios, concibiendo una atractiva melodía. El turno siguiente será para el piano (3:02). A estas alturas llega el primer quiebro (3:22) de manos de un bajo con cruda distorsión que sirve de preámbulo a la entrada de piano y batería. Aquello se torna ligeramente oscuro para lo que venimos escuchando. Toma intensidad hasta que un nuevo cambio se impone (5:07). Parece que todo ha quedado en calma y despejado, pero no, esto solo es una pausa para el notable regreso de piano y batería, que van forjando una imponente melodía. Los teclados (6:34) añaden vigor. Y otra parada en seco (7:00). Los teclados se quedan solos y Annie deja caer sus calidos versos. Parecía que toda la potencia y el peso del tema ya habían sido descargados, aunque las apariencias engañan. Al espectacular “Ashes are burning the way” (8:22) le sigue un arranque bestial y extremadamente pesado del que son participes imperturbables las violentas líneas de bajo y el sonido de los teclados. A su vez, la guitarra eléctrica (interpretada por Andy Powell, invitado del grupo) hace acto de presencia en un solo único y emotivo que va difuminándose progresivamente. Si uno escucha la canción con cascos resulta impresionante atender a como la guitarra que en un principio solo suena en el auricular izquierdo va avanzando hacia el derecho. Del mismo modo, el ritmo marcial de batería surge desde el auricular izquierdo y sigue el mismo camino que la guitarra, solo que esta va quedando poco a poco sepultada bajo la fuerza ineludible del resto de instrumentos.
Inconmensurable de principio a fin.

martes, 3 de agosto de 2010

No More Tears


Ozzy siempre ha sido afortunado. Desde sus inicios en solitario se ha mantenido arropado por el talento de verdaderos guitar hero. En los 80 y por muy corto tiempo fue Randy Rhoads, cuya labor en el recordado Blizzard of Ozz es más que sustancial. Tras su muerte se intento cubrir el puesto de guitarra no sin apuradas complicaciones. Zakk Wylde sería el hombre definitivo. Siempre supo que su futuro estaba ligado a la música. Así que, cuando se entero de que Ozzy estaba haciendo audiciones en busca de un sustituto para Jake E. Lee, no se lo pensó dos veces y envío una cinta con sus canciones para probar suerte. En un principio no tuvo éxito y todo habría quedado ahí si Randy Castillo, entonces batería del grupo, no hubiese propuesto llevar a cabo una prueba para comprobar si aquello cuajaba o no. El acuerdo no se hizo esperar y Zakk consiguió su ansiado objetivo.



Con semejante asociación de ases de la música la banda de Ozzy Osbourne retomó su estela. Pronto su peculiar estilo de herencia heavy y matices hardrockeros volvería a imponerse. En 1991 la escena del metal ni mucho menos se había debilitado. Metallica asestaban un golpe sobre el mercado con su álbum negro un año después de que Judas Priest publicase Painkiller y Pantera abriese nuevos caminos.
Cuesta situar No More Tears en una categoría determinada. Del hard rock recoge la clásica estructura riff-estribillo-solo-estribillo y los ritmos facilones. Ozzy se limita a hacer lo de siempre, osease, poner su marchita voz al servicio de las canciones y representar la megalomanía. No hace falta más que ver la portada. Resulta paradójico que el nombre de Zakk Wylde quede en un muy discreto 2º plano pese a ser el evidente protagonista tanto por su participación en la composición del disco como por la calidad de su interpretación. Sus riffs desnucan cabezas, sus arreglos salvan la vida al amigo Osbourne, y sus solos son mayoritariamente instantes atemporales del género.
Pero siendo justos hay que decir que Zakk es un ser odioso y culpable de muchas desgracias. ¿Cuántas victimas por roturas de cuello habrá provocado el headbanging extremo resultante de atender a las inconmensurables guitarras de No More Tears? Si hay alguna certeza en la vida esta es la imposibilidad de escuchar algunas canciones con un mínimo de serenidad. No, coño, hay que levantarse, hacer air guitar, dar bamboleos a tus huesos hasta empezar a sufrir roturas cervicales. Esa es la esencia del disco.
No More Tears es, para saldar esta parte, una atronadora maquinaria donde las piezas se conjugan con precisión. Efectista y contundente, transporta la esencia de ese peculiar estilo que Ozzy impregnaba tras su etapa Sabbath, pero esta vez barnizado con varias capas de furia y celeridad que varían en intensidad y nivel a lo largo de los 56 minutos de duración.



Mr. Tinkertrain constituye la aplastante declaración de intenciones. El oscuro comienzo no engaña, pues se conoce de sobra que algo potente está por llegar. Los imponentes golpes de Randy Castillo en la batería son el acompañamiento perfecto para Zakk Wylde. Antes del primer minuto el riff, consistente como pocos, ya ha brotado (0:54). Aunque no se queda ahí la obra del amigo Zakk. Sus arreglos caen sin cesar y alborotan la cordura del oyente. Ozzy, que ya no esta como en sus primeros tiempos, cumple. El solo (3:56) es todo un símbolo del heavy metal mientras que el final de coros y berridos sirve como puntilla para esta obra de arte.
Mama, I'm Coming Home surge melosa y tranquila como ella sola mientras Ozzy respira aliviado por no tener que volver a forzar su ya gastada garganta. Sección rítmica y una discreta guitarra cambian la textura de este track (1:23) añadiéndole un poco mas de intensidad. Lo que sigue bien podría quedar como algo de Bon Jovi.
Desire mantiene el alto nivel con un ritmo que no llega nunca a pisar el freno. Empieza a repartir caña con un Zakk que dispara distorsión y sacudidas guitarriles a diestro y siniestro, aprovechándose con mucha inteligencia de los huecos que deja Ozzy entre algunas estrofas.



No More Tears supone uno de los mejores momentos del disco. Los teclados portan un aura evocadora que se debilita hasta que la canción termina cristalizándose en ralentizadas secuencias con un Ozzy que recita los versos al tiempo que Zakk le responde con su particular estilo. Los sintetizadores recobran el aura desaparecida (3:19) para aparentar un falso final. Todo se torna sumamente extraño dada la orientación salvaje que había tomado el disco. ¿Un sonido de delfines? (4:07) ¡¿Pero esto que es?! ¡Zakk al rescate! Al minuto 4:13 el bombo y una guitarra distorsionada hacen acto de presencia. Aquello va compilando y compilando energía hasta que la sacudida se convierte en un tornado aniquilador. Absolutamente memorable.

Tinieblas y nocturnidad dan la bienvenida a Hellraiser, canción de estribillo de toda la vida, con su consiguiente eficacia sonora. Este es uno de los cuatro temas en cuya composición participó también Lemmy Kilmister. De hecho Motorhead tiene su propia versión, con todo mucho mas Motorheadiano.
A finiquitar el disco ayudan las preciosas secciones de Road To Nowhere. Todo muy ochentero. Suena como el tema ideal para recordar grandes momentos del pasado mientras ves como tu presente es bastante decepcionante. Debe ser la canción de cabecera de Ozzy Osbourne.